Fundado el 9 de febrero de 2020
LUIS FERNANDO CARDONA
Director Fundador

ActualidadLA IGLESIA EN LA FUNDACION DE PEREIRA 

LA IGLESIA EN LA FUNDACION DE PEREIRA 

 

 

Contar la historia de Pereira solo desde la épica del comercio y la colonización es tan cómodo como incompleto. Los arrieros y comerciantes paisas trajeron café, ganado, capital y temple, no cabe duda. Pero cuando uno observa con lupa la genealogía profunda del territorio, aparece una fuerza anterior, más silenciosa y más estructurante, la Iglesia Católica.

Y no hablo únicamente de fe. Hablo de institución, de estructura y de orden.

Hay algo que incomoda a quienes prefieren el relato higienizado del “progreso” sin sotanas, sin Iglesia no habría habido pueblo, y sin pueblo no habría existido Pereira. La afirmación puede parecer provocadora, pero está sólidamente apoyada en la documentación histórica.

Cuando Pereira era todavía Cartago Viejo, allá en el siglo XVI, la primera institución que organizó la vida social fue la parroquia. No había Estado colombiano, ni intendencias, ni alcaldías, ni registros civiles. Había, en cambio, bautismos, confirmaciones, matrimonios y defunciones, que funcionaban como el primer sistema de ciudadanía. Esos libros y archivos sacramentales eran, para la época, los documentos que decían quién era quién, quién pertenecía a la comunidad y quién no.

Esto no era particular de nuestra región. Fue, en realidad, el modelo de poblamiento hispanoamericano, el altarcito portátil primero, la plaza después; el santo patrón primero, la capilla luego; y cuando las circunstancias lo permitían, la autoridad civil llegaba a nombrar corregidor y a levantar actas.

Aquí ocurrió exactamente así.

La evolución jurisdiccional del territorio es elocuente, incluso poética:

Parroquia de Cartago (1540-1691), Doctrina franciscana de Pindaná (1691-1798), San Jorge de Cartgo, Pindaná de los cerrillos, Cabal, Obaldía, Boquia, Condina, Nuevo Salento, Pereira, Nuestra Señora de la Pobreza… hasta la Diócesis de Pereira en 1952¹. Este listado no es un detalle técnico, es la radiografía institucional de cuatro siglos de presencia pastoral estable, elaborado por Raúl Ortiz Toro, en su libro “Pereira y la Iglesia en el siglo XIX – fundación diacrónica y desarrollo”.

Lo sorprendente es que mientras esa estructura eclesiástica ya funcionaba con continuidad, el Estado colombiano todavía no existía, y cuando existió, tardó en llegar. La sotana, dicho sin eufemismos, fue más temprana que la bandera.

Cuando Pereira fue refundada en 1863, la misa celebrada en la recién instalada capilla no fue un gesto pintoresco para llenar la crónica. Fue el acto que dijo: “aquí hay comunidad, aquí hay pueblo”.

Ese dato suele pasar de largo en los relatos oficiales, pero para el siglo XIX es fundamental, la comunidad se reconocía primero como feligresía antes que como ciudadanía.

Los pueblos del Viejo Caldas, del Quindío y del Eje Cafetero repetían el mismo esquema, el cura ordenaba el territorio, bendecía caminos, dirimía disputas, enseñaba en la escuela, llevaba los registros, marcaba la fiesta y señalaba el centro de la vida comunal. No es casual que las parroquias fueran los primeros hitos urbanos. La capilla era el primer punto de referencia; el mercado, el segundo.

A partir de la consagración de la Catedral de Nuestra Señora de la Pobreza, la Iglesia amplió su campo de acción. Llegaron colegios religiosos, casas de beneficencia, centros de misión y formación sacerdotal. La creación de la Diócesis de Pereira en 1952 fue el cierre simbólico de un proceso que venía desde el siglo XVI, la Iglesia se institucionalizó como poder permanente en la ciudad.

No se trata de un poder exclusivamente espiritual, sino también cultural y social. Durante décadas, las principales redes educativas y asistenciales de la región pasaron por manos religiosas. El Estado, tardío y aún precario, se apoyó en la Iglesia para suplir funciones que él mismo no podía asumir.

Hoy Pereira es una ciudad moderna, plural, universitaria, cosmopolita en aspiraciones y con un tejido social que va mucho más allá del catolicismo. Pero esa modernidad convive con un origen que muchos prefieren barrer bajo la alfombra. Nos encanta contar la historia del machete, el arriero, la mula y el comercio. Nos cuesta contar la historia del altar, el padrón sacramental y la parroquia.

Que la ciudad haya evolucionado hacia la pluralidad es motivo de celebración. Pero que olvide su historia es motivo de preocupación. Un pueblo que selecciona lo que quiere recordar termina contándose cuentos a sí mismo.

Negar la importancia de la Iglesia en el origen de Pereira no es un acto de laicidad, es un acto de amnesia.

Para contar nuestra historia completa hay que decirla sin pudor, Pereira nació bajo la cruz antes de nacer bajo el Estado. Y quien desee narrar una Pereira sin Iglesia tendrá que inventarla desde cero.

Javier Ríos Gómez, Economista y Periodista

 

Fuente documental citada

¹ Secuencia jurisdiccional tomada de: Raúl Ortiz Toro, Pereira y la Iglesia en el siglo XIX – fundación diacrónica y desarrollo (Archivo C.f. AHEAP, Legajo 327, Ficha 11.427, f. 1r-1v, 1873).

1 COMENTARIO

  1. Dato curioso.
    Siempre se rumoró que Jesús María Hormaza y Elías Recio, aquellos jovencitos que acolitaron la misa funacional, eran hijos del cura Cañarte y de las hermanas Cantera

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