Colombia, tierra de guerras heredadas, ha comenzado a exportar soldados sin bandera. Mercenarios que, tras dejar el uniforme nacional, se visten con el anonimato de la muerte para servir a intereses ajenos. El tema lo aborda nuestro columnista Jairo Arango Gaviria en su artículo de hoy lunes. No es nuevo, pero sí cada vez más inquietante.
https://elopinadero.com.co/new/mercenarios-colombianos-en-las-guerras-del-mundo/
El caso más estremecedor: el asesinato del presidente de Haití, Jovenel Moïse, el 7 de julio de 2021. Un comando de 26 colombianos irrumpió en su residencia en Puerto Príncipe. Lo mataron a tiros. No hubo resistencia. No hubo patria. Solo órdenes.
Germán Rivera, capitán retirado del ejército colombiano, fue condenado a cadena perpetua en Miami. Otros fueron abatidos o capturados por las fuerzas haitianas. El plan, urdido en Florida por empresarios de seguridad, pretendía secuestrar a Moïse y reemplazarlo por Christian Sanon, un ciudadano haitiano-estadounidense. Cuando el secuestro falló, optaron por el magnicidio.
Ahora, Sudán.
El 6 de agosto de 2025, un avión procedente de Emiratos Árabes Unidos fue bombardeado por la aviación militar sudanesa mientras aterrizaba en Nyala, Darfur del Sur. A bordo viajaban al menos 40 mercenarios colombianos. Todos murieron.
El ejército sudanés acusa a Emiratos de reclutar y financiar combatientes colombianos para luchar junto a las Fuerzas de Apoyo Rápido (FAR), grupo paramilitar que ha sumido al país en una guerra devastadora desde 2023.
Los cuerpos quedaron entre los escombros. La patria, otra vez, ausente.
Y en Rusia, el colombiano Óscar Hoyos Alzate fue condenado a 14 años de prisión por combatir junto al ejército ucraniano. Pablo Puentes Borges, otro connacional, recibió 28 años por “mercenarismo” y “acto terrorista”. Rusia no los trata como prisioneros de guerra, sino como criminales.
Son los nuevos rostros del exilio bélico: entrenados, empobrecidos, descartados por su país y reclutados por empresas privadas que los convierten en emisarios de la muerte.
¿Quién recluta a estos hombres? ¿Qué país los forma? ¿Qué ética los abandona?
La industria del mercenarismo colombiano se expande como una sombra por África, Medio Oriente, Rusia, Ucrania, Haití. Son espectros entrenados para matar, no para pensar. Jóvenes que juraron lealtad a Bolívar y terminaron disparando contra pueblos que jamás les hicieron daño.
El Congreso colombiano tramita una ley que prohíbe el mercenarismo. Tipifica el delito, prohíbe el entrenamiento paramilitar, promueve cooperación internacional y protege a veteranos. Pero ¿bastará? Como advierte Peter Singer, “el mercado de mercenarios es un fenómeno global que no puede abordarse exclusivamente desde una perspectiva nacional”.
Colombia se ha convertido en exportadora de muerte. Mercenarios como mercancía.
No hay justificación válida para matar por contrato. Ni por hambre, ni por gloria, ni por olvido.
La ley puede ser un primer paso. Pero el verdadero cambio será cultural: cuando el uniforme deje de ser una promesa de guerra y se convierta en un símbolo de paz.



Gracias por hacerlo notar. Un tema muy pero muy grave, no se ve pero su impacto es muy considerable en las guerras actuales, en las acciones ilegales en todo el planeta