PENSANDO EN VOZ ALTA.

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Por JAIME DIEGO BEDOYA

*Un poco reflexión en esta hora crucial, viene bien. De acuerdo con la ciencia, los tiburones, tal como los conocemos hoy, tienen más de 400 millones de años en el fondo del mar y desde entonces no han evolucionado un ápice, a pesar de su inteligencia superior a muchos animales.

Nuestra especie, que le dio nombre a la última era geológica-antropozoica- apenas lleva un millón de años sobre la tierra. Pero en la forma definida de ahora, no cuenta más de 200 mil. Estamos, pues, en pañales. Curiosamente, a pesar de sus innegables avances, también es la responsable del dolor, la muerte, la desolación, el calentamiento y la destrucción de la madre tierra, nuestra Casa Común, como bellamente la llama el Santo Padre Francisco, a quien le deseo salud y larga vida para que siga avanzando en las necesarias reformas para tratar de salvar la Iglesia, que cada día va quedando como una respetable organización de caridad, nada más.

El científico jesuita francés, Teilhard de Chardin, decía que la humanidad y la tierra dependían del índice de dos hombres: uno asentado en Moscú y otro en Washington, a quienes les bastaba oprimir el botón nuclear para disparar el arsenal que pulverizaría la tierra, en segundos. Pero, completaba el hombre de ciencia: hay una fuerza potente que, en los peores momentos, les detiene el dedo para que no presionen el mágico timbre. Y añaden otros científicos a propósito de una posible catástrofe atómica que, si la vida desaparece de la tierra, pasarán mil millones de años-qué cifra, no- antes de que vuelvan a aparecer asomos sobre la superficie terráquea.

Hoy, la experiencia nos sigue mostrando el terrible peligro, porque en esas capitales están sentados dos gobernantes distintos a los que se refería el sacerdote, pero igual o peores de megalómanos, Putin y Trump; este último, el peor de los peores que ha parido la historia de los Estados Unidos, capaz de lo que sea con tal de mantenerse en el poder. Afortunadamente quedan pocos días para que cese la horrible noche en la gran nación.  

A pesar de que salvar la tierra está en nuestras manos, sobre todo, de los hombres de poder y que la pandemia nos desnudó en nuestra fragilidad y parecía que nos había abierto el corazón a la generosidad, a la fraternidad universal, a desechar el ánimo consumista y la ambición desmedida de acumular, en desmedro de millones de nuestros congéneres y otros seres, copartícipes de la vida, la debacle sigue; la codicia continúa y entonces, el final está cerca.

Feliz año nuevo.

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