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Director Fundador

ActualidadPandemia, luego incendio y cenizas

Pandemia, luego incendio y cenizas

JOSÉ MANUEL JARAMILLO ARCILA

En esa tarde pereirana, opacada por el frío que en esta época invernal nos azota, tipo tres de la tarde, me encontraba envolatando el tiempo hasta que mi reloj marcara las cinco, ya que debía estar haciendo la fila correspondiente para que me atendieran una consulta médica en mi EPS.

El tiempo amenazaba su aguacero habitual vespertino, y yo, anhelante de un aromático tinto, como anillo al dedo encontré la cafetería que sí sabe preparar, por los mismos dos mil pesos, el cafecito a mi gusto.

La gente en las calles era la misma, nada presagiaba una mala noticia, mucho menos que pudiera ser yo su protagonista. Me pasmaba a diario, recuerdo vagamente, mirar la panorámica de mi entorno urbano y no sentirme de alguna manera en mi Pereira, sino más bien en otro planeta cercano, esto por el tránsito de personas de aquí para allá y de allá para acá, como autómatas con  tapabocas, parodiando miles de extraterrestres extraviados confundidos, curiosamente sin formar parte del paisaje pandémico que uno siempre espera percibir.

Cuando Lucerito me llamó a mi celular, creí que me estaba mamando gallo, pues el calibre de sus palabras se notaron normales:

-!Don José, véngase para acá rápido que su casa está asomando una humareda espesa por el techo!.

Pero como ella bien sabe, mi buen humor a flor de piel se elucubró dándome vía libre para contestarle que mientras yo fuera hacia allá, se pusiera una máscara de oxígeno, y que si percibía algún calor fuera de lo común, sacara a relucir el extinguidor. !Ay, yo no sé, véngase como un tiro que esto se está poniendo muy feo!, fue lo que me contestó, ahí sí, medio angustiada.

Pero la vida, pienso yo, con el tiempo nos va regalando desconfianzas por todo: frente a la fidelidad de una mujer, dudas de algún político de quien el pueblo se burla cuando lanza al aire en su discurso, que habrá de pavimentar todas las calles, como si el pueblo mentalmente le respondiera: Seguramente a usted le va a dar por pavimentarnos el río cuasi-seco que nos atraviesa de norte a sur, ja ja ja ja. Desconfianza hasta de la divinidad por tardar tanto en exterminar el famoso Covid 19.

Pero el susto de Lucerito, paradójicamente le habría lubricado la  garganta y su voz de siempre, tan relajada y reconocible. Precisamente porque me llamó y no logró asustarme ni desesperarme, cosa que hoy después de la quemaciña le agradezco. No quiero que a esta mi edad, mi corazón se ponga a correr conmigo como si la candela y las llamaradas estuvieran recorriendo mi cuerpo,  al borde de dejarme ceniciento y trastornado.

Tampoco por mi parte tengo muy claro si es que uno va perdiendo capacidad de asombro ante estos fatales sucesos que ocurren de vez en cuando en nuestras vidas. Logré llegar lo más rápido que mis piernas me lo permitieron. Al doblar la esquina de la cuadra observé con ojos de desolación, sin tristeza o alteración alguna, tres carros de bomberos rodeados de una buena cantidad de mangueras diametralmente gruesas, que asemejaban un paseo de anacondas tratando de esconderse del incendio. Quise llegar caminando con lentitud, como si quisiera pasar inadvertido, o para no sentirme el anti-héroe de tan pésima película.

Mi buen humor se confundió a tal grado que quise, en vez de llorar, ponerme a cantar algo, algo que me relajara un poco y que me ayudara a pensar con normalidad sobre la situación.

Sentí mi cerebro con una turbulencia extraña y empecé a gritar se te quemó la casa Marcela, se te quemó la casa. . . .ja ja ja ja. Fue una ráfaga de locura cuerda que luego me estabilizó recordándome que la casa no es de Marcela sino mía, en errendamiento, para ser exactos.

Me ubiqué en frente de la casa, como cualquiera de los vecinos que curioseaban icógnitos y perplejos, sin que sus ojos parpadearan ni  siquiera por el viento cálido y grisáseo que emanaba de las llamas arrastrando minúsculos residuos de madera carbonizada. Nunca gritaron, no llenaron de escándalo el sofocado ambiente, algunos con ínfulas de samaritanos llegaban a mí dándome ánimos: !No se preocupe señor que esto pasará, déjele esto al señor!. Pero siendo sincero, yo apenas sí escuchaba el ondear y crujir de los cincuenta mil cachivaches y los electrodomésticos estallando cual bombas guerrilleras, que igual se consumían bajo las gigantes llamaradas.

Mientras le llegaba el turno al segundo piso de la vieja edificación que se unificaba por medio de guaduas, tablas, postigos, clavos, cuerdas eléctricas, chambranas, barandas y hasta boñiga, la primera planta contribuía a dicha extensión,  convirtiéndose en un cómodo estanque al recibir los grandes volúmenes de agua que las mangueras bomberiles depositaban allí, para luego filtrarlos por el andén.   

El oportuno trabajo del cuerpo de bomberos, iba poco a poco ganando terreno con los resultados esperados, aplacando aquellas llamas que se rendían ante la presión de ese otro elemento líquido que paradójicamente nos regala esta indómita naturaleza en la que convivimos todos.

Si. Estoy hablando de la candela, de las grandes llamaradas, del fuego ardiente del mismísimo infierno que nos puso a pensar a todos los habitantes y curiosos de la cuadra. Yo por ejemplo, aproveché en horas de trasnocho y comenzando el nuevo día, una introspección sobre las cosas que amargaban la incipiente historia. Recordé que unos meses antes andaba preparando unas nuevas conversaciones sobre el miedo, tema éste que siempre me ha inquietado, y sobre qué motivos tiene la gente para temerle al fuego, al averno y a la lenta incineración de sus carnes. Pensé también cómo el fuego puede traer su lado amable, su apropiada inspiración como buen recurso para poetas, novelistas, ensayistas, cineastas y demás locuras: “fuego en el alma sentir, y no poderlo apagar,  nostalgia de delirar, amar hasta lo imposible, es la pena más horrible, amar para no olvidar. . . . . .”  “Ay, fuego lento, fuego de amor, fuego encendido. . .”.

Con mi corazón latiendo sobre las brasas, me pregunto cuántas intimidades se consumieron desde esta vieja construcción. Miles de inquilinos con el paso del tiempo se han alojado en aquel inmueble convirtiéndolo en el dulce hogar de recogimiento y esperanzas.

Más, sin embargo, este film pirotécnico, por siempre extraño, lo he convertido en un oráculo virtual para las futuras sorpresas que me pudieran quebrar. Parodiando a la célebre Mercedes Sosa, doy “gracias a la vida que me ha dado tanto. . .. “Agrego entonces: Gracias a la vida por esta llamarada de nuevas oportunidades para este nuevo hombre que ha vuelto a nacer.

Pereira, noviembre 24 de 2.021

Agradecimientos:

 = Manuela Jaramillo Salinas

 = Rubén Darío Franco

 = Manolo (Manuel) Eduardo Martínez (New York City)

 = José Olmedo Pérez B.

 = Luis Alberto Figueroa

 = Helmer A. Castaño Bermax

 = Alejandro Correa Jaramillo

 = Fernando Dapena (Dosquebradas)

 = Lina Vallejo

 = Carlos Alberto Muñoz Celis

 = Jaime Cortés Díaz

 = Luis Fernando Cardona Gutiérrez

 = Adiela Arcila Paez (Cali Valle del Cauca)

 = Alvaro Arcila Gómez

 = Carlos Arturo López

 = Bernardo Gil Jaramillo

 = Luz Mary Villa Zapata 

 = Daniel Cardona Ramírez (Manizales)

 = Diego Muñoz Bocanegra

 = Blanca Montoya

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2 COMENTARIOS

  1. De tal experiencia tan traumática para cualquier ser humano, nació un gran artículo literario, lo cual solo me recordó una frase célebre a la cual le haces un perfecto apólogo con el anterior escrito “Jamás hay que dejar apagar el fuego de tu alma, sino avivarlo“.

  2. Respetado Columnista:
    Una,vivencia compleja.
    Una crónica que narra desde el corazón, con una brillantez en la palabra, .
    Su vivencia nos muestra a, un ser humano que se torna como una roca firme al que las circunstancias y variables de la vida no lo inmutan no se aflige, sino que se sobrepone y lo sabe llevar con nobleza.

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