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PolíticaTomás de la mano de Álvaro

Tomás de la mano de Álvaro

Por ALBERTO ZULUAGA TRUJILLO

Para el 29 de mayo del entrante año están previstas las elecciones presidenciales, las que ganará quién obtenga la mitad más uno de los votos.  Abierto el partidor empiezan a alinearse los distintos precandidatos quienes se disputarán en sus respectivos partidos y coaliciones, el derecho a agitar las banderas correspondientes. De antemano, sin lugar a equívocos, la izquierda tratará de presentarse unida con Gustavo Petro para enfrentar a los candidatos del centro y la derecha en una lucha frontal en la que se decidirá la suerte futura del país.  Una vez más nos libramos del socialismo populista del siglo XXI o caeremos en sus redes para iniciar un régimen de terror y de hambre como lo vive la hermana República de Venezuela. Las perspectivas hoy no son nada halagüeñas. Faltándole cerca de año y medio para terminar su mandato, el presidente Duque ha tenido en su contra un enemigo implacable como lo ha sido el Covid-19 que no le ha permitido avanzar en muchos de sus anuncios del discurso de posesión. Pero igual, así parezca un contrasentido, la pandemia lo ayudó al poderse blindar ante el permanente acoso de las marchas que venían expresando un creciente malestar, de ahora y de atrás, y que, solo, bajo los Estados de Excepción contemplados en la Constitución, pudieron impedirse. Dos reformas tributarias  fallidas, que de sobra lo atestigua una tercera presentada el pasado jueves para completar tres bajo su Gobierno, contradicen abiertamente lo ofrecido en campaña, de “bajar impuestos y subir salarios”. La escandalosa subida del salario de los congresistas frente al salario mínimo, en una institución que lidera la corrupción dentro del país, permitiéndoles cobrar 14 millones mensuales por gastos de representación no causados, en manera alguna significa lucha contra ese flagelo, ni puede arrancar aplausos de entre los colombianos. Igual aconteció con lo prometido en la austeridad del gasto, la cual no se ve reflejada en la compra de 23 camionetas blindadas por 9 mil ochocientos millones para cuidar más lagartos políticos, como tampoco con el anuncio de la compra de aviones por 16 billones de pesos en los actuales momentos. Esa Colombia de la equidad de que tanto habló en campaña, la que reclama del gobierno una mayor atención al adulto mayor, la que pide una reforma pensional donde los subsidios dejen de ser para los de las pensiones altas, esa reforma pensional está pendiente como lo está también su cacareada reforma a la salud en la que prometió poner fin al abuso constante de las EPS. Sumados a muchos más despropósitos, el presidente Duque está pavimentando por la vía del resentimiento el camino hacia el castrochavismo al cual dice temer su Partido. El lanzamiento de la precandidatura de Tomás Uribe para sucederlo, no deja de ser un mal chiste máxime, cuando hoy, gracias a Dios, ya no será el que diga Uribe. “El Presidente Eterno” desde que salió de Palacio dice sentirse traicionado; primero por Santos a quien dejó como su heredero y a quién luego señaló de traidor, vendepatrias, castrochavista y guerrillero disfrazado de estadista. A Duque su Partido también lo señala, en privado, de lo que no se atreve a sostenerlo en púbico, pero igual cree que les ha fallado. Por eso el Centro Democrático llegó a Tomasito para tener la certeza de que su jefe no siga siendo traicionado. Mamola y no lo prueba, decía Serpa.

Alberto Zuluaga Trujillo                                                                     alzutru45@hotmail.com

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1 COMENTARIO

  1. Respetado Columnista: con certeza: no somos ni Venezuela, ni hay castrochavismo, no somos comunistas, ni capitalistas, no somos el país más feliz.
    Somos una sociedad avasallada, dirigida desde hace 200 años por clases sociales opresoras, que sostienen su estatus y oprimen con leyes , decretos , reformas, a un pueblo inerme, doble moralista, si reacción ante la injusticia.
    Somos una sociedad del aguante, una sociedad destruida por el poder corrupto que permanece en el tiempo.
    Somos una sociedad que es atropellada por todos los actores del conflicto.
    Somos una sociedad.
    Como dice Gonzalo Arango: «Que imperen, no significa que sean justos, aunque sean legales:»

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