miércoles, febrero 4, 2026

CRÓNICAS DE HOSPITAL

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Días de hospital. Pasillos brillantes, laberínticos, hombres y mujeres, vestidos de blanco, grises claros y azules. Mangueras, fluidos, agujas, émbolos, guantes quirúrgicos, gasas, heridas, controles, camilleros llevando bolsas blancas rumbo a la morgue, vigilantes, llanto, gritos, caminares mecánicos implacables. Cuerpos expuestos sin pudor, desnudos, humillados, despojados, inmóviles.  Médicos con estudiantes dando clases de ética y juramentos hipocráticos.

– Pero doctor yo lo que quiero es que me operen

– Si, pero la EPS, no ha autorizado los materiales

– Ya no aguanto más este dolor, llevo 15 días sin poderme mover, mire que la morfina ya ni me hace efecto

– Señora hay que esperar

– Esperar qué doctor ¿ que me muera?, pues prefiero morirme, como no son  ustedes los que tienen el dolor

– El hospital es una maravilla señora, nosotros hacemos lo que está a nuestro alcance.

Y es cierto. Los verdaderos culpables son las EPS, y los politiqueros que se confabulan y las defienden con nuestra sangre.  Las enfermeras, los médicos, los camilleros, las auxiliares, hacen lo que pueden en un país saqueado. Salvan vidas, y lo hacen bien, son funcionales, prácticos, técnicos. Aunque les paguen mal. Me producen admiración, mucha quizá, en medio de la impotencia, a la que están abocados, ellos y ellas no son los causantes de ese desastre, también son víctimas; pero a la vez, presumo cierta omisión, y prepotencia claro, sobre todo de enfermeras jefes y médicos, debe ser porque tienen ese poder de manipular cuerpos, no lo se, no lo se, pero aún así…

¡Ah! los culpables.  Están en Miami, en fincas de mil hectáreas, van de paseo en yates.  Están apoltronados en sus mansiones, comiendo caviar, tomando Wiski, alardeando sobre obras de arte, diamantes, oro, cobre y cobalto y con cuanta cosa se pueda comerciar.  ¡Oh! por dios.

En la habitación, una barranquillera en éxodo no para de hablar, tiene vesiculitis, y cálculos, vive su drama con su amigo que hasta en su lecho de enferma la usufructa. Todos tenemos una historia de derrotas, oprobios, idilios y traiciones.   Al lado una mujer de 50 años, fuerte, austera, solitaria, silenciosa, valiente, con un tutor en su pie izquierdo. Después llega una joven de 25 años, muy tatuada y hermosa, sensible, respetuosa, deportista, sobreviviente de un accidente en una motocicleta, el hueso de su tobillo izquierdo salió como un protuberante molusco, muestra las fotos, ya ha superado la primera cirugía, donde intervinieron ocho médicos, nos cuenta, pero parece no asimilar el material, se está infectando. Pudo haber perdido su pierna. Entre pacientes y acompañantes, se habla, se ríe, se comparte. Mi hermana Emilia sigue postergada, y prosternada.  El dolor se intensifica. Lo suyo es una fractura pertrocanteriana y un síncope convulsivo.  Me puse la camiseta de la compasión, le hice reiki, (eso creo) al fin pudo descansar.  Soy el ojo que vigila, la voz que increpa y reclama.  Bajo, subo, recorro pasillos, fotocopio, toco ventanillas de empleados cansados y aun así solícitos. Recuerdo ese gesto diligente del joven que me entregó la historia clínica para instaurar una tutela.

Días álgidos, laboriosos, días de lluvia y sol. En medio de esta batahola celebro el encuentro con mi amiga Luz Marina, después de 25 años, mi hermana mayor, sabia, amorosa, dramática e iluminada. La librería Roma, sus regalos: “Hannah Arendt y el orgullo de pensar de Fina Birulés” y “Luisa Muraro, escritora, fundadora de la Librería de mujeres de Milán, y de la comunidad filosófica femenina Diotima de la Universidad de Verona. “No todo se puede enseñar y otros escritos”, se llama esa joya de libro que me trajo en su maleta desde Barcelona. Las italianas me persiguen, la noche anterior “Crónicas del desamor” de Elena Ferrante me sirvió de almohada, en aquel piso furioso y trajinado de hospital.

¡Oh! mi empinada amiga. Viniste a darme un mensaje sobre el cuerpo, la piedad, el sufrimiento, la paciencia para transitar por esta intensidad.  Me regalaste una tarde épica. balsámica, un abrazo que parecía detenernos en la eternidad, bajo un techo verde de madera tallada, y una puerta que se balanceaba como un barco. Después la calle, el aire, la brisa, el polen y la miel, mis manos torpes con un paraguas para una lluvia imposible, como en un sueño.

 

Aleida Tabares Montes.

3 COMENTARIOS

  1. Hola Aleida
    Ola Aleida
    Que interesante
    La corrupción
    Y la Ambición al poder
    No deja mejorar
    Para el progreso General
    Gracias
    Mil y Millones de Bendiciones

  2. Una crónica épica cuando te refieres a la vida y lírica cuando hablas de la muerte. Una realidad vívida y hostil, que nos tiene saqueados. Tenemos el desgaste del metal.

    Eres arriesgadas por hablar en voz alta y denunciar la realidad de dirigentes políticamente equivocados que protegen, encubren y defienden.

    Vampiros que viven como brujos en los hospitales ¡Disfrazados!

    ¡Felicitaciones!

  3. Aleyda Tabares y su pluma rebosante de poesía siempre emociona al ser leída, así trate asuntos cotidianos de la humanidad, como estas Crónicas de hospital.
    Quién haya pasado alguna vez por uno de esos lugares comprende y siente que el dolor allí se he e hermano, aunque al volver a traspasar la puerta de salida la vida, en su contexto, abstraiga y obligue a mitigar y hasta al olvido lo sentido.

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