Un gallo canta en la madrugada mientras el río Cauca se despereza en medio de la neblina. En la plaza de La Virginia, una señora ya tiene lista la olla de sancocho y el olor a leña perfuma el amanecer. Este rincón de Risaralda, conocido como el “Puerto Dulce de Colombia”, no solo es paisaje: es punto de partida. Es puerta de entrada a un occidente que pide pista para despegar.
Hablar de La Virginia es hablar de historia, comercio, rutas, encuentros. Es también hablar del futuro. Porque este municipio, atravesado por uno de los dos ríos más importantes del país y conectado con Antioquia, Chocó y el Valle del Cauca, tiene todo para convertirse en eje logístico, clúster turístico y nodo de desarrollo regional.
Por aquí se abre camino hacia el Chocó, con la magia de sus ríos, sus selvas imponentes y su biodiversidad incomparable. También hacia Antioquia, abriendo paso a corredores de comercio y cultura, y hacia el norte, conectando con los océanos Pacífico y Caribe. En su entorno se respira el olor a caña del Ingenio Risaralda, y también se proyecta una ruta estratégica hacia Caldas, con paso obligado al gran Cristo Rey de Belalcázar.
Además, La Virginia alberga un puerto seco con potencial inmenso: desde allí puede construirse el más importante ramal del nuevo tren de carga que integrará a Caldas, Risaralda y Antioquia en el proyecto recientemente firmado. Un tren que no solo moverá mercancías, sino que puede transformar la dinámica económica del centro occidente colombiano.
Y es que el occidente risaraldense no solo es bello: es estratégico. Tiene tierras fértiles, paisajes espectaculares, cultura viva, y sobre todo, ganas de crecer. Pero necesita inversión, conectividad y visión territorial. Necesita que el desarrollo no se concentre solo en el área metropolitana, sino que fluya también hacia sus márgenes, hacia esos pueblos que han resistido y que hoy están listos para renacer.
El turismo rural, el ecoturismo, las rutas gastronómicas, los recorridos culturales… todo está ahí, esperando. Solo falta potenciarlo. Que los visitantes no solo lleguen a Pereira, sino que sigan el cauce del río hacia esta región hospitalaria, diversa, profundamente risaraldense.
Y en el centro de todo: La Virginia. Con su vocación de puerto fluvial, su gente trabajadora, su mezcla de culturas, su posición geográfica envidiable. Un municipio que puede ser símbolo de lo que significa pensar en grande sin dejar de ser cercano.
Hoy que hablamos tanto de descentralización y equidad territorial, pensemos en serio en el occidente de Risaralda. No como un apéndice, sino como un protagonista. Que desde Balboa hasta Guática, se tejan rutas de progreso con dignidad. Que los niños que hoy crecen viendo pasar el río tengan motivos para quedarse, para soñar, para construir futuro en su propia tierra.
Porque el desarrollo de una región no se mide solo en kilómetros de vías o cifras económicas. Se mide en orgullo, en oportunidades, en proyectos de vida posibles. Y en eso, La Virginia y el occidente de Risaralda tienen mucho que decir.
Fernando Sánchez Prada
Septiembre 21 de 2025



Qué agradable leer cosas positivas. Un artículo muy bien escrito y que nos recuerda las bondades de una tierra maravillosa