Andrés, danzo con tu obra, y mi semblanza el fruto.
Abrir el libro Misiá Rosa y otros cuentos es aceptar la agitación de la memoria, leerlo es consentir remembranzas. A través de quince cuentos de variopintos, pero familiares escenarios, con olores a frutas y flores y vistas de la tapia “detenida en el tiempo”, Andrés Felipe Piedrahita Bermúdez se hace vaso e intérprete de la tradición oral que le antecede, la que nos antecede en nuestra región. Su lenguaje posee la retórica, propiedad, cadencia y ensoñación de ese lenguaje montañero que se hace idiosincrasia y símbolo de nuestra identidad. Equipado con este para la narración, el autor dispone de su genio para la articulación de narraciones, unas pintorescas, unas dramáticas, unas de cierta encriptación histórica, donde retrata episodios de honda trascendencia en el imaginario local, ya por la tradición oral misma, ya por la historia de violencia que nos cobija, permitida y promulgada por un Estado que coarta al pueblo, como si se trataran de fuerzas contrarias.
Sus personajes, gallardos en sus actividades, aguerridas en sus ideales (y viceversa), hacen del sentir, personal y popular, el derrotero para la cotidianidad, sin desatender el desarrollo de su voluntad y la búsqueda de sus deseos merced de la opresión y la injusticia social aplastante. Ante la desproporción infame, los personajes de Andrés (el preso que subsiste, el campesino que jornalea, el niño que pregunta, la abuela que recuerda, entre otros) esgrimen su sensibilidad, que está enraizada en sus memorias.
La historia popular local marcada por la historia política del país es el clima agreste materializado en buena parte de las narraciones. La violencia, la ignorancia y la apatía, contravalores sociales, son agravios humanos que tienen lugar y condicionan la buena voluntad de los protagonistas, les problematizan. Mas estos, de nobles intenciones y valores recios, se hacen robles ante la contrariedad: los viejos, de tanto mirar ya saben hacia dónde mirar y de tanto andar ya saben hacia dónde andar; los niños, se confirman y se inyectan ánimo en sus acciones intencionadas a cuidar y sanar el mundo malherido que, irremediablemente, fue su ambiente al nacer, y continúa.
“Por lo visto, la desgracia nos persigue desde antes de tener conciencia”
Implícitamente, el autor sabe hacer de la realidad una ficción y entre ficciones exponer realidades con tanta soberanía como la que se le confiere al presente, el momento que transcurre. Las historias, pues, si son de filo, cortan tanto al lector como a los personajes; si son de flores, aromatizan tanto al primero como a los segundos; si son de amor, evocan tanto en el uno como en los otros. La cercanía con la narrativa es inevitable. Recetas para subir el ánimo, y el sol como reloj infalible, son algunos de los hilos ejemplares que nos muestran el camino de regreso, en este caso, hacia nuestra identidad desde la practicidad, hoy tan conmovida y alterada.
La categoría y la dignidad de sus personajes es edificada nada menos que sobre su fortaleza moral, una fortaleza que, aunque en repetidos casos herida, sabe sobreponerse y trascender más allá de concepciones ontológicas e inconvenientes materiales cotidianos que suelen tener implicaciones definitivas y directas sobre ellos, como sus creencias, el condicionamiento laboral e, incluso, la muerte. Sus personajes se encuentran en el desencuentro con las imposiciones con que se les acomete, ya de parte del Estado ausente, ya de criminales indolentes, ya de políticos oportunistas, ya de un dios que retira presencias y enarbola promesas póstumas: “ni su creencia en una vida después de la muerte superaba la paz y el amor al lado de su Rosa”. El autor de este libro destaca al hombre hijo de Dios sobre el Dios padre del hombre, le enriquece en sus creencias, por medio de estas desarrolla su expresión. Le da una vida natural, que no entiende de los condicionamientos de cánones morales de la religión.
Cuánto de profundo puede tener la historia de alguien que cotidianamente observamos en nuestro entorno. La lectura de la obra de Andrés enseña que no hay historias superficiales, sino superficiales interpretaciones. Que si bien yo soy yo y mis circunstancias, como manifiesta Ortega y Gasset, también soy todo lo que me precede en el ahora, que mi presente es un trozo a sumarse a mi identidad. Que somos, incluso, mucho de lo que no decimos y que “sufrimos más por los secretos que por otras cosas”. Entonces la fe es un aliciente, mas nunca un vehículo certero para la supervivencia, pues el móvil de la esperanza es la memoria.
Por estas y por otras razones se ve disminuido el ánimo en situaciones recurrentes de la cotidianidad. Sucede en nuestro mundo y en la obra de Andrés, que tan escasa gabela permite para diferenciar. Mas, como se ha dicho, los personajes de su obra se oponen con una ejemplar actitud, la que poseían nuestros abuelos tercos como las mulas. Terquedad que les valió para librarse de vivir sujetos a la merced de la ambición de unos cuantos, y esta fue una liberación que se alcanzó a través de la práctica de valores alternos o, como mártires, muriendo en defensa de estos mismos, a manos precisamente de la mezquindad.
En su lectura transparente observamos cómo el olvido y la miseria, frutos de la ambición, son más que armas de fuego y saben matar mejor, pues subordinan, reducen a su víctima hasta hacerle miserable, tan miserable, que se le antoja como utopía los privilegios o facultades en otrora comunes. “Yo solo quiero que llueva, no sumar tristezas donde no caben”.
Esta ambición, como condición humana, que no llevan los bueyes que beben lo justo, ni los pájaros que recolectan las ramas justas para su hacer su casa, se presenta como la más clara inducción a la destrucción del hombre. La apatía y el despotismo social al que esta conduce, son verdugos mayores que la ley, y sus castigos son por mucho más terribles. Son perpetradores de la muerte lenta: “no solo es asesino aquel que asesta el último golpe”.
Acudir a esta y consentir la ambición, pues, es abandonar la identidad. Restar al mínimo su importancia al mudar el interés en definitiva hacia la mórbida adquisición sin sentido. “Uno es lo que le dicta el profundo deseo de su corazón”, y el corazón no desea más allá de lo que ama, y es el amor una emoción que trasciende sobre las pertenencias y la acumulación, haciendo explícita la futilidad con la que al final estas cargan: no resultan pilares para sostener su ausencia cuando desaparezcan.
Entre tales vericuetos morales se mueven los personajes de este libro, se les encuentra, leyendo, muy cerca nuestro. Bajo la influencia de las músicas nuestras y de las que hemos hecho nuestras en radios, bares y cafetines, tal el tango, tal el bolero, se les descubre rescatando la alegría de nostalgias, por el solo hecho mágico de recordar, y caer de nuevo en los sinsabores de la conciencia de lo arrebatado por el tiempo y, en casos mayores, por la violencia, que sostiene el temor eterno a la guerra eterna que opaca los visos de alegría.
Así se les ve, pues, deslizarse entre la alegría y el desasosiego de recordar, recogiéndose en su entereza que es su bagaje identitario, haciendo frente a los malos con la firmeza sobre sus causas sustentadas en el amor, y reconociendo a los buenos en quienes hacen de ese amor la coraza para defender a los seres amado. “Ninguna causa por amor es deshonra”. La gallardía de sus personajes está en su inconformidad ante el conformismo, la que les establece como una fuerza magnánima de pocas gentes que han sobrevivido, y otras malvivido, generación tras generación con igual tristeza que valor.
El de Andrés Felipe Piedrahita Bermúdez resulta ser, más allá de una obra literaria, un puente hacia nuestras raíces, tan vilipendiadas por la ignorancia que promueve la desatención, la que es, a su vez, fruto del afán por acumular (desde objetos hasta vivencias) tan propio de la edad moderna, donde la ambición se magnifica como gran faro oscuro, donde la identidad se desdibuja sobre un fondo de saturaciones impersonales.
Cuánto bueno resulta leerlo disponiendo la conciencia y visitando la memoria. Cómo, en nuestro tiempo, esto ya es una revolución.


