¿Quién se beneficia? ESCAMPAVIA.

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Ilustración cortesía de Forbes Colombia

Por JUAN GUILLERMO ÁNGEL MEJÍA

          Al medir el cambio en el poder adquisitivo en los hogares colombianos como resultado de la frustrada reforma tributaria, si dividimos a la población según su nivel de ingresos, encontramos que el efecto acumulado sobre el poder adquisitivo del 10% de nuestros ciudadanos con menores ingresos, era de un incremento en su capacidad de gasto del  68%, situación que repite en cuantías decrecientes en la mitad de la población mientras que en la otra mitad, aquellos de los  más altos estratos, reducían sus ingresos hasta en un 4%.

          24 millones de personas mejorarían su muy precaria situación mientras que, aquellos al otro extremo de la escala de ingresos, verían reducida su capacidad de gasto. Pasó que el país creyó que esa reforma estaba destinada a golpear a los más pobres, la gente salió a la calle a defenderse, dando por cierto lo que le dijeron ciertos políticos y la incapacidad soberana del estado para informar sobre la reforma propuesta, la cual además generó reacciones previsibles, al tocar a sectores vulnerables como son los jubilados y el incremento al impuesto al consumo de bienes y servicios, dineros que el gobierno inútilmente alegó devolvería a quien más lo necesitara. 

Servicio a la ciudadanía

          Traemos a colación lo dicho para tratar de entender las razones de quienes, al tumbar la reforma, favorecieron a los que tienen mejores ingresos y evitaron que los que realmente pasan hambre recibieran un paliativo a su miseria.

Si el resultado de la reacción popular, además de evitar que los más necesitados recibieran una mejora y como la destrucción se ensañó con los sistemas de trasporte público, destruyó alimentos y aumentó el desempleo entonces surge la pregunta: ¿a quien beneficia el paro? O mejor ¿que buscan los del comité?

              Una respuesta está en que sinceramente pensaron que como el estado es perverso, cualquier acción está orientada a joder aún más a los ya bien jodidos, o también cabe la suposición que este ataque al bienestar de los más necesitados, es una acción bien calculada que supone que incrementar el dolor y la angustia es estrategia que servirá para captar las mayorías necesarias para apoderarse del poder, mismo en el que se perpetuarán y defenderán a todo costo.

          El hecho es que muchos salieron a manifestarse: los educadores, sindicalistas, estudiantes, mingas, amas de casa, artistas y los de las barras bravas y los pendejos, marchó gente que no había leído la reforma pero que la odiaba, personas de muchas clases, edades y condiciones, pero a ellos se sumaron: los enmascarados, los asaltantes, los descamisados, quienes actúan sistemáticamente contra blancos bien definidos, como son el trasporte de personas, bienes y servicios y la búsqueda de la confrontación con las fuerzas del orden.

          Aún es pronto para sacar conclusiones, los violentos no son ninguna mayoría pero están unidos por un sentimiento muy poderoso, por el odio; sentimiento del cual no son poseedores exclusivos; él, ellos y nosotros, indispensable para que se dé una confrontación violenta está siendo alimentada; palabras como paraco, guerrillero, mamerto, furibestia, esos hijueputas, marihuaneros, vagos, oligarcas, en fin usted escoja según su bando a quiénes odiar y a quiénes respaldar para que así todos terminemos aportando a mantener vivo un conflicto que acumula décadas.

          Se necesita odiar mucho para sembrar una mina asesina, para lanzar una granada, para quemar vivo a un semejante o torturar y asesinar a sangre fría, afortunadamente también hay en Colombia mucha gente que ama, que aporta, que construye, que siente que este suelo que pisamos, que el entorno en el que vivimos y heredamos de nuestros mayores está lejos de ser perfecto pero muy cerca de nuestro corazón.

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