Una cosa es estar dentro de la ley y otra, muy diferente, es que la ley esté dentro de sí mismos. En otras palabras, quien tiene dentro de sí la ley, es la ley misma y no sufre su cumplimiento.
Parece un enredo o un galimatías, pero se explica de manera pormenorizada y se entiende.
A qué ley me refiero. A esa ley infinita, universal y perfecta que ha motivado la creación, el progreso, el orden natural, la vida, la justicia, la afinidad entre los seres, la igualdad, la compensación, la libertad y que señala el camino hacia el auténtico conocimiento de sí mismo: La Ley de Amor.
Y es una ley infinita porque no fenece, no termina, nunca acaba. Igual a la creación que nunca acaba.
Sin amor no se llega a buen puerto; es decir, si se hacen las cosas sin amor, claramente se verá que las intenciones, sus métodos y los fines alcanzados no son benéficos o son egoístas o no llevan impreso el sello del bien común.
Cuando las cosas se piensan y se ejecutan con amor, impelimos en esa acción consideración, aprecio, cariño, empatía, gratitud, entrega, sacrificio, compromiso, que vienen siendo principios y valores que nos demostrarán auténtica moral filosófica al no querer “sacrificar” a nuestro hermano en beneficio nuestro.
La frase “No se puede amasar un buen pan volviendo harinas a los demás” es precisa, para este caso. ¿Que necesitamos sobrevivir? Sí, es cierto. Pero, llegar a no permitir que otro coma o viva bien, solo porque yo no tengo eso que aquel alcanzó; es incorrecto. Porque el amor es sacrificio, pero también es justicia. Y como leyes, amor y justicia, debemos aplicarlas a la par.
Eso significa que si usted se entrega con todo a otro o a otros para ayudarlos porque dice sentir amor, y no tiene en cuenta la ley de justicia, puede ser alcahuete. Y cae en alcahuetería quien no permite que el otro se esfuerce para conseguir lo que se propone. Tan sencillo como el abuelo que quiere darle todo al nieto: Se lo tira; puede volverlo un inútil o alguien que crece creyendo que todo se lo tienen que dar. Y está bien intencionado el abuelo, ¿cierto? Pero no es la mejor manera de ayudar.
Volvamos a la frase del comienzo: Una cosa es estar dentro de la ley de amor y otra, muy diferente, es tener dentro de sí mismos la ley de amor, para que así sea cada hombre, él mismo, en sus actos, la ley de amor.
No basta con cumplirla sino con ser la ley misma. Esto significa mayor compromiso y demostración responsable de nuestros actos y decisiones. Porque cualquiera puede decir que la cumple siendo amable, afectuoso, solidario y eso es bueno; es más, eso satisface y se siente un alivio por el deber cumplido. Pero hay algo que es inherente como obligación para llevar dentro de nosotros mismos: Hacer conciencia.
Si piensas que cumples la ley de amor y te lo demuestras, pero piensas que decides y ejecutas acciones pensando en un beneficio personal porque te educaron pensando en que un mundo maravilloso te vas a ganar; pues, con esa forma de pensar y actuar le restas valor a los que decides y ejecutas.
Simplemente, hazlo. Cúmplela porque debe demostrarse lo que cada espíritu trae escrito en su ser al encarnar en este planeta: Hacer el bien por el bien mismo. Sin esperar nada a cambio; ni dinero ni posición ni renombre ni adulación ni van a declararte perfecto.
Por eso es que se dice que una cosa es cumplir la ley de amor, porque todo depende devla intención y esta, entre más sana y desafectada de cualquier interés más noble será y su transformación en virtud es inmediata para que, más allá de estar dentro de la ley, ella esté en nosotros, en cada uno y ser la misma ley de amor en nuestras decisiones y acciones. Por favor, disculpen, hermanos lectores, la reiteración.
Esto no se los dice un moralista filosófico al 100%, pero sí emulo a Sócrates con su frase “Solo sé que nada sé” completada luego por el mismo espíritu como “Solo sé que nada sé, pero estudio y sé”. ¿Irrefutable, cierto? Y es verdad, el conocimiento, como la vida, es eterno.
Aunque mañana estemos en el quinto plano de nebulosas del universo infinito (Millones de años luz más arriba de los trillones de galaxias que hoy advierten los astrónomos con sus adelantados aparatos ópticos) allí hay conocimiento, cosas por aprehender, enseñanzas por adquirir; lo que significa que el aprendizaje es eterno.
Por eso es que nadie se las sabe todas. Y como recomienda la Escuela Magnético Espiritual de la Comuna Universal: “No comprender una cosa, no da derecho a negarla. No censures, ni hagas crítica de lo que no entiendes”. O sea, no niegues lo que no comprendes, pero investiga para que te hagas tus propias ideas y no depender de lo que otro te diga ni “tragues” entero.
Y siete frases más que nos aporta esta Escuela y que son faros de luz para quienes anhelan profundizar en el conocimiento de sí mismo cumpliendo la Ley de Amor y llevarla dentro de sí; es decir, ser la ley misma:
La crítica de lo que se desconoce, es calumnia.
El calumniador es vil y comete muchos crímenes a la vez.
La risa del ignorante, es imbecilidad.
¿Ves falta en tu semejante? Mira bien, no sea tuya.
¿Tú quieres ser sabio? Estudia en ti mismo; habla poco, piensa alto, mira hondo, observa siempre y aprende de todos.
¿Sabio y sin amor?... No lo creas.
El que sabe amar, es el que sabe más.
En conclusión, todo aquel que está dentro de la ley de amor sufre su cumplimiento, porque compara, espera algo, ve al otro como alguien que se beneficia de mí y no me agradece; etc. En cambio, a otro nivel, quien tiene la ley de amor dentro de sí disfruta su cumplimiento, hasta trabajando, por más duro que sea, es feliz, porque cumple con esa ley del trabajo que forma parte de la gran Ley de Amor. He ahí la diferencia.


