miércoles, febrero 4, 2026

LA UTOPÍA COMO FORMA DE GOBIERNO: HACIA UN ESTADO TECNICO, ETICO Y VIGILADO

OpiniónActualidadLA UTOPÍA COMO FORMA DE GOBIERNO: HACIA UN ESTADO TECNICO, ETICO Y VIGILADO
Por Martín Zuluaga Reyes

¿Qué pasaría si dejáramos de votar por rostros simpáticos y comenzáramos a elegir proyectos verificables? ¿Qué pasaría si al político que miente para ganar se le aplicara la cláusula de un contrato que lo expulsa y lo reemplaza? ¿Y si, como quiso Bolívar, existiera un cuarto poder que vigile no al pueblo, sino al poder mismo?

Parece utopía. Y sin embargo, es lo que necesitamos.

Vivimos en una democracia que ha renunciado a su espíritu original: el de permitir que el pueblo decida sobre su destino. En la práctica, ese destino se define por el marketing, las fake news, los discursos emocionales y la capacidad de mentir con buena dicción. El populismo, que se disfraza de voluntad popular, ha sustituido a la política seria y técnica. No elegimos proyectos: elegimos promesas. No exigimos resultados: premiamos empatía.

Los ejemplos abundan. Candidatos que prometen no subir impuestos y lo hacen apenas pisan el poder. Planes de gobierno que son papel mojado. Electores desinformados que votan sin entender las consecuencias fiscales, legales o sociales de lo que eligen.

El problema no es la democracia. El problema es la superficialidad con la que la estamos practicando. Y quizá sea hora de imaginar —o mejor, de diseñar— otra forma de gobernar.

La propuesta: un modelo ético-técnico con vigilancia moral

Imaginemos un país donde:
– Los ministerios son ocupados por expertos elegidos por mérito, no por clientelismo.
– Los candidatos deben registrar su plan de gobierno ante un organismo moral autónomo.
– Ese plan tiene fuerza contractual: si no lo cumplen, se activan mecanismos de sanción o sustitución.
– Existe un “Consejo Moral del Estado”, un poder independiente que vigila al Ejecutivo, al Legislativo y a los medios. Un cuarto poder real, como lo soñó Bolívar.
– Los ciudadanos reciben información clara y obligatoria antes de votar: comparaciones de propuestas, verificación técnica de impactos, sin manipulación.

En este sistema, si un presidente electo decide desviarse de su plan sin causa justificada, el pueblo puede revocarlo o incluso reemplazarlo por el segundo más votado, cuyo plan sí contemplaba esa medida. Se premia la honestidad, no la estrategia electoral. Se impone la verdad, no la emoción.

No se trata de reemplazar la democracia. Se trata de salvarla.

En esta “utopía” —llamémosla así— el gobierno no se construye desde el ego ni desde la improvisación. Se construye desde la competencia, la coherencia y la vigilancia ética.

Claro que suena idealista. Pero la historia de la humanidad ha sido escrita por quienes se atrevieron a imaginar lo que parecía imposible: abolir la esclavitud, dar derechos a las mujeres, construir instituciones internacionales. Utopías que hoy nos parecen obvias.

Nuestra democracia está en crisis, no porque sea mala, sino porque la hemos desvirtuado. Si queremos recuperarla, tenemos que exigir más. Exigir gobiernos que rindan cuentas, planes que se cumplan, y ciudadanos que no voten por carisma, sino por argumentos.

La utopía como forma de gobierno no es un delirio. Es, quizás, la única salida.

 

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