Nunca pensé que lo vería con mis propios ojos: los empleadores urgidos de personal y los trabajadores ocultándose como si los persiguiera un monstruo terrorífico o como niños aterrorizados por “El Coco”. Parece que les sobra el dinero; que les sobran el arroz, las papas y la leche en sus neveras. Pero esta es la escena que se repite a diario. Navegar por los portales de empleo en línea o simplemente caminar por cualquier zona comercial revela una constante sorprendente: la abundancia de letreros y anuncios que claman “Se busca personal”. Restaurantes, hoteles, talleres, pequeñas industrias y comercios; todos parecen estar en una búsqueda incesante de manos dispuestas a trabajar. Sin embargo, esta alta demanda choca con una realidad desconcertante: la escasez de candidatos. Resulta increíblemente difícil conseguir empleados y trabajadores.
Uno podría pensar que, en un país con desafíos económicos y cifras de desempleo que a menudo nos preocupan, la gente estaría ansiosa por ocupar estas vacantes. Pero la experiencia diaria de muchos empleadores cuenta una historia diferente. Es como si una parte significativa de la fuerza laboral potencial no necesitara, no quisiera o, simplemente, le diera pereza trabajar. Esta situación se agudiza notablemente en el segmento de empleos que ofrecen el salario mínimo legal mensual. Justo allí, donde la demanda de servicios es más palpable, la oferta de personas interesadas se vuelve cada vez más esquiva.
¿Qué explica esta aparente contradicción? Las causas pueden ser multifactoriales, pero una hipótesis cobra fuerza y merece una reflexión profunda: el impacto de los subsidios gubernamentales. En los últimos años, hemos visto una expansión significativa de los programas de asistencia económica, gestionados en su mayoría por entidades como Prosperidad Social. Programas como la Renta Ciudadana, que busca amparar a hogares en pobreza extrema con transferencias monetarias periódicas; la Devolución del IVA, que intenta compensar el gasto en impuestos a los más vulnerables; Colombia Mayor, que asiste a los ancianos sin pensión; e incluso Renta Joven, que apoya a estudiantes, conforman una compleja red de transferencias monetarias.
Si bien cada uno de estos programas persigue un fin social loable y necesario –mitigar la pobreza y ofrecer una red de seguridad–, la pregunta inevitable es: ¿Qué sucede cuando un hogar acumula varios de estos beneficios? ¿O cuando una sola transferencia, aunque modesta, proporciona una base que reduce drásticamente el atractivo de un empleo formal con salario mínimo? La suma de estas ayudas puede, en ciertos casos, acercarse o incluso igualar lo que una persona ganaría en un puesto de baja remuneración, pero sin las exigencias de horario, transporte y subordinación.
Parece que un número creciente de personas ha encontrado una forma de subsistir combinando diversas ayudas estatales, trabajos informales esporádicos y, en algunos casos, la inactividad. Han aprendido a «vivir con chichiguas», es decir, a conformarse con ingresos mínimos, a menudo provenientes de estas transferencias directas, que, aunque modestos, liberan del compromiso, la disciplina y el horario que implica un trabajo formal. Cuando se compara la seguridad, aunque mínima, de recibir 80.000 pesos de Colombia Mayor, 100.000 de Devolución del IVA, o hasta 500.000 de Renta Ciudadana (dependiendo de la conformación del hogar), con la exigencia de un empleo de salario mínimo –al que hay que restarle transporte, alimentación y, sobre todo, sumarle ocho horas diarias de dedicación–, la opción de no trabajar formalmente gana atractivo para algunos.
No se trata de demonizar la ayuda social, que es indispensable en una sociedad con brechas profundas como la nuestra. Tampoco se trata de afirmar que todos los beneficiarios rechazan el trabajo. Se trata de cuestionar si el diseño actual y la acumulación de estas políticas están logrando un equilibrio adecuado entre el apoyo y el fomento de la autonomía a través del trabajo. Cuando la diferencia entre el ingreso por subsidios y el salario mínimo se estrecha, o cuando la suma de varias ayudas iguala o supera lo que se ganaría trabajando, el mensaje implícito puede ser contraproducente y generar una dependencia que frena la movilidad social y la productividad económica.
Estamos ante un desafío complejo que requiere un análisis honesto y valiente, más allá de dogmas políticos. Necesitamos políticas sociales que no solo alivien la necesidad inmediata, sino que también incluyan componentes fuertes de capacitación, intermediación laboral efectiva y, sobre todo, que estén diseñadas para revalorizar la cultura del esfuerzo y la contribución productiva como vía principal para el progreso. De lo contrario, seguiremos viendo cómo los letreros de “Se busca personal” se multiplican, mientras nos preguntamos, con creciente perplejidad, dónde se ocultan los trabajadores.



No hay mucho que analizar doctor Gonzalez, simplemente esto indica que estamos en vías de un socialismo que a su vez tiene como fin conducirnos a un comunismo. En éstos el ser humano pierde el incentivo a trabajar porque se les bonifica «con ayudas sociales» la quietud mental y física para así poder seguir manipulando y vendiendo ideales que nunca pasaran de ahí, ideas, promesas que sólo favorecen y ponen a VIVIR SABROSO a quienes las hacen.
No hay que regalar pescados… ENSEÑEMOS A PESCAR