El cronista de Pereira lo ha hecho otra vez… Nos ha tomado de la mano y nos ha llevado en un viaje que inicia en el viejo Mora Mora y culmina en el Hernán Ramírez. Con su pluma, nos sumerge en una historia vibrante, en la que cada página es un latido, cada párrafo un recuerdo, cada palabra una declaración de amor al fútbol y a su ciudad.
Desde mi corazón
Quienes me conocen saben que leer es mi pasión y mi género preferido, la crónica. Aquel bello híbrido donde el periodista se revela escritor y su pluma lo ubica en la cima de la imaginación, haciendo dudar al lector si ante sí tiene un trozo de realidad o un fragmento de ficción.
Por tal motivo, no ha sido fácil para mí escribir sobre el quinto libro publicado por el periodista, escritor y amigo Danilo Gómez Herrera titulado “De Libaré a la Villa Olímpica” – Deportivo Pereira 80 años de historia.
Pero igual se lo debo, no solo por haber tenido la deferencia de obsequiármelo enviándolo a mi domicilio con su autógrafo impreso. Sino porque es el cuarto de los cinco libros escritos por el autor, donde solo uno hacía referencia a otra ciudad y otro equipo: “Quindío 1956 Campeón”.
Admiro a Danilo desde su juventud cuando al lado de los grandes juglares de la radio narraba y comentaba los goles y las gambetas del equipo amado desde los estadios de Colombia a donde viajaba de visita El Deportivo Pereira y en esta, que siempre fue su casa, convertiría las 28 letras del abecedario en notas musicales para llevar exultación al alma de quienes lo escuchábamos y luego lo leíamos en las páginas de las rotativas locales.
Hoy Danilo vive en Medellín a donde se trasladó cuando Pereira dejó de ser plaza para su diario quehacer de comentarista deportivo y lo acogió Múnera Eastman en su sistema informativo. Pero su corazón late con el club que luce en su pecho los colores de la bandera pereirana, y eso será así hasta su muerte.
Podría decirse que Danilo es hijo de esos malabaristas de la palabra como Carlos Arturo Rueda que hacía brotar perlas de su boca cuando narraba una jugada y cuando -muchas veces sin verlas- llevaba a los oyentes a disfrutar las hazañas de los ciclistas en las grandes competencias nacionales y extranjeras. O Gabriel Meluk, Editor de Deportes de El Tiempo, vinculado a esa casa editorial desde 1994 y doble ganador del Premio nacional de Periodismo Simón Bolívar, por citar solo dos casos.
De Libaré a la Villa Olímpica es una crónica extensa, de 182 páginas, rigurosamente investigada e ilustrada con fotografías de la época, algunas inéditas, que nos lleva por un túnel del tiempo imaginario a los años 40 cuando comenzó a jugarse el deporte rey en la incipiente Pereira, y la fanaticada enardecida se agolpaba en los alrededores de los potreros a librar batallas extradeportivas.
Haciendo las paces
Es en esa epopeya donde Gómez Herrera nos relata la natividad del Deportivo Pereira, un equipo fundado por un policía en 1944, que “surgió a instancias de la justicia para calmar los ánimos belicosos de los aficionados del fútbol en aquella Pereira en vía de desarrollo”.
Como si se tratara de una misión encomendada por el mismísimo Dios… el capitán de la Policía, Guillermo Gaviria Londoño, observó el caos. Los enfrentamientos, la violencia en las tribunas… El fútbol, que debía unir, estaba dividiendo. Entonces tomó una decisión. Reunir a los delegados, parar aquella batalla que se jugaba fuera de la cancha… y dar vida al Deportivo Pereira.
Cuenta Danilo que “los clásicos entre Otún y Vidriocol comenzaron a cobrar notoriedad y el frecuente número de seguidores empezó a tomar partido por su respectivo bando, jugándose otro derby en las tribunas. Y comenta más adelante que: “Al término de cada confrontación se esgrimían armas de todo tipo y después de esa batalla campal muchos apasionados hinchas terminaban entre rejas y otros, con atención médica”.
Como buen sabueso, Danilo desenterró al jugador de Vidriocol Luis Carlos Marulanda, quien le narró de viva voz, cómo vivió aquella cita al comando de la Policía:
“Recuerdo que hacía pocos días habíamos jugado uno de tantos partidos contra Otún, al término del cual de las barras apareció gente con diferentes armas como barberas, cuchillas de zapatería, otro sacó un destornillador y se armó la pelea. En aquel momento descansaba en la tranquilidad de mi casa cuando un agente de la policía me dijo que el capitán Gaviria me necesitaba”.
“Me asusté porque no sabía de qué se trataba. En todo caso me hice presente en el comando y allí me encontré con Gabriel Cardona, Juan Posada quien era mi compañero de Vidriocol y con don Adán Arango, el presidente del comité de Fútbol”.
De crónica en crónica, Danilo nos va llevando hasta aquel día memorable en que el Deportivo Pereira se hizo campeón del fútbol profesional colombiano, “una celebración aplazada largamente, por un equipo que más de una vez tocó las puertas de la gloria, pero no la cruzó y ni siquiera quedó de segundo, porque se tuvo que resignar con un tercer lugar”.
Libaré, la siguiente
De las muchas historias narradas por Danilo me quedó con su mágica descripción del viejo fortín de Libaré, como llamaba al antiguo estadio el campeón Carlos Arturo Rueda, porque en casa era casi imposible vencer al matecaña.
El estadio de Libaré, donde se libraron los más memorables encuentros del equipo pereirano, en la época del paraguayo César López Fretes, por allá en 1944, bautizado con el nombre de un médico concejal pereirano, Alberto Mora Mora, pero conocido por todos por el nombre de la vereda donde estaba localizado: Libaré, nombre cuyo origen se debe a un campesino de nombre Crisanto García, “campesino bastante amigo del licor y buen lector del poeta Julio Flórez. Este señor usaba una terminología bien estudiada y encontraba más elegante decir libar que beber. En su cantina ubicó un tablón con un aviso que decía Libaré. Ese era el sitio de descanso de los paramunos que subían del pueblo de comprar los víveres semanales. A partir de allí todos conocieron esa zona rural como Libaré, cuyo nombre fue adjudicado al estadio que posteriormente sería bautizado Alberto Mora Mora”, rescata Danilo Gómez, de un escrito del historiador Hugo Ángel Jaramillo.
Como estas y muchas otras anécdotas, la obra de Danilo Gómez nos reencuentra con el objeto de nuestros más recordados y enconados amores de la adolescencia, el Deportivo Pereira, también llamado en otrora “la garra guaraní”, por el abultado número de jugadores paraguayos que militaron en sus filas, se cree que más de cien, y que alcanzaron su mayor notoriedad vistiendo la divisa matecaña.
De las coincidencias entre la nación guaraní y el pueblo pereirano hablaremos en otra ocasión, claro con la ayuda de Danilo, quien puede documentar dichas historias.
Por ahora, déjenme despedirlos con este mensaje de gratitud: Gracias, Danilo Gómez, por este exquisito bocado literario. No es solo un libro, es un latido, es un grito de amor al fútbol y a la ciudad que lo vio nacer. Es una celebración que se transmite en la sangre, en el sudor de la gradería, en el estruendo de las voces cuando la pelota cruza la línea del gol. Y en cada página, en cada palabra, en cada historia, el Deportivo Pereira sigue vivo, inmortal, como el eco de un canto que nunca deja de resonar.



Buen artículo, amigo Cancito (por lo de El Viejo CAN, tu padre)
El prólogo tan ameno como el mismo libro, eso es tener pluma.
Me encantó la forma en que el autor logró transportarme a través de la historia del fútbol en Pereira, reviviendo momentos y emociones con su narrativa apasionada y llena de vida.