En la vida no basta con tener metas, objetivos y sueños y después alcanzarlos. Claro que es imposible negar el placer que se siente cuando se obtiene una victoria y la intensa sensación que se experimenta si para lograrla fue necesario invertir un enorme capital, arriesgar un potosí o luchar con denuedo y sin descanso. Pero el arte de vivir está en hacer del camino algo placentero.
Alcanzar una meta o lograr un objetivo es siempre una experiencia intensa y satisfactoria. La sensación de triunfo es indescriptible, especialmente si hemos invertido tiempo, esfuerzo y dedicación. Sin embargo, si solo nos enfocamos en el resultado final, podemos perdernos la belleza del proceso.
Así es. Los placeres de la vida suelen ser breves y fugaces. La espera para disfrutar de un plato delicioso es siempre larga, pero el placer de consumirlo es corto. Se lucha por varios años para lograr un título y la euforia de la conquista es efímera. Nos esforzamos por seducir y enamorar a alguien y alcanzada la meta nos llega la rutina. El amor puede ser intenso mientras dura, pero eventualmente se desvanece, dejando solo recuerdos y sentimientos agridulces. Contrasta la fugacidad del amor con la larga duración del olvido. Y qué decir del sexo. Demoramos un tiempo largo en busca del orgasmo, empleamos todas las energías y destrezas y terminamos en un éxtasis en extremo fugaz.
La existencia está hecha de ilusiones, proyectos y ambiciones y la gastamos en pos de ellas sin disfrutar el proceso, el camino, los artilugios. El secreto del buen vivir está en encontrar la belleza de los momentos cotidianos, en apreciar la simplicidad de la vida, en disfrutar el presente pero por sobre todo el viaje. Todo camino es una aventura que debemos descubrir.
En el trabajo del día a día, nuestro foco está puesto en resolver el obstáculo inmediato y en acercarnos a nuestro objetivo. A través de los siglos la sociedad nos ha configurado el cerebro para que resuelva problemas y nada más. Nos gastamos la vida «apagando incendios», que nunca dejarán de existir y en medio de este frenesí, nos cuesta saborear y disfrutar el recorrido y los logros intermedios. Nuestra psiquis está condicionada para encontrar el error y resolverlo, para ser efectivos, para alcanzar el éxito. Nos perdemos entonces de disfrutar el recorrido. Y peor será nuestra realidad si no acertamos, si no damos en el blanco, si erramos. Olvidamos que cada éxito viene precedido de un sinnúmero de fracasos. Pero ellos no importarán si en cada uno aprendimos algo y si disfrutamos el trámite. Tendremos siempre un sentimiento de satisfacción y de felicidad aún en medio de la frustración que conlleva el revés.
Pues bien, podemos empezar por encontrar placer en las pequeñas cosas, como un paseo por la naturaleza, un buen libro o una conversación con un amig@. Podemos encontrar placer en la rutina diaria, en hacer las cosas con pasión y dedicación. En cocinar, escuchar música, pintar o escribir. Incluso en barrer, limpiar u ordenar cosas. Debemos enfocarnos en disfrutar del proceso de aprendizaje, de la creatividad y de la exploración, encontrar el equilibrio entre la búsqueda de los logros que queremos y la apreciación del presente. No fijarnos solamente en el destino. Al fin y al cabo «el placer es el objeto, el deber y el fin de la vida», como dijo el escritor francés Jean de La Fontaine.



Buen comentario, es un respiro para descansar de tanta temática conflictiva y agresiva que nos rodea!
Muy buen mensaje nos deja : : disfrutar el viaje!