La conmoción que envuelve a Colombia por el intento de asesinato al joven senador y precandidato presidencial del Centro Democrático Miguel Uribe Turbay, no es para menos. Y es más escalofriante en la actual atmósfera que rodea la agitación proselitista y la conducción del Estado, llenas de epítetos, injurias, difamaciones, tergiversaciones y demás “alcantarillazos” que tienden a reducir la credibilidad, a desdorar el honor con vituperios, amenazas y megalomanía.
De las cuestiones dolorosas del insuceso atroz, es la constatación de un adolescente en condición de autor material, de sangre fría, definido en el quehacer criminal, entrenado en el uso de arma restringida, “instrumentalizado” por sujetos determinadores, seguramente consciente de su favorabilidad en el encausamiento punitivo tal como ocurrió en el asesinato del ministro de Justicia Rodrigo Lara en época del Gobierno de Belisario Betancourt. Es claro que ilegales de todos los pelambres, en sus elementos planificativos en la comisión de cegar la vida, los ejecutores son menores de edad entrenados en “escuelas de sicarios”, reclutados de diversas maneras, y concretamente para magnicidios, atraídos con una “elocuente paga” que, unida a la destreza adquirida sin reservas morales, la oferta se vuelve irresistible.
Lo comentado hace parte del tratamiento judicial que conlleva una pena privativa de la libertad hasta de 8 años, pero no en cárcel; por su condición etaria, tiene que ser en Centro de Atención Especializada (CAE), y según su comportamiento en la rehabilitación, el juez podrá reducir su tiempo y modalidad de la sanción. La normatividad para este segmento infantil y juvenil hace que los grupos violentos aprovechen tal circunstancia para incorporarlos en sus concurrencias delictivas y en esa dirección los reclutan y los hacen parte de la estrategia. Las estructuras del narcotráfico, en sus andanzas y campamentos, los visibilizan para que la aviación militar y la fuerza pública en general, no las ataquen frente al temor de someter a los servidores del Estado a juicios internacionales y locales, siendo ellos los verdaderos criminales de guerra como lo dijo Derechos Humanos de la ONU, por el reclutamiento en su nefasta acción de niños, niñas y adolescentes. Legislaciones de Europa y Estados Unidos, castigan el delito con pérdida de la libertad en sitios adecuados sin tener en cuenta la edad temprana del victimario, y por tiempo severo de acuerdo con el acontecimiento respectivo. Y pensar que la denominada “Reforma Judicial” que se debate en el Congreso contiene rebajas hasta de un 20 por ciento. Las consideraciones precedentes llevan a concluir que un menor adiestrado en esas lides, no está exento de ser letal.
Dentro de este contexto doloroso y con el objetivo de crear un ambiente civilizado de ideas y réplicas propias de la liza política, es imperativo establecer, mutuamente dignidad en el trato, al uso de las palabras no como puñales que abren heridas mortales y que se asoman en discursos de odio prevalente. Esto es válido para los actores intervinientes en las causas partidistas, en especial en cuanto toca al primer mandatario en la virtud constitucional de propender por la unidad nacional y la conservación de las buenas costumbres. Él no puede ser motor de discordia que rompa el imperativo ético y los contenidos supremos de la ley. Es oportuno predicar que la zozobra ahuyenta la paz, y la invocación a vivir con sensatez atrae la civilidad, base del ejercicio político. Se piensa en este horizonte que el doctor Petro, si su intención de orden institucional es genuina, dejó escapar el momento de angustia y confusión salido del atentado a Miguel Uribe para invitar a la sindéresis, en vez de hacer una alocución larga, tortuosa, de mal teatro, difusa e inconexa, en la cual dijo que su aprendizaje dialéctico de Heráclito, Feuerbach, Hegel, Cien Años de Soledad y lo arabesco, aclararían la investigación de rigor. No hubo acrobacia de luz para extirpar el insulto y la mentira como medios de confrontación, y llamar a un acuerdo nacional para la salvación de la Nación. A pesar del viento enrarecido, la prudencia y el desarme insultante deben ser consignas y no dejar que la crispación lleve a charcos de sangre.


