Las ciudades hablan. No siempre con palabras, pero sí con señales. Hablan en sus fachadas, en sus puentes, en sus muros, en la forma como se cuida —o se descuida— lo que es de todos. Una pared limpia, intervenida con sentido, invita a quedarse. Una pared sucia, rayada sin mensaje, expulsa. No es estética: es cultura urbana, convivencia y seguridad.
Bogotá lo ha entendido a medias. Durante años, el arte urbano pasó de ser visto como vandalismo a convertirse en una expresión cultural reconocida. Hoy hay murales que cuentan historias, que denuncian, que embellecen y que incluso atraen turismo. Sin embargo, el contraste es brutal: junto a obras poderosas conviven rayones sin sentido, firmas repetidas, marcas de ego que no comunican nada y que solo deterioran el espacio público.

Pereira no es ajena a esa contradicción. La ciudad ha demostrado que sabe hacer las cosas bien. Sus grafitis han ganado premios internacionales, han sido reconocidos por su calidad, su narrativa y su impacto visual. Hay talento, hay escuela, hay artistas. Pero también persisten los ruines: los que no pintan ideas sino garabatos, los que confunden expresión con daño, los que creen que su firma repetida vale más que una ciudad cuidada.

«Metáfora del Equilibrio». Ganadora de premio internacional.
Y ahí está la oportunidad que seguimos desaprovechando. Las calles de Bogotá y Pereira —como las de cualquier ciudad que se respete— pueden ser un museo gigante al aire libre. Los puentes, los pasos elevados, los muros largos y grises pueden y deben ser lienzos para el arte, no tablones para la mediocridad.
En Bogotá, las nuevas zonas que rodean el tan esmerado Metro deberían nacer así: pensadas desde el diseño urbano como corredores culturales, espacios intervenidos con criterio, identidad y curaduría, no como superficies abandonadas al primero que llegue con un aerosol.
Esto no es mi romanticismo urbano. Es evidencia. Una ciudad sucia —en lo visual, en lo simbólico, en lo institucional— es una ciudad propicia para los delincuentes. El desorden invita al delito; el abandono lo normaliza. En cambio, el cuidado, el arte y el sentido de pertenencia generan control social, orgullo y respeto por lo común.
No se trata de prohibir, sino de orientar. No de borrar el arte urbano, sino de diferenciarlo del simple rayón. Porque cuando la ciudad habla bien de sí misma, también le habla claro a quienes la habitan… y a quienes la quieren dañar.
Fernando Sánchez Prada
Comunicador, columnista, colombiano a morir
PD: Con esta columna me despido de mis escritos 2025. Regresaré en enero 2026 si el OPINADERO está de acuerdo. Seguro iré a conocer uno de esos rincones de Colombia que tanto me gustan.



Que disfrute mucho su viaje y que nos traiga historias muy lindas de los lugares que visite, como las que usted sabe contar! Feliz año nuevo!!
Me gustó mucho tu artículo. Te invito a leer mi artículo sobre Conociendo el Peru, que está a continuación del tuyo. Espero tus comentarios.
Esta Administración municipal, como ninguna otra, se la ha jugado por todas las expresiones artísticas. Y sobre todo las que desarrollan los jóvenes. De ahí La FERRO, por solo dar un ejemplo. Pero nos falta la cultura del cuidado, del aprecio por lo estético, por distinguir lo bello de lo ordinario. Y vamos mal.