jueves, febrero 5, 2026

EL MAR…TAN LEJOS Y TAN CERCA

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Este es el tercer capítulo de mis relatos del viaje a  Cuba, con motivo del Seminario Internacional de Periodismo y Turismo en el Instituto  Internacional de Periodismo José Martí en La Habana.

Estamos en La Habana.  He pasado dos días en la capital cubana y mis pies todavía no han pisado la arena de la playa.

Las olas del mar me atraen como el polen de las flores a las abejas y en mi vuelo, procedente de Colombia, me arrobé mirando por la ventanilla el inmenso océano que inspiró a Hemingway para escribir El Viejo y El Mar.

Me dirijo al malecón habanero.  A medida que recorro sus calles, La Habana se me asemeja al centro histórico de Cartagena de Indias, ambas patrimonio de la Humanidad. Incluso se divisan cañones apuntando al mar Caribe, lo cual me traslada mentalmente al castillo de San Felipe.   Dos ciudades hermanas que comparten valores libertarios haciendo frente al asedio de potencias extranjeras.

Vamos caminando con mis cuatro compañeros de viaje colombianos, a quienes se han sumado dos periodistas internacionales del sector turístico:  el uruguayo Luis Fernández y el ecuatoriano Patricio Miller, junto con el empresario canadiense Hilary Becker con rumbo al Hotel Nacional, una joya arquitectónica edificada sobre una colina que antes fue una fortificación española y en tiempos de esplendor lugar donde se hospedaron célebres personalidades, al igual que mentados personajes de la mafia New Yorkina.  Hoy, propiedad del gobierno cubano.

¡Vaya contrariedad!: No podremos ingresar porque ha sido reservado con exclusividad por un grupo de visitantes para la celebración del Día del Padre.  No hay problema, mañana se reivindicarán y con creces.   Allá disfrutaremos una inolvidable velada, con música y baile, y nos tomaremos fotos en el mar al fondo.

 

Por ahora, cambio de planes; ahora vamos al Gato Tuerto.  Es muy cerca de aquí, se ve al frente el malecón y en el entorno edificaciones de grandes dimensiones y diseños arquitectónicos que datan de varios siglos de esplendor, opacados con el paso de los años.

La cámara de mi celular me permite captar algunas curiosidades, como la ropa extendida en uno de los balcones y ese aire de abandono que denota la falta de pintura en las fachadas.

Más adelante, un lugareño me dirá que muchas de estas edificaciones les fueron cedidas en comodato a ciudadanos de las clases populares, pero la prohibición de comprar y vender propiedad raíz, revocada hace solo diez años, desestimuló su sentido de pertenencia y fue la razón para que muchos no les pusieran una mano de pintura.

Ya quiero cruzar al otro lado, quizás mojarme, aunque sean solo los pies con agua salada.  Algo que no puedo hacer cuando quiero sino cuando el destino lo permite.  El océano constituye un atractivo casi mágico para los habitantes del interior de Colombia, yo uno de ellos.

Una fuerza superior me atrae al mar azul, pero me detienen los muros de hormigón.  Después de arriesgarme a ser arrollado por los coches que se mueven a lo ancho de seis carriles, descubro que el mar está lejos, aunque cerca.

Antes de lanzarme en la búsqueda del ignoto atractivo, brindamos por nuestros países de origen en el balcón del Gato Tuerto, mientras bebemos mojitos y daiquiris.

Al fondo, el azul inmenso nos llama.  Unas cuantas fotos y, con la venia de nuestros compañeros, ya estamos al pie de un monumento, recibiendo la brisa de un mar calmo, testigo mudo de innumerables batallas.

En el mismo lugar donde nació la cuba libre, una bebida cubano americana, que mezclaba la cocacola con el ron, para sellar una amistad que, para muchos, estaba condicionada por el sometimiento.

Hoy, en la paz de mi hogar en Dosquebradas, Risaralda, sólo tengo palabras de gratitud para nuestros anfitriones, un pueblo amable y generoso que sabe compartir sus recursos con los visitantes, y que por fuerza de las circunstancias depende del turismo, un renglón de la economía donde gana el visitante y se benefician todos por igual.

Nos volveremos a ver, Cuba, y ojalá de nuevo en compañía de nuestros amigos colombianos, ecuatorianos, uruguayos y canadienses.  ¡Que se repita la experiencia.  Salud!

 

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