miércoles, febrero 4, 2026

EL CABO DE LA VELA: DONDE EL DESIERTO ABRAZA AL MAR

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Hay lugares que no se visitan: se regresan. Y otros que no se regresan: se llevan por dentro.

Para mí, ese territorio es el Cabo de la Vela, un rincón sagrado de la Guajira al que he ido por trabajo, por turismo, por placer… pero, sobre todo, por recarga de energía, porque allí uno vuelve a ser uno mismo.

 

La primera vez que llegué —cuando la ranchería no pasaba de cuatro casas separadas por el viento— lo hice guiado por historias que hablaban de mujeres fuertes, guardianas del territorio y del mar. Entre ellas, una figura se repetía: Franca Sierra, una mujer wayuu de carácter firme, mirada profunda y temple de arena caliente. De esas personas que no necesitan elevar la voz para que el mundo entienda su fuerza.

 

Años después conocí a su nieta, MariCruz Sabino, una verdadera princesa wayuu, dueña de un andar sereno, una amabilidad sin par y una sonrisa que parece traer el viento del Jepirra. Fue ella quien, en otra ranchería, me mostró por primera vez el rito de la Yonna, esa danza que es memoria, territorio y futuro al mismo tiempo.

 

Con ese telón de fondo llegué al Cabo. Y desde entonces, he vuelto al menos diez veces. Cada ida ha sido un capítulo distinto de la misma historia: el desierto, el mar y yo.

 

 

En todas mis visitas hay dos protagonistas inevitables: Mamischa y Rosita, las dueñas de dos de los hostales más antiguos y auténticos del lugar. En sus rancherías uno no encuentra lujo: encuentra verdad.

Donde Mamischa he dormido bajo un cielo imposible, lleno de estrellas en la giganteca bóveda celeste, sostenido en un chinchorro que se mueve al ritmo del viento. Con Rosita he compartido historias alrededor del fogón, mientras el pargo rojo chisporrotea y el mar parece acercarse para oír. Fue la primera vez que llegué allí con la Monita y mis hijos Niko y Majo.

 

Ambas mujeres comparten una virtud rara: saben recibir sin perder su esencia. Saben servir lo que ofrece el territorio sin maquillarlo, saben hacer que uno entienda que allí no es visitante: es aprendiz.

Desde sus hostales he caminado hacia el anhelado Espejo de Agua, ese rincón cristalino donde se mezclan la ternura del manantial al bordo del océano y la rudeza del desierto. Allí uno puede echarse a rodar desde un montículo de arena que termina directamente en el Caribe, un capricho infantil que el Cabo se permite regalar incluso a quienes ya olvidaron cómo se juega.

 

El Cabo es una contradicción hermosa:

Arenas doradas y candentes, viento implacable, sol que cae con la contundencia de un dios antiguo… y, a la vez, un mar que acaricia.

Un lugar donde las noches no se miran: se celebran. No he visto en ninguna parte del mundo un cielo con estrellas tan grandes, tan brillantes, tan cercanas, como si quisieran conversar.

 

Para llegar hasta allí, como manda la tradición, uno parte desde Uribia, capital indígena de Colombia, donde los wayuu conducen las camionetas como si volaran. Y uno, más que pasajero, se convierte en testigo de un paisaje que se va despojando de todo, hasta quedarse solo con lo esencial.

 

En medio de ese camino, de esas mujeres y de esa vastedad, siempre me repito lo mismo: el Cabo no es un destino; es un recordatorio.

Un recordatorio de que Colombia todavía guarda milagros que no necesitan carreteras perfectas ni hoteles boutique para brillar.

 

Por eso, al final de cada visita, me nace el mismo pensamiento —y esta vez lo dejo por escrito, como periodista y como caminante—:

Cuidemos este rincón mágico.

Visitantes, mochileros, turistas, viajeros:

llevemos solo lo que necesitamos y dejemos únicamente huellas. No basura. No ruido. No irrespeto.

El Cabo de la Vela es un patrimonio vivo, tejido con la fuerza de mujeres como Mamischa, Rosita, Franca Sierra y la dulzura de jóvenes como MariCruz.

Honremos su casa como honraríamos la nuestra.

 

Porque el desierto y el mar pueden perdonar muchas cosas…

Pero no olvidan.

 

 

Fernando Sanchez Prada

Comunicador, viajero y colombiano a morir

8 COMENTARIOS

  1. Que bonito escrito y que bello homenaje a esa tierra tan maravillosa y a la vez tan desconocida e incomprendida como es la Guajira! Para entenderla hay que meterse en su esencia, convivir, compenetrarse con su gente y sus costumbres, con mucho respeto, no solo pasar de largo contemplando paisajes e ignorando su gente. Muchas gracias por ese artículo tan bonito y tan sentido!!!

  2. RESPETADO COLUMNISTA:
    Cuando un viaje se convierte en Poesía, que belleza, cuando escribir es comprensión y transformación de vivencias, ríos de palabras que atraviesan el alma
    Su narrativa: voz propia de sensibilidad para invitarnos a cruzar senderos de vida.
    Gracias, gracias, admirable..

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