miércoles, febrero 4, 2026

NAVIDAD CON OLOR A PÓLVORA, BUÑUELO Y PAPEL ALUMINIO

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🎈La Navidad de mi niñez no venía en cajas de Amazon ni en playlists de Spotify. Venía envuelta en papel periódico, con olor a pólvora y sabor a natilla quemada. Era una época en la que la logística navideña empezaba con una misión casi militar: salir a elevar globos y perseguirlos como si fueran tesoros voladores. El que lograba atraparlo no solo ganaba respeto barrial, sino que se llevaba el derecho de reutilizarlo para el siguiente vuelo. ¡Reciclaje extremo antes de que fuera tendencia!

La pólvora se compraba por gruesas, como si fuéramos distribuidores mayoristas de la alegría explosiva. Papeletas, chorrillos, volcanes y uno que otro “tumbarrancho” que dejaba a la abuela con el corazón en la garganta y al tío con la ceja chamuscada. Era el único mes del año en que el miedo al incendio competía con el espíritu navideño.

El pesebre era una obra de arte surrealista. Teníamos un elefante del tamaño de la Virgen María, una casita más grande que el castillo de Herodes y un lago hecho con papel aluminio que parecía más una pista de patinaje para los patos de plástico. La escala era un concepto que no aplicaba: todo convivía en armonía, como en una ONU de figuritas desproporcionadas.

Y hablando de armonía, el cerdo. Ese noble animal que llegaba vivo y salía en chicharrón. La compra del cerdo era un ritual que incluía debates familiares sobre el peso ideal, la grasa justa y el nombre que se le pondría antes del sacrificio. Porque sí, el cerdo tenía nombre. Y despedida. Y luego, cena.

La cuadra se cerraba con más eficacia que una zona de exclusión aérea. Se sacaba el bafle, se conectaba a una extensión que cruzaba tres casas y se bailaba hasta que el tío con gota pedía “Faltan cinco pa’ las doce” y todos llorábamos como si el reloj fuera una cuenta regresiva emocional.

El brindis del bohemio era declamado por el primo que estudiaba teatro, aunque nadie entendía bien si hablaba de vino, de amor o de una pensión que nunca llegó. Lo importante era que lloraba al final. Y nosotros también.

Las carreras de encostalados eran el deporte oficial de la noche buena. Niños, adultos y el abuelo con prótesis competían por llegar a la meta sin perder el equilibrio ni la dignidad. Spoiler: la dignidad siempre se perdía.

Los gorros de Santa Claus eran obligatorios. Si no tenías uno, te daban uno. Si te lo quitabas, te lo ponían de nuevo. Era como un uniforme de felicidad forzada. Y sí, había fotos. Muchas fotos.

Finalmente, el debut en la cocina. La natilla salía con grumos, los buñuelos con personalidad propia (algunos parecían meteoritos), pero todo sabía a hogar. A infancia. A diciembre sin filtros ni algoritmos.

Hoy, cuando la Navidad se mide en likes y se programa por apps, me aferro a esas costumbres como quien guarda una papeleta sin explotar: con cariño, con nostalgia y con la esperanza de que algún día, volvamos a perseguir globos por el puro gusto de verlos volar.

1 COMENTARIO

  1. Qué lindo editorial… A uno se le agüa el ojo al recordar tantos y tan bonitos momentos. Cómo se vivía esa época de diciembre con tanto fervor: las novenas en diferentes casas, con la esperanza de recibir algo rico al final, casi como un premio, porque uno no hacía solo una novena sino varias y y también la ilusión de recibir el regalo que habíamos pedido con tanto fervor durante todo el año 🙏 🪅 como dicen por ahí, « éramos felices y no lo sabíamos »

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