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LUIS FERNANDO CARDONA
Director Fundador

PolíticaSindicalismo anacrónico y perverso

Sindicalismo anacrónico y perverso

Por Luis García Quiroga

Hay gente en el sindicalismo, que no es capaz de cambiar las anacrónicas y anárquicas formas de protesta, presión social o de reivindicación laboral. Van siempre al choque, a la difamación y a la lucha temeraria convencidos a toda costa de tener la razón, pero sin el previo análisis del entorno ni las circunstancias del momento. A ese arrebato suicida, desde los tiempos de upa, le llaman lucha.

Claro que si el sindicalismo no existiera habría que inventarlo y en este caso, reinventarlo, haciéndolo más sensible a la realidad fáctica y más práctico y dúctil en la negociación entre otros cambios que los nuevos tiempos reclaman de una institución necesaria no como contrapeso del empresariado, sino como fiel de la balanza en el propósito doctrinario del Derecho Laboral de procurar justicia social y equilibrio económico.

La historia de la ciudad y el país está atestada de empresas que han desaparecido porque sus dueños “se mamaron” y prefirieron la liquidación, como ocurrió con AeroCóndor cuyos aviones se pudrieron en tierra. O en Pereira, con la Vidriera de Caldas de la familia Gutiérrez a cuyo conflictivo sindicato le entregó la fábrica de la calle 40 en un largo proceso jurídico en el que la abogada liquidadora hace pocos años aprobó la propuesta del sindicato de intentar resucitar la producción. Por esos días hablé con una distinguida miembro de la familia Gutiérrez quien me expresó “sentir un fresquito, porque ahora sí van a saber lo que es hacer empresa”.  Y en efecto, el intento duró lo que un caramelo en la puerta de una escuela.

La historia de Valher no es menos dolorosa. Fue la empresa de las mil puntadas de elegancia y los mil detalles de perfección. Pereirana hasta los tuétanos y una de las más emblemáticas de la era de oro de las confecciones. Don Esteban Valencia, lejos de ser un patrono explotador, amaba a sus trabajadores y ellos a él, pero las directivas sindicales lo odiabann. El ex alcalde Roberto Arenas Mejía fue el último liquidador de Valher y a mediados de los años 80 me contó que en cada ejercicio la carga prestacional y convencional eran dos o tres veces el tamaño de las utilidades anuales. En un final lánguido, los trabajadores se quedaron con las vetustas máquinas y de paso, sin la soga y sin la ternera.

Pocos, como el ex gobernador Roberto Gálvez, conocen las viejas mañas del sindicalismo, quien siendo líder sindical en la fábrica de Comestibles La Rosa tuvo la iluminación de estudiar de noche en la Libre aprendiendo las claves de la ciencia del Derecho y años después como gobernador, planeación estratégica, disciplina administrativa y buenas prácticas corporativas, algo que hoy usa en su empresa de metalmecánica Busscar de Colombia y lean bien: sin sindicato a bordo.

Fue por el 2010 que el profesor Tarcisio Mora al retirarse de Fecode dejó un testimonio que al sindicalismo le entró por un oído y le salió por el otro. “No podemos ser enemigos ni del gobierno, ni de las empresas ni de los empresarios; es un error histórico del sindicalismo colombiano” sentenció en una carta testamentaria de su legado en la que invitaba a estudiar y renovarse para poder desarrollar capacidad negociadora y argumentación jurídica y de relaciones para ser voceros eficientes de los intereses de los trabajadores.

Nada, la consigna sigue siendo la misma: acabar con las empresas, defenestar a los empresarios y mantener intactos los privilegios de la directiva sindical cuya estrategia perversa ha sido siempre hacerles creer a los afiliados que están defendiendo sus intereses.

Los directivos sindicales siempre han querido el oro y el moro sin importar las consecuencias económicas ni el impacto social de sus representados donde hay madres cabeza de hogar y empleados cuyas familias dependen de un salario y de la vitalidad empresarial.

Es un anacronismo sindical que no les interesa aprender, desaprender y reaprender. No hay lecciones aprendidas en el sindicalismo, y no se oye ni siquiera el rumor de negociar una rebaja mínima de salarios y eliminación de algunos beneficios, ni ponerse metas de producción para reactivar la agobiada economía. Los quiero ver en diciembre negociando el salario mínimo 2021.

Esta pandemia sabe de desempleo y de hambrunas; de muerte y desesperanza; de pesimismo contagioso y cierre de empresas. Esta pandemia no respeta modelos obsoletos ni estructuras desgastadas.

Una vez más, Charles Darwin nos recuerda que las especies que sobreviven no son las más inteligentes ni las más fuertes, sino las que se adaptan al cambio. Ciertos directivos sindicales deberían escuchar al coronavirus y a Darwin.

3 COMENTARIOS

  1. Que flaco servicio le
    Presta el columnista a la institucion que hoy le da el salario, con sus comentarios y comunicados lo único que logra es ponerla en dificultades desde la óptica jurídica y social

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