Pelé, Maradona y Deportivo Pereira

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Por JUAN ANTONIO RUIZ ROMERO

Especial para El Opinadero

Aunque hoy vamos a hablar de fútbol, quiero hacerlo a ritmo de bolero y recurriendo a la magistral letra del cubano Pedro Junco Jr. dedicarle unos adoloridos versos al Deportivo Pereira que acaba de celebrar 77 febreros.

“Nosotros
Que nos queremos tanto
Debemos separarnos
No me preguntes más.
No es falta de cariño
Te quiero con el alma
Te juro que te adoro
Y en nombre de este amor,
Y por tu bien,
Te digo adiós.”

Esta canción, interpretada por algunas de las más representativas voces de habla hispana, resume la dramática historia del compositor, que debe renunciar a su amor porque sufre una enfermedad infecciosa y mortal. Caso similar a lo que sucede con el onceno matecaña: Una liquidación más larga que la pandemia; manejos dudosos, desconfianza en los directivos, amenazas, resultados precarios y, otra vez, la sombra del descenso. Una muerte lenta y contagiosa. Como medida de bioseguridad: Uso tapabocas, tomo distancia y, por mi bien, te digo adiós…

En una de sus célebres crónicas, el escritor Gustavo Colorado Grisales asevera que “Desde su nacimiento, los clubes de fútbol han operado ante todo como un referente de identidad  individual y colectiva. Ya se trate del barrio, la vereda, la ciudad, la región o el país, contribuyen a reforzar la ilusión de pertenecer a  una comunidad, cuanto más imaginada mejor”.

Esa premisa se observa con claridad en el documental “Pelé”, que acaba de estrenar la plataforma Netflix y en el mítico recuerdo de Diego Armando Maradona para los argentinos.

El fútbol como deporte, como negocio, como el moderno opio del pueblo, ha sido utilizado por los gobiernos, democráticos y dictatoriales, para afianzarse y tratar de ganar mayor aceptación y cercanía con los ciudadanos.

En el documental de Pelé se menciona el “complejo de perro callejero” popularizado por el periodista Nelson Rodrigues, tras la derrota de Brasil en el Maracaná, en el Mundial de Fútbol de 1950 y el cual  representaba la baja autoestima de los brasileños, las dudas en su propia capacidad y la idea de que todo lo de afuera era mejor. Ese complejo de inferioridad empieza a superarse en 1958, cuando el seleccionado auriverde, de la mano de Pelé, que tenía 17 años, consiguió su primera Copa del Mundo, al derrotar 5-2 al local Suecia. Una imagen de archivo muestra cuando niñas suecas se acercan a tocar a Pelé, para comprobar que su piel en realidad era negra.

En el caso de Maradona fue tan grande su conquista del imaginario argentino que detrás de los goles; sus amores, resbalones, desvaríos, se volvieron el choripan de cada día y fueron ampliamente difundidos en el reality insaciable de medios y redes sociales. Solo, enfermo, encerrado entre barrotes dorados; explotado por sus supuestos cuidadores y, paradojas del destino, adorado hasta el maltrato por una sociedad que lo convirtió en un dios, sin entender sus vulnerabilidades terrenas.

Cuando la felicidad de un país depende de un goleador, entiende uno la gran carga simbólica que llevaban sobre sus hombros Pelé y Maradona y la injusta presión generada sobre ellos por los gobiernos, la prensa deportiva y los aficionados, que, además de futbolistas, querían magnificarlos para que fueran modelos a seguir, embajadores de buena voluntad, íconos publicitarios, entrenadores, actores, presentadores de televisión, comentaristas deportivos y hasta funcionarios del Estado. (Pelé fue Ministro de Deportes de Brasil)

Excepcionales en el manejo del balón, hábiles para definir, el 10 de Brasil y el 10 de Argentina llenaron de magia los estadios del mundo y con su magnetismo construyeron las bases de un negocio, que antes de la pandemia, movía 500 mil millones de dólares al año, en derechos de transmisión, patrocinios, ventas de jugadores, boletería, camisetas y demás artículos de mercadeo deportivo y que, aún sin público, recibe jugosos dividendos.

Por eso, en el caso del Pereira, es necesario salir del purgatorio jurídico, económico, administrativo y de resultados. Espantar las malas vibras. Recuperar el afecto sincero y las emociones de 77 años. Con acierto, algún comentarista cercano mencionaba: “tenemos más estadio que equipo”. Necesitamos tener una plantilla respetable y digna, en la cual podamos creer. Por ahora, solo la sutil promesa escondida en otro bolero inolvidable: “Tal vez, caminando la vida nos vuelva a juntar”.

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