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PolíticaUna clase inolvidable.

Una clase inolvidable.

Por Federico Gómez Isaza

¿Cuántos no han soñado con recibir una clase de un profesor de Harvard? ¿O escuchar una conferencia por parte de un admirado y reconocido empresario?

Todo comenzó temprano en la mañana del miércoles 9 de enero de 2019, diez amigos nos encontramos en el aeropuerto para emprender un paseo anual que muchos no entienden ni pueden imaginar. Pero que sin duda es el paseo de ensueño para todo aquel que disfruta la pesca.

Abordamos el avión y despegamos a eso de las 6:20 de la mañana. Tras casi dos horas y media de vuelo, y luego de sobrevolar el valle de río Magdalena, la sabana de Bogotá, varias represas y embalses, aterrizamos en Yopal, Casanare, para una corta parada de abastecimiento de combustible. Después de 30 minutos continuamos el vuelo que nos llevaría a la Hacienda San José en el norte del departamento del Vichada. Sobrevolamos el inmenso mar verde que compone una porción de los Llanos Orientales, y una hora después de despegar de Yopal, aterrizamos en la pista de la finca.

Me sorprendió el orden y a la vez el grado de comodidad que se podía disfrutar en la “medio de nada”. No recogieron en la pista y nos llevaron a la casa principal de la hacienda. Una casa cómoda, de techos altos y tejas metálicas, con una enorme mesa de comedor que acomodó fácilmente a los 14 comensales y una gran variedad de sillas en lo que lo que sin duda era la sala de estar.  Varias hamacas colgadas de las grandes columnas de madera que formaban la estructura de la casa, le daban un colorido especial a esa estructura sencilla, pero robusta.

Allí estaba él, Gabriel Jaramillo, el llanero solidario, como lo bautizó una revista especializada. Acostado, revisando su celular. Me sorprendió su cordialidad y su calidez. Se notaba que disfrutaba que hubiéramos llegado. Se paro ágilmente de la hamaca, y de inmediato nos invitó a que nos ubicáramos frente al televisor donde ya estaba todo listo para su presentación.

Su elocuencia fue lo primero que me impactó, el lenguaje sencillo y cálido, me hacia sentir como si yo fuera el único espectador. La sencillez de las diapositivas me sorprendió. ¿Cómo este  alto ejecutivo, Profesor de Harvard, utilizaba una presentación tan sencilla? pero fue fácil identificar que la presentación  no era más que una guía para llevar su exposición en orden.

Su conocimiento era evidente, y la fuerza de su discurso infundía respeto y reflejaba la pasión que sentía por el tema. En 20 minutos pudimos conocer de manera general y sencilla un negocio tan complejo como la ganadería en un lugar remoto del país.

Al finalizar la presentación, él mismo nos invito a conocer de primera mano lo que nos había tratado de explicar en 20 minutos.

 Abordamos una camioneta empolvada, y nos dirigimos a ver las tierras de la hacienda y todo el proceso que se estaba llevando a cabo para mejorar la genética de una raza especifica de ganado.

La infraestructura era impresionante, el orden, la forma como fueron construidos los cercos, la forma como una ganadería industrializada se conjugaba perfectamente con el medio ambiente, y con el bienestar de los colaboradores.  Fue allí donde aprendí que las cosas se pueden hacer bien, y que se debe es procurar por hacer lo mejor, al menor costo posible. Y por obvia que parezca esta frase, es increíble pensar que casi nunca nos damos cuenta lo que en realidad significa, y el costo que conlleva hacer las cosas mal por baratas que parezcan.

¡Oírlo hablar hipnotizaba! Sus anécdotas captaban la atención con facilidad, pero su mayor virtud era su capacidad de conectar con cada uno de nosotros sin tener que mencionar un nombre o hacer una mención directa. Así fue pasando el tiempo, y fue cayendo la tarde.

Nuevamente llegamos a la casa de la finca, donde comimos y nos sentamos alrededor de la hamaca de Jaramillo a escuchar y compartir nuestras historias de pescadores tomándonos unos tragos.  Nos reímos, escuchamos y opinamos. No queríamos que el día acabara.

Al día siguiente nos levantamos y nos despedimos, continuaba nuestro paseo, pero esta vez, había una sensación diferente. Habíamos recibido una clase inolvidable, por parte de un profesor inolvidable, en la mitad de un lugar INOLVIDABLE.

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