Por CÉSAR PAREDES
Director Programático FLIP
En un atardecer en el parque de Leticia, mientras los loros saludaban a cotorreo limpio la noche, la lideresa Alma Rocío Cheiva, del pueblo miraña, me contó que un curaca había emprendido en solitario un viaje de tres años, selva adentro, para aprender a escuchar las plantas y los árboles que le confiaron sus secretos. Después, más sabio, el anciano volvió a la comunidad para impartir sus ensalmos. «El canto del río duraba once horas, pero escucharlo aliviaba lo que fuera». Con paciencia ella me explicó que los curacas de su comunidad aprenden la medicina escuchando y que, en el canto, que es poema, ritual y recuerdo al mismo tiempo, está la cura de los males.
Esa mujer indígena me recordó que este año se cumplía un siglo de la publicación de La Vorágine, de José Eustasio Rivera, el primer libro que leí en mi adolescencia. Estaba indignada porque no ha habido ningún gesto real de reparación a los pueblos amazónicos que fueron víctimas de un ecocidio porque ellos mismos, que son parte constitutiva de la selva, fueron obligados a desangrar los árboles para extraer el caucho y, a la vez, diezmados y su cultura debilitada por cuenta de los caucheros y del Estado. Rivera narró la crónica de ese crimen cometido por hombres enloquecidos por una fiebre atribuida a la selva, que en su imaginario era una cárcel verde y devoradora, madre de las tambochas —unas hormigas carniceras— que barren los montes, y fuente del beriberi. |