miércoles, febrero 4, 2026

NEIVA: DONDE EL RÍO CUENTA LA HISTORIA

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“Péguese la rodadita”. Con esa frase tan huilense, tan invitadora, comienza casi siempre cualquier historia que valga la pena en tierras opitas. Y la mía con Neiva no fue la excepción.

A veces los viajes más memorables no empiezan en un aeropuerto, sino en una mesa cualquiera, entre risas, conversaciones sin reloj y un par de amigos que hacen que uno quiera volver. Mi historia con Neiva empezó exactamente así, en el viejo hotel donde me alojaba por trabajo, cuando Pablito —porque para mí siempre será Pablito— me abrió la puerta a una ciudad que uno no termina de conocer nunca. Y Ángela, entrañable, tan huilense como el bambuco y el calor del mediodía, completaba esa dupla que hizo del Huila un paisaje en el que siempre me sentí en casa.

Neiva tiene esa mezcla que no necesita presentaciones: lo indígena profundo y lo europeo que subió por el Magdalena como quien remonta la memoria misma del país. Porque en Neiva el río no es paisaje: es biografía. Corre al lado de la ciudad como corre su historia, cargando siglos de encuentros, de comercio, de ritmos, y de ese “crisol de razas” que tanto nos define como colombianos.

A esa tierra también llegó Majo, mi Majo, cuando tuvo la oportunidad de participar en la fiesta grande, la del Reinado Nacional del Bambuco, la fiesta que mueve el alma de todo un departamento cuando suena  ese famoso San Juanero que dice : “En mi tierra todo es gloria, cuando se baila joropo, cuando se baila joropo…”. No ganó el reinado, pero si ganó. Ganó experiencia, ganó amigos, ganó recuerdos que no se olvidan. Y yo, como papá, gané la certeza de que hay vivencias que no necesitan coronas para quedar tatuadas en la memoria.

Porque Neiva se vive así: con la música a flor de piel, con el sol abrazando fuerte, con el encanto del bambuco que se baila casi como se respira.

Y se vive también al calor de un aguardiente —de marca reconocida o de alambique pirata, que eso allá también es tradición— mientras se habla de la vida, del trabajo, de los afectos. Y entre trago y trago llega el asado huilense, envuelto en hoja de plátano como si fuera un regalo ancestral. Viene luego la achira, que cruje como si quisiera anunciar su entrada al paladar, y después el jugo de chulupa, ese milagro refrescante que baja por la garganta como si apagara un incendio.

El Huila es tierra dulce, y no solo por su gente. Son las colaciones, los dulces hechos en fogón de barro, esas maravillas que saben a infancia, a patio grande, a olla de cobre y a tardes lentas que ya casi no existen.

Desde Neiva uno puede salir a cualquier rumbo y salir ganando: Rivera con sus aguas termales; Palermo y Aipe con su identidad intacta; Campoalegre orgullosa de sus arroces; la inmensidad silenciosa del desierto de la Tatacoa; la Represa de Betania; y San Agustín, donde los ancestros tallaron la piedra para que el mundo entendiera que aquí había civilización antes de cualquier conquista.

Y si uno quiere misterio, siempre está La Jagua, conocida cariñosamente como el Pueblo de las Brujas. Un lugar donde la tradición oral se mezcla con la magia, el viento y la historia. Pero además, es un territorio profundamente artesanal: allí las manos de los maestros del fique convierten una fibra humilde en arte, en objetos que cuentan la identidad del Huila con la misma dignidad de una escultura antigua.

Neiva es, al final, una ciudad donde la amistad pesa. Donde una conversación puede durar hasta que el amanecer despunta sobre el Magdalena. Donde, gracias a personas como Pablo Gustavo y Ángela, uno encuentra hogar lejos del hogar.

Y aquí viene mi convicción más profunda, una que sostengo cada vez que conozco un rincón nuevo de este país: Antes de querer conocer el mundo, uno debería conocer todo lo bello que tiene Colombia. Porque cada rincón es un descubrimiento para el asombro. Cada paisaje, cada plato, cada acento, cada historia, nos recuerda que somos más diversos, más intensos y más infinitos de lo que creemos.

Péguese la rodadita. Viaje, vaya, camine, descubra. Neiva no es solo una capital, es una experiencia sensorial y emocional que se lleva en la piel. Y si ya fue, vuelva. Las ciudades donde uno tiene amigos se visitan siempre dos veces y más.

 

Fernando Sanchez Prada

Comunicador, viajero y colombiano a morir

 

6 COMENTARIOS

  1. Gracias Fernando por esas bellas líneas sobre mi tierra materna, a la que amo entrañablemente! Leyéndote me reviviste la nostalgia y las ganas de volver, pero ya!!! Muchas gracias! De paso quiero invitarte a leer mi próximo artículo sobre Boyacá, en un viaje que también me dejó enamorada de esa tierra, me gustaría mucho que lo leyeras!!

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