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LUIS FERNANDO CARDONA
Director Fundador

Actualidad¿Sabes lo que los loros garren?

¿Sabes lo que los loros garren?

Por CÉSAR PAREDES

Director Programático FLIP

En un atardecer en el parque de Leticia, mientras los loros saludaban a cotorreo limpio la noche, la lideresa Alma Rocío Cheiva, del pueblo miraña, me contó que un curaca había emprendido en solitario un viaje de tres años, selva adentro, para aprender a escuchar las plantas y los árboles que le confiaron sus secretos. Después, más sabio, el anciano volvió a la comunidad para impartir sus ensalmos. «El canto del río duraba once horas, pero escucharlo aliviaba lo que fuera». Con paciencia ella me explicó que los curacas de su comunidad aprenden la medicina escuchando y que, en el canto, que es poema, ritual y recuerdo al mismo tiempo, está la cura de los males.

Esa mujer indígena me recordó que este año se cumplía un siglo de la publicación de La Vorágine, de José Eustasio Rivera, el primer libro que leí en mi adolescencia. Estaba indignada porque no ha habido ningún gesto real de reparación a los pueblos amazónicos que fueron víctimas de un ecocidio porque ellos mismos, que son parte constitutiva de la selva, fueron obligados a desangrar los árboles para extraer el caucho y, a la vez, diezmados y su cultura debilitada por cuenta de los caucheros y del Estado. Rivera narró la crónica de ese crimen cometido por hombres enloquecidos por una fiebre atribuida a la selva, que en su imaginario era una cárcel verde y devoradora, madre de las tambochas —unas hormigas carniceras— que barren los montes, y fuente del beriberi.

 

Solo unos días después, durante la Feria del libro en Bogotá, escuché decir al poeta Selnich Vivas, durante la presentación de su libro Bosque desovando, que esa mirada sobre la selva estaba equivocada, pues es la que ha justificado el expolio y el intento de domesticarla. «Para ellos, el bosque trastorna; para nosotras, retorna», dice uno de sus versos que impugna la racionalidad occidental. Y otro: «Cárcel verde, la llaman. Nosotras, vientre desovando». Mientras que en la versión de Rivera los hombres pierden la razón y quedan atrapados al entrar en contacto con la naturaleza, en la de Selnich —que aprendió la lengua minika para hacerse cantor tradicional— hallan la vida y renacen en la fiera o en el escarabajo. Es decir, no fue la selva la que enloqueció, encarceló y devoró a quienes llegaban de afuera, fue su propia ambición, la misma que les impidió ver que ahí estaba el 10 por ciento de la biodiversidad del mundo y que ahí nacen los ríos voladores.

Al cerrar su presentación, Selnich dijo algo que me dejó pensando: «el día que aprendamos las lenguas de los pueblos indígenas, habrá paz en Colombia». Después de pasar por Leticia y Atalaia do Norte y escuchar a varias personas, he comenzado a creer que esa es una materia urgente, antes de que la voracidad arrase con todo y nos quedemos solos en el planeta. Mientras escribía estas líneas recordé una carta que leí hace tiempo, en la que el gran jefe Seattle de la tribu de los Swamish intentaba explicarle al presidente de Estados Unidos, Franklin Pierce, por qué el avance del tren suponía la llegada de una soledad incurable. Hace ya 170 años se preguntaba ese nativo americano: «¿Qué queda de la vida si el hombre no puede escuchar el hermoso grito del pájaro nocturno, o los argumentos de las ranas alrededor de un lago al atardecer?».

Entonces, la historia que me contó Alma, con los plumíferos garriendo felices al fondo, sobre el curaca que aprendió a escuchar las plantas, los animales y el río, cobró pleno sentido. En los viajes que hice al Amazonas comprendí que no solo es más difícil levantar la mano o el cuchillo o el fusil contra el otro, cuando se ha aprendido a escucharlo, sino que probablemente la cura de nuestra herida histórica se encuentre en un encantamiento que busca unos oídos dispuestos; de ahí la necesidad de un periodismo plenamente atento, que escuche primero, sobre todo formas de vida que llevan hablando miles de años. 

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