La campaña electoral colombiana enfrentará tres comicios en el curso del semestre. En menos de setenta días tendremos las elecciones del Congreso acompañadas de consultas interpartidistas acordadas para la escogencia de candidatos a la presidencia de Colombia. En este evento —y como de costumbre— los miles de candidatos a Cámara y Senado se concentrarán en sus propias aspiraciones olvidando y dejando de lado la contienda presidencial y cualquier otro aspecto de orden ideológico. Las elecciones «parlamentarias» han sido tradicionalmente un evento para asegurar una curul y de paso configurar el verdadero mapa político del país. Afloran todos los vicios de nuestra democracia, especialmente la compra de votos, las falsas inscripciones de cédulas, el clientelismo, las presiones indebidas a funcionarios y contratistas, los tamales, los bultos de cemento, etc.. Los partidos, que después de la Constitución de 1991 dejaron de ser «el norte ideológico» de las campañas, serán simples intermediarios comerciales que con sus «avales» amparan las aspiraciones individuales de los políticos colombianos. Ellos, después, en el ejercicio de sus funciones como congresistas, actuarán como ruedas sueltas y se venderán al gobierno de turno a cambio de las prebendas del poder. Hasta estas elecciones quién gane la presidencia será un asunto de casi ninguna importancia.
Vendrán entonces, en mayo, los segundos comicios, la primera vuelta de la contienda por la Presidencia de la República. El electorado colombiano actuará de manera diferente. En esa oportunidad será un poco más libre e independiente a la hora de decidir, y la presión de los congresistas perderá peso. De hecho, muchos de ellos, ya con curul asegurada, serán simples espectadores. Pero para esta ocasión el panorama será muy confuso gracias a la explosión inusitada de candidaturas presidenciales, que llegan casi a un centenar. Los políticos entendieron el inmenso valor que tiene esta contienda para sus intereses personales y buscarán a toda costa figurar en el tarjetón para garantizar alguna o varias de las siguientes prebendas que les ofrece la ley y el marco electoral: una gran suma de dinero por la reposición de votos, una figuración nacional avalada por la presencia obligada en los medios de comunicación y la valorización de sus acciones para una futura negociación de carácter laboral o de vinculación a cualquiera de las campañas de los dos candidatos que resulten para la segunda vuelta. Y mejor hacerlo «por firmas»: inscripción de la candidatura presidencial sin el aval de ningún partido para actuar durante la campaña de manera independiente, sin rendirle cuentas a nadie y sin tener que repartir después el dinero logrado.
Vendrá entonces —en junio— la última contienda, la segunda vuelta presidencial. La «cosa» será completamente diferente. Todos los candidatos perdedores intentarán sumarse afanosamente y según sus conveniencias, a cualquiera de las dos campañas ganadoras. Quienes obtuvieron umbral en la primera vuelta y por lo tanto derecho a la reposición de votos tendrán por cumplida su tarea personal y se inclinarán por la opción de lavarse las manos dejando en libertad a su «electorado» en caso de fracasar una posible negociación que los vincule al posible nuevo gobierno.
Ante la presencia de solo dos candidatos, seguramente representantes de los extremos del panorama ideológico de la polarizada opinión pública colombiana, el electorado se acomodará al lado del menos malo. Es tradicional que la gente vote en contra y no a favor, que se incline electoralmente por un candidato para que el otro no salga elegido. Los partidos de «centro», ya con sus curules de Congreso aseguradas y sin un candidato oriundo de sus entrañas, se inclinarán por aquel que más ofrezca. ¡Ese será el lánguido panorama!



Bastante optimista Ernesto
Buena radiografia del 2026..
Pero cual sera el diagnostico?
Well said and well written, Ernesto.
We hope a clown is not elected; otherwise, there would be a circus.
Congrats.