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SociedadUn gesto para la historia

Un gesto para la historia

Por Alba Nury Orozco Gómez

Existen formas para pensar el pensamiento, que son solo eso, formas, estructuras construidas por el hombre que nos permiten conocer, comprender e interrogar el mundo. No se piensa el pensamiento en forma originaria. Para mí, esto, es una comprensión relativamente nueva, -sea lo que esto signifique para cada uno-, con la pandemia y los diferentes discursos que circulan en el intento de comprender sus efectos y sus causas,  podemos encontrar al menos, un lugar común; la noción, incomprensible para algunos, atractiva para otros, de que los hombres somos parte de la naturaleza, o más preciso, aunque enigmático para la mayoría, somos hijos de la naturaleza, la naturaleza es nuestra madre, pues somos producto de la evolución de organismos, bacterias y procesos celulares complejos que contienen millones y millones de años de evolución, esto, aunque repetido por muchos, sigue siendo hoy el gran misterio de la ciencia.

La ciencia sin embargo en algún momento de la historia decidió que todas las construcciones científicas que realizara el hombre, partirían de un “lugar objetivo” esto es, de un “lugar” en el que el hombre se situara y se pensara por fuera de eso que estudiaba, que intentaba comprender y/o trasformar –la materia, la física y los otros seres vivos-, claro, cuando digo el hombre, estoy refiriéndome al hombre racional, a la construcción del hombre desde occidente, que a su vez es la construcción “de humanidad”,  por lo menos como nosotros los occidentalizados lo creemos y  los occidentales lo expanden y lo afirman. Para la mayoría de nosotros (los blancos-los mestizos) escuchar a los pueblos originarios nombrarse hijos de la madre tierra, tiene por mucho el estatuto de metáfora, y nos distanciamos inmediatamente de dicha afirmación, pues hemos aprendido desde siempre, y desde todas las dimensiones, que somos todo, menos parte de la naturaleza, y es desde esta idea que se han emprendido todos los esfuerzos en la construcción de la modernidad, atravesando así, todos los órdenes de la vida y la construcción del conocimiento; la economía, la religión, la política, la familia, pasando por todas las ciencias naturales, o las humanas y sociales. ¿Cómo podríamos pensar que lo que sabemos, lo que nos enseñan y hasta la forma en la que pensamos puede ser el producto de una acumulación de decisiones negativas, contrarias a la vida -a la naturaleza- que la civilización ha acumulado durante siglos? ¿Cuándo, cómo y por qué se tomó la decisión de que los pueblos originarios del mundo debían ser aniquilados, evitando así, la trasmisión de su pensamiento, su conocimiento? ¿Cuándo, cómo y por qué se tomó la decisión que, el agua, siendo un medio para la vida, tendría dueños, se permitiría su contaminación y sería controlada por las leyes del mercado? ¿Cuándo, cómo y por qué se tomó la decisión que el color de la piel justificaba el dominio de unos hombres sobre otros? Muchos de ustedes dirán: así nos educaron, así nos socializamos; en la escuela, en la familia, en la universidad, en la iglesia, nunca en ningún lado fue cuestionado por años, por el contario, todos y cada uno de nosotros, lo aceptaba y lo defendía como la “forma correcta” de “ser mejores”, de ser “más buenos”, y,  qué pueblo o qué hombre puede escapar a este deseo.

Todos necesitamos al menos sentirnos buenos. Quizás podamos decir que es comprensible un pensamiento y un comportamiento que defendiera esta aspiración para el hombre, para las naciones y los pueblos… pero luego, ser bueno y ser mejor también implicaba hablar una sola lengua, porque para ser bueno era necesario comunicarnos con dios, y dios solo escucha una sola lengua, entonces ¿Por qué no borrar de la tierra todas las otras, que incomprensibles a los oídos de dios, carecerían de valor? Y luego, también nos dijeron que dios era hombre, y que ser hombre era ser de una forma, principalmente fuerte, blanco y poderoso, nunca débil y frágil, trasmitiéndonos el  mensaje de oído a oído: para ser hombre y para ser bueno, y para ser mejor, ningún hombre de la tierra, podrá permitirse nunca ser débil ante dios o ante los ojos de otros hombres ¿Pero esto qué significa en un mundo donde todos y cada uno somos formados para pensar y actuar de esta forma? ¿Qué significa esto en un mundo donde todos los estímulos a los que estamos expuestos, desde la primera experiencia, lo afirman y lo defienden?. Es cierto, vagas argumentaciones y muchas preguntas, pero “esta bueno” pensar en esto,  como diría un amigo; sobre todo en estos tiempos de moratoria social generalizada, donde se nos permite también cuestionarlo todo, y donde por fortuna, podemos también actuar para transformarlo todo.

El alcalde de Minneapolis, Jacob Frey, pronunciaba en sus primeras declaraciones sobre la muerte de George Floyd que: George Floyd merece justicia, su familia merece justicia, la comunidad negra merece justicia y nuestra ciudad merece justicia […] Cuando oyes a alguien pidiendo ayuda, se supone que ayudes. Este oficial falló en lo más básico: en el sentido de humanidad.”  Floyd nos habla de dos cosas: justicia y humanidad, al tiempo, que cuestionaba la humanidad de los policías que habían protagonizado esta terrible actuación. Preguntarnos por el “sentido de humanidad” es preguntarnos por una ética que pareciera cada vez más extraviada en los gobiernos, las instituciones y los ciudadanos del mundo, y en este sentido el llamado del alcalde me parece más que acertado, trascendental; yo, en una interpretación libre de sus palabras lo traduciría así;  ¿En qué momento permitimos que un hombre sin parpadear, presionara con su rodilla durante 9 minutos, el cuello de otro hombre, hasta impedir su respiración, mientras sentía como se iba su vida, como se le agotaba el aire, con el único poder que le otorgaba sentirse dueño de la vida de alguien? Puedo pensar que quizás, desde el juicio de la historia, la responsabilidad no sea solo de estos hombres –que ejercieron presión en diferentes partes del cuerpo George Floyd; quizás, tampoco la responsabilidad sea del policía que miraba inquieto a todos lados, y no se atrevió nunca a impedir lo que estaba sucediendo; no es descabellado tampoco  pensar que esta acción se realizaba para decirle al presidente Trump elegido por ellos, que estaban dispuestos a cumplir con el deber encomendado; o  decirle a los transeúntes que solo grababan con sus teléfonos móviles trasmitiéndolo al mundo en tiempo real, que allí, en Miniapollis – estado señalado de socialista por su presidente en varias ocasiones-  aún quedaban “buenos policías”, héroes de la patria; o tal vez los policías pensaban en sus padres policías,  y las historias cotidianas de como hostigaban a los negros en otros tiempos y como estas historias divertían a sus amigos mientras ellos guardaban silencio; o  tal vez estos policías, no podían admitir ser juzgados como débiles, frente a toda una nación, porque tal vez, solo talvez, ese reclamo que nos hace el alcalde de Minneapolis, no sea solo para estos policías, quizás sea también, para Hal Marx, alcalde de Petal, en Misisipi,  que en sus redes sociales afirmó que «no veo nada irrazonable y esos policías están siendo crucificados» refiriéndose a la muerte de George Floyd. Con estas palabras, quiero llamar la atención sobre al menos una necesidad del mundo actual; pensar sobre nuestra responsabilidad en este relato de la historia, sobre nuestra pasividad ante lo que desde nuestro sentido más básico de lo humano está mal, y no lo interpelamos, porque contrario a lo que los medios de comunicación, algunos gobernantes y líderes políticos, justifican, es necesario decir fuerte y claro, que hay discursos, acciones, representaciones, y modos de actuar y de pensar que están mal éticamente, – léase humanamente- y están mal, precisamente porque son cuestionables desde la ética, esto es, son cuestionables desde la libertad que se le ha permitido al hombre como parte de un ecosistema mayor;  está mal, porque no admiten bajo ninguna consideración un justo medio. Está mal, porque niegan la vida y las formas en las que esta se afirma, se gestiona y se mantiene. Quizás, esto lo recogen mejor en sus consignas quienes se manifiestan en Estados Unidos, cuando gritan: “Sin justicia, no hay paz – No puedo respirar”, pero también lo nombran de mejor manera los gestos de varios agentes del departamento de policía de Nueva York y de Miami, arrodillándose frente a miles de manifestantes. Un gesto que quedará para la historia, y del que estoy segura otros acogerán como una forma de pedir perdón y de aceptar que, quizás sea necesario transformar radicalmente la forma en la que hemos pensado el mundo, porque hoy como en ningún otro momento de la historia, podemos percatarnos de nuestros equívocos históricos y aceptar de una vez por todas, que hay verdades irrefutables como las que nos recuerdan de nuevo el pueblo afroamericano:  sin justicia no hay paz, y mientras haya un solo hombre en la tierra, al que se le impida respirar, no importan el tiempo, todos terminaremos ahogándonos.

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