Por invitación de la Universidad Tecnológica de Pereira asistí al Coloquio Internacional “Paisajes que hablan: memoria, territorio y futuro”, organizado por la Facultad de Ciencias Ambientales.
El encuentro se convirtió en un espacio de resonancia histórica y comunitaria, donde la investigación académica se entrelazó con la memoria viva de los pereiranos.
La UTP demostró, una vez más, que su papel trasciende la formación profesional, se erige como defensora del patrimonio cultural y ambiental.
Con rigor científico y sensibilidad social, la universidad abrió un escenario para que el Salado de Consotá dejara de ser un nombre apenas conocido y se revelara como un territorio fundacional de nuestra identidad.
El Salado de Consotá, ubicado en el sector Caracol-La Curva, es mucho más que un manantial de agua salada. Los estudios compartidos por arqueólogos y la investigadora Diana Cárdenas Landínez, revelan que allí hubo ocupación humana hace más de 10.300 años. Esa cifra, sustentada en hallazgos arqueológicos y documentos históricos, nos obliga a repensar el origen de Pereira, la ciudad no nació en 1863, sino que se gestó en torno a este enclave donde la sal fue sustento, moneda y símbolo de poder.
En tiempos prehispánicos, las comunidades indígenas hervían el agua salada en pailas de cobre para obtener granos de sal, que luego mezclaban con cenizas para mejorar su blancura.
La sal era utilizada para conservar alimentos, como elemento ritual y como bien de intercambio en rutas comerciales que conectaban el centro occidente colombiano con otras regiones.
Con la llegada de los conquistadores, la explotación del Salado adquirió un carácter estratégico.
La Corona española reconoció el valor económico de la sal y reguló su extracción mediante encomiendas y tributos.

La producción se organizó en jornadas colectivas, donde indígenas y esclavos trabajaban en la evaporación del agua y el transporte del mineral.
La sal de Consotá circulaba en mercados locales y se integraba a las redes comerciales que abastecían a Cartago Viejo y otras poblaciones del Valle del Cauca.
Durante la época colonial, la sal de Consotá fue considerada un recurso fiscal.
Su explotación estaba sujeta a impuestos y concesiones, lo que convirtió al sitio en un enclave económico de relevancia regional.
La carta de libertad de esclavos de 1833 y la acuarela de 1852 son testimonios de la importancia del lugar en la vida social y económica de la época.
En el periodo republicano, la producción de sal en Consotá comenzó a declinar frente al auge de las minas de Zipaquirá y Nemocón, que ofrecían mayor escala y tecnología.
En Pereira y sus alrededores la sal siguió siendo esencial para la conservación de carnes y pescados, y para el comercio de pequeña escala.
La industrialización incipiente del siglo XIX intentó modernizar la extracción mediante hornos y técnicas de cristalización, aunque nunca alcanzó la magnitud de los centros salinos del altiplano.
El coloquio destacó el trabajo conjunto entre la academia y la comunidad.
La UTP, a través de sus investigadores y arqueólogos, ha aportado conocimiento y legitimidad científica.
Los vigías del patrimonio, voluntarios que desde hace más de una década cuidan y divulgan el valor del Salado, han sostenido la labor cotidiana de preservación.
“La universidad ha aportado desde la investigación; la comunidad ha sostenido el trabajo desde el voluntariado. Ahora necesitamos que la institucionalidad se vincule con la misma fuerza”, señaló la investigadora Cárdenas Landínez durante el evento.
Este llamado resume la esencia del desafío, sin voluntad política y gestión integral, el Salado corre el riesgo de quedar atrapado entre el olvido y la burocracia.
El Salado de Consotá es hoy un bien de Interés cultural y un área arqueológica protegida. Pero más allá de los títulos, lo que está en juego es nuestra capacidad de reconocerlo como parte de nosotros, preservarlo no es un gesto romántico, es un acto de justicia histórica y de responsabilidad ambiental.
La UTP, al organizar este coloquio, reafirma su compromiso con la construcción de memoria y la protección del patrimonio.
En tiempos donde la prisa urbana amenaza con borrar las huellas del pasado, la universidad se erige como puente entre la investigación académica y la conciencia ciudadana.
El Salado de Consotá nos recuerda que la historia de Pereira comenzó mucho antes de su fundación oficial. Allí, donde la tierra aún exuda sal, se encuentra la memoria de miles de años de ocupación humana, de luchas por la subsistencia y de creatividad económica.
Reconocer y proteger este espacio es, en esencia, reconocer que la identidad pereirana se forjó en torno a la sal. Y en ese esfuerzo, la Universidad Tecnológica de Pereira merece ser destacada como la institución que ha sabido dar voz a los territorios, visibilizar el valor de la investigación aplicada y reafirmar que la memoria no es pasado, es futuro.



Nefasta opinión. Este salado es engañabobos. Se han preguntado cuántos cientos de millones se han embolsillado los esposos Lopez-Cano durante décadas con el Salado?