El influjo de la Iglesia Católica en la sociedad colombiana, sin duda alguna ha perdido fuerza, pero, como institución, sigue haciendo parte de lo que llamamos “fuerzas vivas de la nación”, y manteniendo su liderazgo como la religión mayoritaria, aunque su práctica activa también ha tendido a la baja en los últimos años. Según recientes mediciones sociológicas, de cada 10 colombianos 8 hacen parte de ella, y solo 3 de cada 10 son católicos practicantes. Siendo como lo es, la comunidad cristiana más grande del mundo, que se ve a sí misma como instrumento de la unidad de todo el género humano, ¿dónde está en estos momentos de desintegración social y de grandes dificultades colombianas? El haber mediado nuestra jerarquía católica para que en vísperas de las elecciones en el 2022, el candidato de la Colombia Humana; Gustavo Petro Urrego se entrevistara con el papa Francisco, la compromete enormemente en su elección, pues ese gesto de generosidad ante un ciudadano que aspiraba a ser presidente en un país de mayorías católicas, debió pensar nuestra Iglesia que bien podría interpretarse como un guiño para su elección. Y bien pudiera decirse, que el “milagrito” obró. Y por segunda vez, vuelve la intercesión de la Iglesia para que, el 19 de mayo del 2025, ya como Presidente, participara nuevamente en una audiencia privada con el nuevo papa León XIV, al que el Jefe de Estado invitara a nuestro país, con claro alcance electoral, buscando que con su visita le asegurara la continuidad del Pacto Histórico en el poder. Los desmanes del mandatario y su descomunal corrupción no han merecido el rechazo de la Iglesia. Su flagrante quebrantamiento al compromiso de “desarmar la palabra”, firmado por Petro el pasado 16 de junio, a instancias de la Iglesia, tampoco mereció ningún pronunciamiento. En el evento protocolario de reapertura del Hospital San Juan de Dios, la semana pasada, Petro habló por más de dos horas, no como persona en sus cabales sino bajo los efectos de alguna sustancia rara, según se desprende de lo dicho haciendo referencias sobre su intimidad: “yo en la cama hago cosas ricas y nadie se olvidará de mí porque soy inolvidable ahí”. En otro de sus apartes afirmó: “Yo creo que Jesús hizo el amor con María Magdalena, porque un hombre así sin amor no podía existir. Y él no murió como Bolívar, murió rodeado de las mujeres que lo amaban. Y eran muchas”. Que un mandatario de un país se exprese de forma vulgar e irracional, sin respeto por nada ni por nadie y que la misma Iglesia de la que se sirvió para ostentar la alta dignidad, desde luego mancillada de Presidente de la República, lo tolere y calle su bajeza, y que ante dicha blasfemia solo haya respondido tibiamente la Conferencia Episcopal, señalando que ninguna autoridad civil debe emitir juicios de carácter teológico, sin atreverse siquiera a mencionar el nombre de Petro, es signo inequívoco de la contemporización de la Iglesia con su estilo y forma de gobernar. No le estamos pidiendo a la Iglesia revivir los desafueros del polémico obispo de Santa Rosa de Osos; Miguel Ángel Builes, acérrimo enemigo de los gobiernos liberales, no faltaba más. No, lo que estamos pidiendo es orientar la feligresía para impedir la reelección del monstruoso proyecto que ayudó a subir, de comprometerse en la magna empresa salvadora de rescate del país, de actuar decididamente en procura de la unidad nacional, levantando la bandera blanca de la paz y la reconciliación, pensando solo en el bienestar de todos como Iglesia y llevando a todos los rincones de nuestra abrupta geografía en la que hace presencia, el mensaje de que nuestro mejoramiento como sociedad, como país, está en nosotros mismos, eligiendo a los más capaces y honestos de cualquier ideología política, eso sí, comprometidos con la construcción de una nueva Colombia en las elecciones del 8 de marzo para Congreso y 31 de mayo para presidente. Alberto Zuluaga Trujillo. Alzutru45@hotmail.com


