Así como existen leyes naturales en la economía, también hay leyes inquebrantables en la política.
Robert Michels formuló en 1911 la Ley de Hierro de la Oligarquía, una teoría que explica por qué, en cualquier organización, el poder termina concentrándose en una élite.
Aunque las organizaciones políticas y democráticas nacen con la intención de representar a las mayorías, inevitablemente forman castas internas. Esto ocurre por necesidades tácticas, burocráticas y de liderazgo.
Las estructuras de poder se consolidan y, aunque prometan democracia interna, terminan funcionando como sistemas cerrados donde las decisiones son tomadas por un grupo reducido.
Este fenómeno ha ocurrido en múltiples revoluciones. En la Revolución Francesa, Robespierre terminó devorando a sus propios aliados. En la Revolución Rusa, Stalin eliminó a Bujarin y Kámenev.
En Colombia, Gustavo Petro y su gobierno son una muestra clara de esta dinámica. Su consejo de ministros televisado fue la evidencia de cómo el poder se centraliza en figuras como Laura Sarabia y Armando Benedetti.
El objetivo de Petro con la transmisión del consejo de ministros no fue debatir ni tomar decisiones, sino proyectar una imagen de liderazgo absoluto, en su intento de mostrarse como el gran estratega.
El resultado fue grotesco. Ministros doblegados, frases de sumisión como “usted es el que manda” y hasta un vergonzoso “te amo”. La humillación fue tal que una ministra afirmó: “Como mujer, no me puedo sentar en esta mesa con Benedetti”, pero nunca se levantó, aceptando de facto su autoridad.
Petro actúa como un emperador que, en lugar de gobernar, se empeña en construir una imagen de dominio, aunque en la práctica su administración se desmorone. Como en toda estructura de poder oligárquica, la lealtad es más valiosa que la capacidad.
El supuesto “cambio” prometido por Petro ha terminado reproduciendo los mismos vicios del pasado. Se remplazaron unas élites por otras, pero las dinámicas de poder siguen intactas.
Una vez más, podemos comprobar que el tan anhelado cambio es, en realidad, más de lo mismo.
El problema no es solo el gobernante de turno, sino el sistema mismo. Mientras el Estado siga acumulando poder, siempre será controlado por una élite que lo usa en su propio beneficio.
Lo que realmente se necesita no es un cambio de caudillos, sino una transformación estructural: un gobierno limitado pero fuerte. Fuerte en justicia, seguridad y con infraestructura física de primer nivel, pero sin la hipertrofia burocrática que ha convertido al Estado en un botín de las élites.
Es hora de dejar atrás el estatismo sometido por el socialismo y el mercantilismo crónico, y avanzar hacia un modelo de capitalismo liberal y democrático. Solo así el poder dejará de ser una herramienta de dominación para convertirse en un verdadero instrumento de desarrollo y libertad.…


