Jhonwi, danzo con tu obra, y mi semblanza el fruto.
Al leer De caminos y vientos se tiene la sensación de leer una obra escrita bajo la responsabilidad y la entrega de una tendencia crónica a escribir, así como tendiente el vivo a vivir. Cuál pues, si no, es la realidad del escritor. Tras este prisma, por lo menos al autor de este libro, puede encontrársele.
La pluma de Jhon William Hurtado Marín, que nos ofrece esta bondad, es un vehículo instigador de historias: para vivirlas, saberlas y contarlas. Mas no se agota en esto el autor. Es escritor en tanto viajero y viajero en tanto escritor. La simultaneidad de sus desempeños vocacionales es su vocación en sí, pues su viajar y su escribir están fundamentados sobre el mismo sentido: el sentido del cosmopolita. Lo mismo, pues, ha de ilusionar la voluntad de Jhon William (en Pereira, en la capital o en el interior del país, en México o cualquier nación por venir) aunque el alma se cautive de particulares maneras en cada lugar, y es la humanidad: lo que implica y su bagaje.
En compartido sentir con el cronista colombiano Alberto Salcedo Ramos, piensa – y actúa según – que la crónica es “el rostro humano de la noticia”. Este es el lema que reza en el prefacio de este libro y que buenamente, el autor, no pierde oportunidad para expresar como analogía directa de su ejercicio, pues por convicción desatiende los métodos ahora tradicionales de un periodismo inmediato, poco profundo y de tizne amarillo.
Es, quizá, por esto, que este género, el de la crónica, es el que ocupa este libro de Jhonwi, y no otro, porque el periodismo con su inmersión que el autor practica lo lleva a él mismo, y al lapicero, a ahondar en la historia con la energía de una nube al llover, dejando todo de sí en la lluvia.
Este libro evidencia que, antes de escritor, y para ser cronista, Jhon William es un juicioso lector. Pasa sus ojos sobre la realidad, atisba entre sus vericuetos y entonces encuentra las preguntas precisas que han de configurar una historia desnuda, sin aspavientos ni decoraciones que entorpezcan su conocimiento y su entendimiento, aún en historias susceptibles de estos recursos.
Los textos aquí compilados, publicados en diversos medios, son escritos con una pluma limpia, sin un interés trascendental al narrativo. Su estilo hermana al lector con los personajes. Cualquier lector que cuente con una, o con las dos, entre la sensibilidad y la memoria, hallará en alguno de los personajes del libro su propia realidad matizada. Y si es un personaje de su crónica quién lee, encontrará su historia mediada por su propia realidad y por la percepción que los demás lectores se puedan hacer de ellos, entonces este descubrirá efectivamente que su historia ya no es solo suya. Es la magia de la crónica, a la que accede Jhon William sin escatimar virtudes, pues es tan serio su ejercicio como simpática su personalidad.
Del acto de escribir dice Jhon William que es “un camino de caminos”. Y, en efecto, el de Jhon William es un libro de historias en tránsito. Las historias, desperdigadas en el mundo; el tránsito, suyo. En su transitar el mundo acoge las historias desperdigadas y les figura un hogar, ya en una grabadora de audio, ya en un cuaderno, y ya, sin duda, en el imaginario de sus lectores, los frecuentes y los accidentales. Consciente, quizá, de las disposiciones variopintas de lo real, esta compilación da cuenta de un ejercicio: “buscar la realidad que a veces se oculta”. Y ¿dónde? “Las historias están en la calle, hay que ir por ellas”.
Es, pues, este libro, que celebro, un auténtico escape de las irrealidades; un dilucidador de particularidades ocultas a primera vista. Es una obra para la humanidad.
“Quien se conoce, conoce también a los demás, porque todo hombre lleva la forma entera de la condición humana”
~ Montaigne.


