ActualidadVicisitudes de mi primera experiencia taurina

Vicisitudes de mi primera experiencia taurina

Mi padre, Álvaro Camacho, era un eximio aficionado a los toros.

Recuerdo que compartiendo en familia tomaba su saco a manera de capa y en medio de la sala realizaba pases con supuestos toros. Una verónica, una gaonera, dos chicuelinas, después con ayuda de un palo de escoba imitando la espada daba algunos derechazos, naturales o pases de pecho para después cuadrar al toro y entrar a matar.

¿Quién sabe de toros? Preguntaba gritando

¡Mi papá! gritábamos los 7 hijos

¿Quién sabe de vacas?

¡Mi mamá¡ respondíamos al unísono

¿Quién paga boleta?

¡Mi papá¡ decíamos

¿Quién entra colado?

¡Mi mamá! Gritábamos nuevamente.

 En las décadas del 60 y 70, como fotógrafo iba de feria en feria y de temporada en temporada por los ruedos de toda la geografía colombiana acompañado por otros tres o cuatro colegas que llevaban en viejas maletas de cuero una ampliadora, cubetas, extensiones, bombillos rojos, químicos, papel, rollos fotográficos de blanco y negro, secadoras, electrones, cámaras y todos los elementos necesarios para hacer fotografías. Recuerdo que en la Feria de Manizales desde la llegada de las reinas internacionales, les hacían fotos y las ampliaban al tamaño 20 x 25 cm en blanco y negro y durante las festividades se las llevaban al hotel Ritz donde se hospedaban, las vendían y así ganaban buen dinero.

Nunca se perdían esta feria y todos esperábamos con ansiedad su regreso con más maletas de las que había llevado y cargado de regalos, billetes de diferentes nacionalidades, carteles taurinos, una nueva bota de cuero con algo de manzanilla, fotos de reinas y de las corridas.

Álvaro Camacho fue muy popular, de buen sentido del humor y con alto concepto de la amistad, eso le servía para no faltar en primera fila ya que como fotógrafo los toreros le regalaban entradas y le pedían imágenes, decía que era amigo de Sebastián “Palomo” Linares, Paco Camino, Pepe Cáceres, Joselito de Colombia, Vasques II, Manuel Benites El Cordobés, Santiago Martín “el Viti”, maletillas, novilleros, banderilleros, Alguacilillos, puntilleros, periodistas, reinas y fotógrafos.

En 1973 como siempre se preparó para la feria de Manizales y aprovechó una reunión familiar para invitarme. Mi sorpresa fue grande porque yo andaba castigado por haberme tirado segundo de bachillerato y por tener mi libreta de calificaciones más roja que lomo de toro después del segundo tercio.

Llegamos una mañana a Manizales después de viajar en la noche 10 horas en un Expreso Bolivariano “Pullman” al hotel San Francisco que quedaba en un viejo edificio a una o dos cuadras de la Plaza de Bolívar. Recuerdo que en el desayuno pedí un perico (café con leche pequeño), pero me trajeron huevos pericos con cebolla y tomate, reclamé y me dijeron que debí pedir un “pintadito”. En un cuarto del hotel los cuatro fotógrafos armaron el cuarto oscuro. Después del almuerzo salimos a dar un paseo por la 22 o 23, no recuerdo bien, pero de lo que si me acuerdo es que en cada local, cada casa o establecimiento comercial sonaba el pasodoble Feria de Manizales y el ambiente festivo era inigualable. El siguiente día era de trabajo, fuimos al aeropuerto a recibir a las reinas internacionales, regresamos al hotel a hacer las fotos que tomaron, y al Hotel Ritz a venderlas, fue el mejor día en cuanto a las ventas aunque los siguientes fueron igualmente muy buenos. En la mañana siguiente el desfile de las Carrozas del Rocío, igual, muchas fotos, en mi memoria quedó grabada la belleza de Elsa María Springtube, caldense representante de Colombia. En la tarde la primera corrida. Era tarde de toros. 

Todo era muy colorido, el paseíllo con todos los protagonistas y tres toreros en primera línea; Santiago Martín “El Viti”, Joselito de Colombia (creo) y Pedro Moya el Niño de la Capea. Yo no estaba muy interesado en la corrida, admiré más al toro que a los toreros, era poco lo que entendía y me distraía viendo la elegancia de las mujeres, a la gente gritándole “ole” al niño de la Capea que cortó dos orejas en su primero, a los músicos y a la presidencia que no sabía qué hacer cuando toda la plaza le agitaba pañuelos blancos (en aquellos tiempos era el único color de los pañuelos). Para mí era bueno ver los toros hasta que llegó el segundo ejemplar de El Viti.

Santiago Martín “El Viti”

En el mundo de los toros había dos clases de matadores: los tremendistas como el Cordobés, Paquirri, Palomo Linares y clásicos como Pepe Cáceres, Paco Camino, Luís Miguel Dominguín o el Viti. El Viti nunca se sintió cómodo con su segundo toro (de hecho con el primero tampoco), no era capaz de dar dos muletazos seguidos, el ejemplar lo desarmó dos veces, corneó un banderillero, Tumbó un caballo, creo que de la piedra lo hizo picar más de la cuenta y con la muleta fue una maleta, aparte de todo no podía cuadrarlo para entrar a matar, pinchó más de cinco veces y más se desesperó, me tocó ver como tapando la espada con el capote le pinchaba el vientre al animal, el toro no caía y el Viti seguía hiriéndolo con la espada donde cayera, volvió a intentar pero solo logró un pinchazo un poco más profundo y ahí lo dejó, el toro se arrodilló después de ser emborrachado durante algunos minutos por tres de los maletillas, salió un puntillero que en dos ocasiones falló en su intento y como el toro levantó la cabeza le apuñaleó sobre la nariz para después terminar con la vida del animal,  mi padre solo se atrevió a decir una frase que nunca olvidaré  -¡Esto es una carnicería!-

Después de eso nunca más tauromaquia. Hoy después de 42 años de aquella tarde nos quejamos por la forma como asesinaron un toro en unas corralejas de un pueblo de la costa, les aseguro que fue peor lo que hizo aquel día Santiago Martín “El Viti”. 

ÁLVARO CAMACHO ANDRADE

Enero 11 de 2015

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