Todo se mezcla, el vino y la luz, el cáliz y la sombra, aquella tarde de lectura de “tachones de hojas al margen” de María Andrea Gómez Gómez bajo la arboleda de la complicidad. Una invitación de su querida madre, Soledad, – que significa la edad del sol – será por eso mi fascinación por este nombre, fue el pretexto perfecto, para huir del frenesí consumista y el ruido de los cañones que parecen anuncios de guerra y no de celebración, e ir al encuentro de estos clamorosos relatos autobiográficos. Leo en voz alta, en un acto espontáneo, performativo. Debo editar algunas palabras, en la marcha, demasiado fuertes para quien, acaso presiente hallarse en un juicio sobre su papel en la crianza, pero que frente a tanta fuerza narrativa, tejida con un lenguaje deslumbrante e irónico se fue tornando en una escucha conmovedora y vibrante.
Una experiencia abismal, donde la pequeña hija fabrica escondrijos y fugas desde los armarios, baila el vals de sus fantasías en un salón de muebles forrados de seda carmesí y figuras de cristal. El jardín de su abuela con enredaderas púrpuras y alheñas, hierbas que se balancean olorosas con sus enigmas, que la cautivan y le despiertan toda su atención. La escuela y su jauría de desatinos y pequeñas prisiones. Un grito desbordado, vaciamientos del inconsciente, una niña pidiendo auxilio ante la sordera de los adultos. Una adolescente acosada queriendo ser amada, contenida. El agua, la danza, el arte, la abraza, la serena, hasta devenir en una “Sirena que canta silenciosa su propia canción, sirena que danza en sus propias aguas y prende de sus ritmos fluidos al latido del tambor de su vientre, sirena que duerme su propio sueño mojado bajo la luna de una playa solitaria y desconocida donde camina una niña africana, Khamaini, que susurra dulcemente “sálvate, sálvate”
“Tachones de hojas al margen” tiene ese embrujo de seguir en habitancia, tal vez porque nos pone a mirar con nuestros ojos fijos sobre nuestra propia infancia el mundo a veces extraño y absurdo de los mayores, y a flotar en esas aguas turbulentas de adolescente; pero a la vez exaltar la pasión por escribir, llenar cuadernos para comprender nuestros naufragios, el llanto y el crujido de las cicatrices, para decantar las emociones que nos sacuden y alteran, permitiéndonos nutrir y transformar nuestra energía creativa y reescribir el destino.
Aleida Tabares Montes



Querida escritora, mi favorita entre muchas otras.
Gracias. Usted ha llenado mis expectativas ante está narrativa elegante y exquisita.
Deseo de corazón todos los éxitos del mundo.
Gracias por esta sentida reseña, en las autobiografías parece la fuga hacia lo íntimo como una anarquía de recuerdos. Nada queda más que aquello que dice de nosotras.