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Columnista Invitado"Pobre periodista, creyó que había venido al mundo a cambiar las cosas...

«Pobre periodista, creyó que había venido al mundo a cambiar las cosas…

y termino convertido en cosa» II.-

Por DANIEL HUMBERTO SERNA MUÑOZ

(Fragmento de la Novela «MIENTRAS ME SUICIDO» escrita por este servidor).

No tenía ni la más remota idea de cómo, cuándo y por qué se había convertido en periodista de una gran cadena radial de su país. Lo que sí recordaba con nostalgia era que se había iniciado como locutor en la emisora cultural y clandestina de su barrio.

Hechos los primeros pinitos y pasadas las fiebres de sus primeras incursiones radiales, Jacinto conoció la maldad de los hombres. Descubrió los “intereses creados” conoció la intriga, la avaricia, la envidia y la traición.  Se dio cuenta de que su trabajo, su talento y su constancia, la utilizaban los dueños de la empresa para hacer dinero y los otros para apoderarse del poder y amasar fortunas. Fue allí donde Jacinto se interesó por conocer el funcionamiento del sector oficial y de la cosa pública. Se enroló con las autoridades civiles, eclesiásticas y militares y sin darse mucha cuenta, se convirtió en figura de primer orden en su ciudad. A tal punto que él se la creyó y se dejó llevar por el torbellino lisonjero de las masas y cayó en las redes aduladoras de quienes siendo mayores y experimentados se aprovechaban y manipulaban la ingenuidad y el romanticismo de personas como él. Afortunadamente Jacinto estaba muy joven y aún era soltero; todavía tendría mucho tiempo, según él, para gastárselo en pruebas experimentales buscando el camino que le proporcionara estabilidad emotiva a sus pasiones y lo condujera por los senderos de la razón. Pensaba que aún era muy temprano para tener claridad sobre los rasgos de rebeldía que ya se manifestaban en todo su ser. Había escuchado decir de sus mayores, “que el tiempo sería el mejor consejero” y que en cuanto al sufrimiento y al dolor “el tiempo es la cura que todo lo cura”. -Le dejaremos tiempo al tiempo-pensó para sí Jacinto Cantalapiedra. Se dio cuenta que, en su país, al igual que en otras latitudes del planeta, los medios de la comunicación masiva eran apenas cajas de resonancia que utilizaban los dueños de éstos, para mantener perpetuados en el poder a los verdaderos dueños del país. Medios como la TV, la radio, la prensa escrita y el Internet, estaban globalizados y obedecían parámetros de un solo patrón a nivel Mundial. Por sus noticieros pasaban las voces de los militares, los policías las autoridades civiles y eclesiásticas, hablaban las reinas de belleza, los comerciantes, el pueblo, los deportistas, buenos y malos, según el criterio de cada cual. Jacinto cuestionaba gobernadores, alcaldes, congresistas, diputados y concejales, transmitía toda clase de inquietudes de sus oyentes. Le gustaba su oficio, se creía importante y pensaba que desde el periodismo podía transformar el mundo y nivelar por lo alto a los excluidos. Ilusa utopía. Y aquí está en la sala de redacción de un noticiero tratando de ponerle orden a sus ideas y a sus noticias.

Cantalapiedra se enteraba de que después de largas y extenuantes jornadas periodísticas siempre quedaba solo y vacío en su sala de redacción, se analizaba y se daba cuenta que estaba completamente absorbido por su trabajo y por su creencia de sentirse imprescindible, de considerar que el mundo no marchaba sin él, y que por sus manos su cabeza y su noticiero, pasaban todo el acontecer diario de aquella gran Ciudad. “Síndrome de Periodista Novel”. Desbordado por el cansancio salía a la calle a buscar respuesta a sus inquietudes altruistas, y observaba que el mundo seguía su marcha, que todo era igual, que nada cambiaba, que cada cual iba a lo suyo sin que les importase un pepino el sufrimiento de otros, ni la inmensa brecha existente en las distintas clases sociales, se daba entonces de frente, con la pura y dura realidad. Quiso cuestionar el orden social en que marchaba su país. ¿Qué clase de gobierno tenían? ¿Quiénes manejaban los hilos del poder? ¿Qué papel jugaban las iglesias y las religiones? ¿Cuáles eran los organismos del poder? ¿Qué rol jugaban los Periodistas en el engranaje del poder? ¿Cómo distribuían la riqueza de su tierra?

La respuesta llegó en todas direcciones: El gobierno de su país era una «camarilla dictatorial, disfrazada de “Democracia” O, dicho de otro modo, era una “Democracia con vocación dictatorial a la moda de hoy y al ritmo de la globalización que todo lo manipula de acuerdo a los intereses y conveniencias de la gran maquinaría del poder universal. Las familias que mangoneaban su nación no pasaban de diez. El congreso, los funcionarios públicos y los grupos represivos, eran el eje central de la pirámide que protegía a los dueños del Poder. La riqueza de la tierra la distribuían con la ley del embudo, la parte ancha y generosa para las diez familias de arriba, y el resto o sea la parte estrecha y angosta, para el otro 90% de nacionales, incluyendo a los periodistas y a los obreros. Éstos últimos sostendrán con su trabajo duro y constante, la corrompida maquinaria de un sistema político similar a las colmenas; pero donde se aplican en menor grado la igualdad y la justicia. Igual que las abejas y los zánganos, los obreros producirán eternamente el alimento, para que los perezosos y los demás zánganos privilegiados de su raza, disfruten de una vida plena; gozando y cortejando a los reyes y a las reinas del poder. Recibirán a cambio un mendrugo de pan duro, y terminarán con sus cuerpos enjutos, bañados en sudor y lágrimas y vencidos bajo el peso de su propia sangre, en un cementerio de tercera categoría. El congreso, la policía, él ejército, los funcionarios públicos y oficiales son la clase privilegiada por tratarse del primer círculo protector de los de arriba, éstos se alzan con los mejores salarios y todo tipo de prebendas y bonificaciones sociales, amén de lo que arbitrariamente llevan a sus cuentas personales desfalcando el erario público; no en vano hacen parte de las grandes bandas de ladrones de cuello blanco. Son los eunucos mentales capaces de cometer cualquier crimen de ética moral por el solo prurito de sostenerse en sus cargos. Los aparatos represivos son el otro círculo que a base de sangre y fuego mantienen alejado al pueblo de las esferas de poder. Entes como el ejército que se crea, bajo el sofisma de defender la soberanía nacional, terminan por ser grupos de exterminio reprimiendo y silenciando la voz y la rebeldía de obreros, campesinos, estudiantes y periodistas en los diferentes frentes de luchas sociales. Éstas son las llamadas fuerzas del orden que, convertidas en máquinas de muerte, imponen a sangre y fuego el orden a los de abajo y aplauden de rodillas el desorden de los de arriba.

Bilbao España, Febrero 5 de 2.021

Las opiniones aquí expresadas son responsabilidad exclusiva de sus autores y no necesariamente representan el pensamiento ni la ideología de los directores, los cuales nos expresamos a través de nuestras notas editoriales.

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