Por: Mateo Federico González Cifuentes
El 3 de enero de 2026 quedó inscrito como una fecha histórica para Venezuela. En una operación quirúrgica, silenciosa y casi obscenamente perfecta, fuerzas especiales de los Estados Unidos lograron ubicar, neutralizar y extraer a Nicolás Maduro junto a su esposa. Horas después, ambos se encontraban en territorio estadounidense, enfrentando procesos judiciales largamente anunciados.
La reacción fue inmediata: júbilo, lágrimas, banderas y una esperanza largamente postergada. Para millones de venezolanos, dentro y fuera del país, la captura simbolizaba el final de un régimen que durante más de veinte años empobreció, reprimió y expulsó a su propia población. La conclusión parecía obvia: si cayó el dictador, cayó el régimen.
La política real, sin embargo, no tarda en desmentir los atajos emocionales.
Porque, a pesar de la caída de Maduro, el régimen no cayó. Y esa verdad comenzó a imponerse tan pronto como Donald J. Trump apareció ante los micrófonos. Lejos de anunciar una transición democrática, el presidente estadounidense dejó claro —sin necesidad de decirlo explícitamente— que la operación no fue el inicio de una liberación, sino un reordenamiento del poder.
Las piezas centrales del sistema chavista permanecieron intactas. Diosdado Cabello siguió controlando el orden político interno y la maquinaria del PSUV; Vladimir Padrino López mantuvo la cohesión militar; y Delcy Rodríguez emergió como la figura clave del poder económico y del sector energético. El Estado no colapsó, las Fuerzas Armadas no se fracturaron y el aparato de control territorial siguió funcionando.
Trump fue claro en sus gestos, si no en sus palabras. Primero, Estados Unidos no impulsaría un gobierno de transición democrático. Optaría por un control provisional, ejercido mediante presión militar, coerción económica y presencia estratégica. Segundo, delegaría en Delcy Rodríguez un canal operativo para ejecutar sus directrices, con Marco Rubio como garante del cumplimiento. Tercero, la oposición venezolana quedaría relegada por “falta de liderazgo efectivo”, una forma elegante de decir que no resulta funcional en el corto plazo.
Y cuarto, el objetivo central quedaría al desnudo: recuperar influencia directa sobre el petróleo venezolano.
De la guerra contra las drogas al realismo petrolero
Uno de los giros más reveladores tras la operación fue el rápido desvanecimiento del discurso de la “guerra contra las drogas”. Durante años, Washington insistió en que Venezuela era un narco-Estado, que su cúpula protegía redes criminales y que la recompensa ofrecida por Maduro —la más alta en la historia de Estados Unidos— respondía a esa amenaza. Sin embargo, una vez consumada la captura, el narcotráfico salió discretamente del centro del relato.
El lenguaje cambió. De carteles y rutas ilícitas se pasó a estabilidad energética, concesiones, seguridad de la producción y reordenamiento del mercado petrolero. El mensaje implícito fue claro: el problema nunca fue solo la droga; el problema era quién controlaba el crudo. Si la cruzada antidrogas hubiera sido prioritaria, la captura de Maduro habría desencadenado una ofensiva integral contra toda la cúpula señalada. No ocurrió. Washington optó por preservar la estructura funcional del poder y asegurar intereses estratégicos. La guerra contra las drogas cumplió su papel retórico; el petróleo, el real.
Este viraje explica por qué Estados Unidos no avanzó contra Cabello ni contra Padrino López. Derribar completamente la estructura habría generado un vacío de poder, y los vacíos —en geopolítica— son riesgos que nadie quiere administrar cuando hay recursos estratégicos en juego. Un régimen debilitado pero operativo resulta más útil que una transición caótica.
La flota estadounidense no se retiró ni retrocedió. Permanece como advertencia silenciosa y como garantía de que el nuevo orden se mantendrá dentro de los márgenes definidos por Washington. Si en algún momento surge la oportunidad de ir por otras cabezas del régimen, se evaluará. Pero hoy, no es prioridad.
Mientras tanto, el pueblo venezolano observa.
La rebelión civil quedó exhausta, fragmentada y con escasa capacidad de presión inmediata. El régimen, golpeado pero vivo, gana tiempo. Delcy Rodríguez administra el interregno mientras el chavismo redefine su liderazgo. Las preguntas son inevitables: ¿será Diosdado Cabello, con control territorial y partidista, el heredero natural? ¿O Vladimir Padrino López, figura institucionalizada tras años al frente del Ministerio de Defensa, quien garantice continuidad y orden?
Conviene decirlo sin ambigüedades: la captura de Maduro no significó la caída del régimen. Y la intervención estadounidense responde más a intereses estratégicos que a una preocupación genuina por la democracia o los derechos humanos.
¿Pueden convivir los intereses de Estados Unidos con los del régimen venezolano?
Sí. Y la historia demuestra que ya lo han hecho antes.
Mientras Caracas cumpla las exigencias petroleras y geoeconómicas de Washington, Estados Unidos puede relativizar —o simplemente ignorar— violaciones sistemáticas de derechos humanos. No sería una anomalía, sino la regla no escrita de la política exterior.
¿Fue peor el remedio que la enfermedad?
En rigor, no fue un remedio. Fue un analgésico temporal. Reduce el dolor, pero no cura la patología. Y conforme pasa el tiempo, el dolor vuelve, usualmente con mayor intensidad.
Mientras la presión estadounidense esté guiada por intereses económicos, la democracia seguirá siendo una promesa aplazada. Queda la posibilidad —mínima— de que exista un plan en capas: primero asegurar intereses, luego desmontar el régimen. Pero tratándose de Donald Trump, esa posibilidad es más baja que remota.
Trump no es un idealista. Es un transaccionista. Interviene donde puede ganar algo tangible, rápido y medible. Si en el proceso aparece la democracia, bien. Si no, no es un obstáculo.
¿Qué puede venir ahora? Los escenarios son limitados, pero claros:
- Cogobierno de facto: Estados Unidos controla lo estratégico; el chavismo administra lo cotidiano.
- Escalada selectiva que termine forzando la salida del resto de la cúpula, si esta se vuelve incómoda.
- Normalización aparente, mientras se ejecutan operaciones silenciosas de inteligencia para una caída total en el largo plazo.
Ciertamente, cuando se trata de Estados Unidos todo puede pasar. Ahora mismo parece que imperan los intereses geoeconómicos, lo que enerva los ánimos en la sociedad que se debate en el análisis de la legitimidad de cada acción que ejecutan los lideres del mundo. Sin embargo, la lectura del tablero se hace desde la balanza de poderes que empujan y halan basado en los hechos; es un regla que no ha dejado de practicarse a lo largo de los siglos y nos permitirá especular o predecir los próximos hechos.
De momento, el devenir de este 2026 todavía aguarda muchas sorpresas y solo nos queda afrontar el futuro con toda la fe y esperanza que podamos tener. Un feliz año para todos.




Todavía es muy temprano para mirar con claridad lo que depara el futuro en Venezuela. Pero el hecho de que la Us Force no se haya replegado tendrá a raya los movimientos chavistas; ya no tienen la libertad de antes.
Si, realmente es muy desconcertante lo que está ocurriendo, cuando los venezolanos que están fuera del país celebran la caída de un régimen y un cambio que está muy lejos de ocurrir. Adicionalmente es muy lamentable que este futuro depende de lo que decida Estados Unidos y no de lo que quiera el pueblo venezolano.
Buen día y gran escrito Don Mateo.
Pienso que se cambia un problema por otro. El pueblo Venezolano celebra cautelosamente la caida de Maduro y el juicio que le van a hacer porque muy malo si fue, agrediendo a toda una nación por todas las aristas en todos estos años de permanencia.
Durante este periodo de transición el mundo sabrá si fue una cura, un analgésico o un placebo, pero en esta vida nada es gratis y mucho menos para el necesitado que tiene con que pagar.
En el caso de Colombia este tema es complejo con relación al tema guerrillero. Ojalá se pueda tener una solución viable y favorable para nuestra nación.
Feliz día.