Un habitante más de la querendona. Para muchos, inadvertido; para otros, templanza, empuje, superación y supervivencia.
De camino por la ciudad en una travesía obligatoria para llegar a mi sitio de trabajo, me regalo unos minutos dejándome llevar por la necesidad de tener un encuentro cercano con el Dios de la vida, entonces accedo a La Catedral Nuestra Señora de la Pobreza por la puerta principal. Es un acto de entrega, un ritual. Después de permanecer unos minutos, detengo mi mirada y decido otro tipo de encuentro, aquel que es evangelio, un encuentro con el otro, con el del rebusque, el vendedor ambulante, al que apenas percibimos, pero, para mí, con un valor indescifrable. Me retiro por la puerta lateral que conduce a la carrera séptima, allí se ubica, lo saludo, cruzo unas cuantas palabras con él. Su nombre, no importa, podría ser Carlos, Reinaldo, Pedro, lo realmente importante es su presencia.
De estatura mediana, contextura delgada, mirada limpia y afable, atrae, me obliga a observarlo con minucia. Solo ocupa un pequeño espacio de esa acera, el que se convertiría en escenario donde durante muchos años y en compañía de su progenitor, atiende con amabilidad a quienes se acercan buscando una velita o uno de los productos que ofrece y conserva en una pequeña caja plástica, pretexto para acercarme y solicitarle una foto. Se sonríe y acepta.
Durante mucho tiempo su caja y silla de ruedas fueron compañía. La primera, su herramienta de trabajo; la otra, compañía, fue ocupaba por su padre quien, en medio de su condición entendía el lenguaje del amor de quien fuera su sombra y nunca lo abandonó. Además de ser su padre, fue compañero de camino, de lucha, de habitación.
Para aquel hombre (su padre) que ocupó durante años ese espacio público, pero, también su espacio corporal, lo cíclico cumplió su objetivo; para su hijo, una pérdida incalculable, que ha dejado un vacío, aunque vive con la satisfacción del deber cumplido. Ahora está solo y entiende que la lucha continúa por él y para él, no tiene a nadie, pero lo tiene todo.
El ser humano se mueve en luchas innecesarias, anhela alcanzar la cima sin realizar esfuerzos, la inmediatez se convirtió en modelo de vida para muchos, los resultados: sinsabores, lágrimas, angustia constante. No hay metas qué cumplir.
No pretendo expresar que sea inalcanzable, pero, para llegar a ella, el camino a recorrer pesa, cuesta; al final, la satisfacción por el logro alcanzado.
Aquel chico nos regala la mejor lección de vida. En su sonrisa se percibe un corazón movido por el amor, un corazón orante, casi que podría replicar los momentos de cada eucaristía y el mensaje de quien la oficia; un corazón quizás ávido de compañía, pero, continúa. En su mirada hay transparencia, aquella que se logra con un alma incapaz de lastimar al otro. Es la máxima representación del ser humano consciente del valor que exige vivir, sabe que la vida hay que cuidarla y la mejor manera es como lo hace día a día, con él y como lo hizo con su padre.
¡Cuántas pequeñeces transforman nuestro trasegar por la vida en grandes milagros y son motivación para cambiar paradigmas!
Carlos, Reinaldo, Pedro… puedo ser yo. Cambiemos el rostro por gratitud. Lo tenemos todo.



Querida Luz Marina. Acabo de leer «Una imagen vale más que mil palabras».
Me quedo sorprendido por varias cosas. Primero, por la agudeza de tu mirada, el don de comprender el otro en su situación; Luego, la percepción tierna de tu escritura para referirse a un joven, que podría ser un «anónimo», pero que tiene un semblante muy diciente. Saludos y gracias por compartir con nosotros tu pluma y tus sensaciones humanas.
Diego eFe