«…Y con el agua lejos». El nuevo orden después de la pandemia

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Por ERNESTO ZULUAGA RAMÍREZ

Cuando la pandemia empezó el mundo parecía derrumbarse. El pánico se apoderó de la gente, de los gobernantes, de las instituciones. Y quizás el pico del terror lo vivieron los pequeños y medianos empresarios que adicionalmente presenciaban impotentes y estupefactos el derrumbe de sus negocios. Todo era el caos. Encerrados en casa con graves problemas para adquirir los alimentos, acobardados frente al virus y aterrorizados con su mortal capacidad, éramos una especie al borde del Juicio Final.

A medida que los gobiernos daban tumbos e improvisaban frente al virus y que se hacía evidente la enorme fragilidad del ser humano empezamos a tener reflexiones filosóficas sobre nuestro papel en el planeta. Incluso cambiamos la cosmovisión. Muchos afirmaron que la humanidad sería otra después de la pandemia como consecuencia del sentimiento de “arrepentimiento” que se generalizaba por todas partes. La contaminación, el calentamiento global, la extinción de muchas especies y otras funestas consecuencias del capitalismo salvaje y de los demás comportamientos mezquinos del «homo sapiens» se convirtieron en los temas centrales de conversación, en las disquisiciones de los pensadores y en los temas de moda. Nos llenamos de promesas de cambio. Los menos ilusos hablaban de solidaridad, fraternidad y justicia entre otras virtudes que aflorarían de manera inmediata y espontánea una vez terminara la crisis. El hombre volvería a ser «bueno» como lo era en el Paraíso antes del Pecado Original.

Una vez concluyó el confinamiento y se nos permitió salir a la calle, con tapabocas, desinfectantes y muchas restricciones, se empezaron a normalizar las actividades cotidianas y muchos incrédulos empezaron a desconocer la existencia del virus y de la pandemia. No fue necesario mucho tiempo para que afloraran de nuevo las dos más arraigadas peculiaridades del ser humano: el egoísmo y la codicia. Rápidamente se visibilizaron —nunca se habían ido— el hambre, la pobreza, la inseguridad, la corrupción y todos los males de nuestra sociedad. Fue como si hubiésemos abierto de nuevo la Caja de Pandora. Desaparecieron los sueños de cambio y los espíritus de transformación que hacían gala del positivismo. Todo volvió a la normalidad.

Podría afirmar —con evidente melancolía— que nada de esto me extraña y que cobra validez la frase de Lord Byron: «mientras más conozco al hombre más quiero a mi perro», pero debo reconocer que de todos los acontecimientos pandémicos y pos pandémicos hay dos cosas que me aterran: la actitud impertérrita de los bancos y de las entidades financieras y la aquiescencia de los gobiernos. Es angustiante percibir la desbordada avaricia de los primeros. No solamente no tuvieron afectaciones negativas durante la crisis sino que, por el contrario, salieron inmensamente fortalecidos con la complicidad sospechosa de los gobiernos. Todo sucumbe frente al dinero. La estructura política y administrativa de los estados ya no se compone de tres poderes y menos puede afirmarse que existe en la prensa el cuarto poder. La banca es en esta nueva modernidad y en el nuevo mapa social el primer poder; se apoderó de los medios de comunicación y arrodilló a sus pies a los otros tres. Y todo con una sola arma: la corrupción. Cuando Pandora atinó a cerrar la caja que había abierto solo quedó adentro el único bien que los dioses habían puesto en ella, la esperanza. De allí nació aquel proverbio que reza: «La esperanza es lo último que se pierde». Aferrémonos a ella.

1 COMENTARIO

  1. Muy atinados comentarios DR. Zuluaga. El poder del dinero sigue carcomiendo las entrañas de una sociedad sumisa y complaciente que con su comportamiento pasivo sólo le queda aferrarse a la esperanza de que algo puede mejorar.

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