Que el mundo fue y será una porquería…

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Por:  PADRE PACHO

Basta este primer verso, para saber que hablamos de “Cambalache” y de Santos Discépolo, un hombre de contextura pequeña, nariz prominente y mente asombrosa que dejó un raudal de despechos en sus letras.  Tangos inmortales como: “Uno”, “Secreto”, “Malevaje”, que describen desamores románticos, decepciones sociales en los años 50; o aquella melodía, de la Cuenca del Rio de la Plata, que inmortalizara a Discépolo: “Aullando entre relámpagos, perdido en la tormenta de mi noche interminable, ¡Dios! busco tu nombre… No quiero que tu rayo me enceguezca entre el horror, porque precisa luz para seguir…” “Tormenta”.

En sus inicios muchas de sus letras fueron censuradas, en difusiones radiofónicas, por denunciar los males de una sociedad, donde resulta que es lo mismo ser derecho que traidor, ignorante, sabio, chorro, generoso, estafador. ¡Todo es igual, nada es mejor, lo mismo un burro que un gran profesor!; textos que se transformaron en temas universales, aplicables a cualquier país del mundo, ya que representaban la sociedad humana de siempre, con sus grandes altibajos de pecado y santidad.

Cambalache hacía referencia a un lugar de compraventa de enseres usados; un lugar donde predomina el desorden y el ruido; un lugar de negocio, un “Thrift Shops” o tienda de cosas de segunda mano en donde no hay orden o jerarquía, donde todo está mezclado, como lo dice el tango: “Que el mundo fue y será una porquería, ya lo sé, en el quinientos seis y en el dos mil también; que siempre ha habido chorros, maquiavelos y estafáos, contentos y amargáos, valores y dublé”.

«Hoy resulta que es lo mismo ser derecho que traidor… no hay aplazaos ni escalafón, los inmorales nos han igualao… Qué falta de respeto, qué atropello a la razón cualquiera es un señor, cualquiera es un ladrón mezclao con Stavinsky va Don Bosco y la Mignon, Don Chicho y Napoleón, Carnera y San Martín igual que en la vidriera irrespetuosa de los cambalaches se ha mezclao la vida y heridas por un sable sin remaches ves llorar la Biblia contra un calefón.» 

Cambalache menciona a próceres como San Martín y Napoleón, personajes reales y ficticios. A Stavinsky un financista y estafador en 1934; a don Bosco sacerdote y educador; a Chico el apodo de Juan Galiffi, mafioso argentino, a Carnera, campeón mundial de boxeo en 1933; “la Mignon” un amante en uno de los personajes de Goethe.

El hombre posmoderno es trivial, ligero y frívolo; hace parte de una sociedad en decadencia, donde todo es permitido, donde el neutro es el color preferido, sin autoridad ni libertad responsable; con una sexualidad sin compromisos y desordenada; con soluciones, rápidas y fáciles de alcanzar; sin creencias ni convicciones, con la autonomía como único criterio de verdad.

Una sociedad que se pregunta ¿Qué es bueno y que es malo? ¿Sera lo mismo la embriaguez, lo excesivo e impulsivo, que la armonía, la razón, la serenidad y la medida? ¿Sera lo mismo el irrespeto, la intolerancia, la mentira, la altanería, la deslealtad, la traición, el egoísmo, la arrogancia, la envidia, la desigualdad, la inequidad, la impunidad con quien vive en la justicia, la lealtad, la solidaridad, el respeto, la tolerancia, la honestidad, la responsabilidad, la verdad y lealtad?

Sin valores como referentes frente a nuestra forma de actuar individual y frente a los demás, las relaciones humanas se debilitarán al no albergar criterios comunes para una vida en sociedad.

¿Seguiremos viviendo en un mundo donde sea lo mismo ser derecho que traidor, ignorante, sabio, chorro, generoso, estafador; donde todo es igual y nada es mejor, ¿dónde pensemos que es lo mismo un burro que un gran profesor?

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