Los acontecimientos recientes en la vecina Venezuela no se pueden mirar solamente como una situación particular de ese país. Tiene profundas y significativas repercusiones en todos los países de América Latina. De hecho, la captura de Nicolás Maduro desató una controversia con algunos países de la región expresando su apoyo a la acción y otros condenándola. Argentina —liderada por Javier Milei— celebró la operación diciendo: «la libertad avanza, viva la libertad!», y expresó su apoyo a los Estados Unidos por el paso dado hacia la restauración de la democracia en Venezuela. El Salvador, Paraguay y Panamá expresaron también su apoyo a lo acontecido. La primera ministra de Trinidad y Tobago no solo elogió el ataque y el despliegue militar; afirmó que «el ejército estadounidense debería eliminar a todos los narcotraficantes violentamente».
Simultáneamente Brasil, Chile, México, Uruguay y España emitieron comunicados condenando la operación unilateral y reafirmando a América Latina como zona de paz. Otros países como Cuba, Bolivia, Nicaragua y algunos más también condenaron la maniobra militar. El presidente de Colombia, Gustavo Petro, rechazó cualquier acción unilateral que ponga en riesgo a la población civil y expresó su preocupación por la intervención llamando a una solución pacífica y diplomática.
La OEA, la CELAC y el secretario general de la ONU han llamado a la calma y al diálogo para resolver la crisis.
La decisión de Estados Unidos de designar a los carteles de la droga como organizaciones terroristas y de acusar a Venezuela de ser artífice y patrocinador de sus operaciones ilícitas en el Caribe sirvió de excusa para una intervención que pone en tela de juicio el concepto de la soberanía nacional de los países latinoamericanos. Una detonación intencional de un conflicto que terminó por confirmar la fragilidad de nuestras democracias. Independientemente de la situación política del país vecino, de su lamentable condición económica, de las violaciones constantes de los derechos humanos y de los evidentes fraudes electorales para que una élite corrupta se mantenga en el poder es innegable que Estados Unidos ha reafirmado que es la gran potencia militar que impone condiciones y exige sumisión.
El predominio imperialista de los gringos se acentúa en este lado del mundo. Lo vivimos y sufrimos a principios del siglo XX con la separación de Panamá, país que a su vez sintió el mismo yugo opresor con la invasión gringa de 1990 en la que se derrocó, apresó y secuestró al general Manuel Noriega. Las invasiones «gringas» son un patrón histórico de intervenciones militares, políticas y económicas en la región, motivadas principalmente por intereses estratégicos y económicos desde el siglo XIX hasta el presente, con ejemplos notables en México, Cuba, Nicaragua, Haití, República Dominicana, Granada, Panamá y en Chile con el derrocamiento de Salvador Allende.
Aunque estoy seguro que muchos compatriotas y amigos quisieran que en Colombia también nos invadieran o que nos convirtiéramos en otro estado «mendigo» de la Unión —como Puerto Rico— expreso mi categórica intención de defender a capa y espada nuestra soberanía. Nos tocó la triste condición de ser «pobres» en los albores del tercer milenio y de depender económicamente de la potencia del norte pero no por ello tenemos que arrodillarnos como lo hace Petro, quien después de haberle hablado duro al señor Trump y desvestido muchas de sus contradicciones parece estar preso de pánico queriendo mostrarle una actitud antidrogas que nunca tuvo. Celebro que haya caído Maduro por falso y por tramposo pero no aceptaría que cayera Petro por el simple capricho político del señor del norte. Creo a Colombia capaz de llevar su propio rumbo por la vía democrática y sin intervencionismos.


