Yo ateo, milagro de José Gregorio Hernández

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Por: JOHNSON ORTIZ PARRA

A propósito de la beatificación del médico José Gregorio Hernández, impulsor de la docencia científica y pedagógica de Venezuela, hombre probo que hablaba inglés, francés, portugués, alemán, italiano y dominaba el latín y el hebreo, quien tras su muerte en 1.919 se volvió símbolo de la esperanza del enfermo. A él se le atribuyen milagros hasta convertirse en parte del culto popular de millones de latinoamericanos regados por todo el mundo. Nacido en Isnotú , 1864 , Estado Trujillo Venezuela, fue médico, científico, profesor, filántropo de vocación.

Y aunque contradictorio, Yo ateo consumado desde los 11 años de edad, soy milagro de José Gregorio Hernández, pese a la resistencia que hice frente a los llamados de mi hermana menor, quien convertida en gregoriana, insistía en que flexionara mi incredulidad en la existencia de un dios y dejara que las manos del beato tocaran mi orgullo en busca de la sanación de mi cuerpo afectado por una descarga eléctrica de 13 mil 200 voltios.

Fue una descarga que me volvió “ropa de trabajo”, hace 20 años al tratar de demostrar mi nacionalismo instalando una bandera de Colombia en el techo de mi institución educativa.

Un milagro por partida doble, porque entre diez mil electrocutados con una primaria de 13 mil 200 voltios, solo dos se salvan. Y las estadísticas no mentían. Ese día de octubre, Mi hermano Luis Alirio y Yo, estábamos para contar la historia. Historia de la cual puedo dar fe. Fue otro milagro de José Gregorio Hernández.

No habían pasado los primeros 15 minutos después de haber regresado del túnel blanco, en el cual, al fondo resplandecía la luz brillante de la paz eterna. Fueron segundos o minutos de un viaje levitado, en el cual no sentía, no escuchaba, no veía, pero que percibía como el momento más maravilloso y tranquilo. Sentía la paz eterna. Sin problemas, sin preocupaciones y sin dolencias. Paz, que se interrumpió cuando llegue a la intensa luz blanca que era, sin lugar a dudas, la puerta a un mundo diferente. El mundo desconocido del más allá y que muchos llaman muerte, pero que, para mí, es solo un paso, una transición a una dimensión donde, a manera de energía, nos volveremos a encontrar.

Comprendí en ese momento que solo muere el cuerpo, pero el alma, subsiste y pasa a otra latitud. Sin embargo, no pasé la intensa luz. Mi deducción, el amor por mis hijos que entraban en la adolescencia y que aún me necesitaban.

Apenas me levantaba de la cornisa, donde había caído de espaldas y había quedado colgando a más de 10 metros altura del andén. No sabía que los problemas apenas empezaban y menos que en mi vida entraría José Gregorio Hernández.

Estaba lejos de imaginar lo qué había pasado. La energía succionó mis líquidos, reventó los poros de mis brazos por donde salieron pequeñas chispas y sentía que algo olía a carne chamuscada. Veinte minutos más tarde, llamé a las empresas públicas para pedir retiraran el asta de la bandera de las cuerdas de alta tensión.

Fue cuando empecé a sentir que mi indumentaria no resistía la inflamación del cuerpo. Tenía 22 salidas de energía sobre el riñón derecho, del grosor de los dedos de la mano. Los 13 mil 200 voltios  habían reventado mi pierna izquierda como si hubiera salido la bala de un fusil.

Empezaba el peor de los calvarios. En el San Jorge la atención fue inmediata para prevenir un paro cardiaco. Al cabo de casi 12 horas nadie ordenaba un examen, una revisión con radiografías o resonancias y opté por salir por mi cuenta para llegar a mi lugar de residencia.

Era más de media noche cuando recibí una llamada de Londres, cuya voz, la de mi hermana, Lury, quien no cesaba de llorar al enterarse del suceso. “Hermanito, yo sé que Ud no cree en Dios. Por favor déjese atender del hermano San Gregorio, Ud, según su espíritu bondadoso, como médium de él, me dice que está en peligro de muerte. Que su cuerpo sufrió la fractura de cuatro vertebras de la columna, los discos están aplastados, tiene quemado parte de un pulmón, el riñón derecho está muy afectado y que las quemaduras internas lo pueden llevar a una muerte segura. El necesita de su autorización para intervenirlo esta noche”, me dijo entre sollozos.

Mis dolores eran insoportables y opté por recibir ese llamado y de acuerdo con las instrucciones, rogué a San Gregorio su presencia en ese amanecer. La médium me había advertido que la operación no me permitiría levantarme al día siguiente.

Así fue. Ese resto de noche dormité como anestesiado. Era un puente festivo y hasta el martes no podía acudir a un médico.

Fueron 72 horas de sufrimiento extremo, oliendo a carne quemada y con dolores indescriptibles. Estaba quemado por dentro. En ese tiempo fui intervenido dos veces más.

Ese martes, a las ocho acudí donde el veterano radiólogo de la carrera sexta con calle 22 y le pedí tomara las radiografías necesarias para saber cuál era la magnitud de las lesiones. Su diagnóstico fue exacto al de mi hermana médium.

El resultado que fue corroborado con una resonancia nuclear. Con ellas me dirigí a una cita médica en la entonces clínica San Sebastián de la calle 27 con carrera séptima y el médico, hijo de una reconocida dirigente conservadora, ratificó el diagnostico de 72 horas atrás. Sostuvo que serían 12 años para recuperarme y que no había medicina o instrumentos para curar las quemaduras internas. Solo restaba aplicarme morfina para los intensos dolores y menos para recuperar los millones de neuronas que quemaron los 13 mil 200 voltios de la energía. Indicó que sufriría de artrosis degenerativa, pérdida de memoria y trastornos neurales.  Hoy ya se reflejan.

Con esa conclusión, Yo, ateo, anti católico, anti religioso, decidí encomendarme a un milagro con el medico de los pobres, el hermano San Gregorio, a quien, cada noche invocaba para que me asistiera.

Empecé a convertirme en un milagro de José Gregorio Hernández, pues ningún otro médico fue mi asesor en la salud.

Él era mi compañía, mi medicina, mi alivio. Mi caminar era como el de robot. Solo podía girar la órbita de mis ojos. Subir a un taxi era una penuria. Tenía prohibido conducir. Demoraba hasta una hora tratando de caminar una calle.

Corroboré que las amistades políticas no servían, que el Estado era indolente y que el culto popular latinoamericano sobre el medico Hernández, quien murió en un accidente de tránsito en su pueblo natal, no era un cuento.

Una eminencia de carne y hueso que perdió la humanidad.

Aprendí que sus milagros llegan a quienes confían en él.

Hoy ese milagro pudo volver a caminar, sanar de las fracturas de la columna, curar los 22 orificios de salida de energía sobre el riñón y prácticamente vivir como si esos 13 mil 200 voltios no hubiesen causado los daños que ningún médico terrenal pudo tratar.

Veinte años, después aun recurro con oración a San Gregorio para que mitigue mis dolencias.

Yo ateo, un milagro del doctor José Gregorio Hernández.

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