Th. S. Kuhn propuso el concepto de «paradigma» para señalar los conjuntos de creencias, valores y técnicas que comparten los miembros de una comunidad determinada. Y nada se opone a utilizar dicho concepto en el análisis histórico de dos ciudades que han marcado pautas en el concierto nacional. Se trata de Cali y Medellín.
En la segunda mitad del siglo pasado Cali era una ciudad cuya dirigencia mostraba un talante entusiasta y propositivo. Además de la agroindustria de la caña existieron fábricas como Croydon, la de muebles para oficina Industrias Metálicas de Palmira (IMP) y Ensirva o Encali, empresas de servicios públicos que constituían un sólido capital municipal. Por su parte, Medellín era la capital industrial de la provincia colombiana. Nombres como Coltejer, Fabricato, Imusa, Peldar y las EPM evocan toda una era de esfuerzo creativo paisa.
A partir de los años ochenta del siglo pasado circunstancias históricas como la apertura económica y la consiguiente readecuación económica imponen un nuevo modelo de desarrollo que golpea la estructura productiva de las dos ciudades, lo cual coincide con el auge del narcotráfico. La vieja la clase política del Valle es sustituida por el físico dinero. Llegan al poder un locutor, un abogado invidente y hasta retoños de la vieja clase como el «joven» Abadía, encumbrados todos por un gran carrusel que termina en manos de un aprendiz de carpintero llamado Martínez, autor de esa frase que lo describe todo «Ganar una ciudad intermedia, equivale a «coronar» un envío».
En Medellín, aunque el narcotráfico también lo permea todo, los industriales se las ingenian para mantener las viejas empresas y los capos, con Escobar a la cabeza, hacen irrupción en la política pero no logran controlarla. Es un hecho singular que ni en la esfera pública, ni en la empresa privada, los dineros «calientes» logran un dominio igual al de los carteles vallecaucanos.
Pero la gran diferencia entre esas dos ciudades se refiere a la forma como manejaron ese gran ahorro público constituido por sus empresas de servicios públicos. En el Valle, se las reparten para suministrar puestos y contratos a cada directorio, exprimiéndolas de tal manera que deberán liquidarse. En Medellín, se conserven unificadas y en su administración se empleen técnicas de gestión propias del sector privado_ como sucede con las EPM que generan cerca del 60% del producto bruto de la región_, de estas el municipio recibe billones de pesos que sirven a los alcaldes para ejecutar cualquier cantidad de obras, y hasta pueden satisfacer muchas demandas de los directorios políticos.
Medellín y Cali, dos ciudades y dos paradigmas, el uno positivo, el otro bastante negativo. Los paisas, mostraron amplísima visión geopolítica y gran capacidad para sortear retos como la politiquería y el narcotráfico. Las dos urbes conforman tendencias históricas que han sido imitadas por otras, como nuestra muy querida Pereira; donde, por cierto, parece que nos hubiéramos decidido a transitar por la senda del desastre caleño, pues dividimos nuestras antiguas y sólidas empresas públicas y continuamos repartiendo sus restos entre los directorios políticos Es obvio que cuando aparezca una generación que conciba nuevas y grandes metas estratégicas para la ciudad, deberá revisar este estado de cosas. Ojala no sea demasiado tarde
AGM-21-V-2024



Muy esclarecedor su artículo sobre la forma de administrar los dineros que permiten mejorar el futuro de una ciudad; lamentablemente nuestra Pereira también está permeada por el narcotráfico, ojalá nuestro líderes sepan llevar la ciudad al progreso, a la eliminación de pobreza y exclusiones, y no se desperdicien ni dineros, ni el capital cívico de nuestra capital.