Ariel, danzo con tu obra, y mi semblanza el fruto.
El griego Heráclito nos enseñó que las aguas del río fluyen, que no vuelven a ser las mismas en su paso por lugares y personas por donde antes anduvieron, y que estos mismos -lugares y personas- no serán los mismos tampoco al momento en que el agua pase de nuevo. El argentino Borges comparó el río con el tiempo: “Mirar el río hecho de tiempo y agua y recordar que el tiempo es otro río”. Resulta el agua, una esfera inasible a nuestro entendimiento.
Qué podremos decir, brutalmente anclados como estamos en nuestra amalgama de épocas. Qué del río, y del tiempo, que no admiten el retorno ni la repetición.
Son estas las razones que inquietan en el libro de relatos El agua se hace palabra de Ariel García, quien salta la brecha entre un presente insulso y su memoria lúcida en los detalles. La obra es un baile con el tiempo; los bailantes, entes con intencionalidades diferentes: el autor atraviesa el tiempo y rememora, el tiempo atraviesa las gentes y se lleva el interés en las historias antiguas.
***
Las generaciones recientes han sido asistidas por un crecimiento tecnológico vertiginoso, del que estamos ahora en pleno auge. La base de este: la productividad mercantil como esbirro del materialismo. La generación del 70, de las primeras atacadas por la modernidad, no encontró un relevo: las gentes se fueron acoplando rápidamente a una realidad sistemática impuesta. Hoy, aquel espíritu que enarbolaba el sentido para entonces, es un espejo borroso donde pueden reconocerse y está ubicado en el frágil habitáculo de la melancolía. Es a donde el salmón Ariel García, se le ve volver, agitando el cuerpo, la vida y la memoria.
“Mi memoria seguirá trajinando alrededor de un árbol de café arábigo, en un ritual familiar: coger café era moverse con libertad en un espacio que no se recorría geográficamente. Al no estar surcados, la sensación de rodear y moverse entre los árboles era muy distinta y los mismos terrenos se percibían diferente al recorrerlos. La asimetría nos hacía sentir en un cafetal siempre distinto y cambiante bajo un paraguas de guamos, yarumos, carboneros” (Pág. 24)
La ruralidad es el lugar primordial en la obra de Ariel. El autor parte de allí y regresa fantasmalmente. Aun cuando “¡Nadie habla de esto! ¡Nadie lo extraña!” (pág. 26), él se revela enamorado del carácter rural que para su niñez emperifollara sus días. Es la vida trascendente, un momento de la vida que puede serlo toda.
En la ruralidad que Ariel evoca, la uniformidad, hoy común y corriente, sería una pesadilla horrorosa. En su obra expone escenarios -veredas, montañas, caminos, tiendas, puentes, bateas, quebradas- donde la particularidad reinaba por ser auténticos; recuerda prácticas y cotidianidades a merced de la pasión, el cariño y el ingenio -escucha y lectura conjuntas de Kalimán, ir en grupo al trapiche, esperar al padre- en que la imaginación se permitía y se suscitaba. Allí, el plan general de un día era no tenerlo: el itinerario marcado dejaba abierto un inmenso espectro de posibilidades de destino.
Tal actitud ante la vida no podría ser interrumpida sino por un embeleso burdo y alienante, como en efecto lo fue: “el televisor subía a su trono en la sala de la casa y el Phillips destartalado bajaba de su pedestal del arábigo” (Pág. 40). Es una pérdida parecida a la muerte, frente a la cual no hay garantía.
El desarrollo posterior iría encaminado a fortalecer dicha brecha entre el habitante y el territorio; entre la casa y la familia. A día de hoy El Trébol, El Reposo, El Guayabo y el Alto del Grito han perdido el conocimiento popular de sus nombres, sus implicaciones, sus distancias entre sí. De los Ceballos, los Sepúlveda, los Grisales y los Bedoya ¿quién se ha de acordar, fuera de Ariel? Así se iría diluyendo la identidad en la presunción del progreso masificado que, lejos de unirnos ante un fin común, nos hizo un intento constante de separación tras fines individualistas e insustanciales.
“Tan mecanizado tenía el camino Griselda, que sabía muy bien que alcanzaba a cantar más o menos diez canciones que había aprendido con su hermana mayor Olga, que tocaba la guitarra y que luego ensayaban con su papá”
(Págs. 46-47)
Hoy, cuando el interrogante global es el ¿para qué? utilitario, este libro pone en entredicho las pretensiones para preguntarnos por ¿qué? y ¿cómo?.
Del asunto (latín assumptus: bajo el cuidado de) hoy pocos se ocupan, pocos lo asumen. Con la brutal deserción dentro del grupo de cuidadores de la vida como patrimonio, que antes de mi tiempo se encontraban aquí y allá – que les conociera Ariel y muchos de mis amigos mayores – se fue diluyendo el interés por su conocimiento: los vivientes se replican como autómatas manipulables y las cosas (latín causa) más queridas se han venido convirtiendo en simples y burdos objetos sin espíritu para su representación. Para entonces, cuando “aún se medía el tiempo con el reloj de las cosechas, con la llegada de una cría o con la lluvia” (pág. 133) esto era inconcebible aún en la contemplación del lúcido más ingenuo y del más pesimista.
Las vivencias de otrora, las sucedidas en el 70, y las anteriores, guardan, sin embargo, tal potencia en sus modos, que aún desaparecidas se niegan a anularse en la memoria y en la evocación. Es el agua, que nunca deja de ser, nunca se estanca, y se hace palabra líquida y pesada, como la vida misma.
Cierra esta semblanza un poema de una poeta coterránea del autor, quien, al igual que el mismo, no elude y protege la memoria. De Erika Gómez Sánchez, su evocación de la dignidad y el determinismo femenil en las labores sabatinas en la vereda chinchinense Patio de brujas, consignado en el número 51 de la revista de poesía Luna Nueva.
Sagrados sábados
Erika Gómez Sánchez
Los sábados no era obligatorio lavarse la cara, pero sí coger destino. Barrer el
patio, hasta que quedara como un espejo, sacar agua del pozo, buscar flores
para el altar de silencios, lavar el fogón con ceniza, montar la olla por si las
moscas.
A la media mañana, con pasos polvorientos y como bandada de cotorras en
agua, las mujeres agarraban camino y junto a ellas Pinina, Pólvora y Pombo, las
perras traicioneras de la casa. Cruzaban las quebradas y sus ojos; el monte se las
tragaba con su canto desconocido y ofrendaban sus espaldas a la tierra.
En el portillo de Morro Azul, recibían la encomienda por la que habían
jornaleado toda la semana. Dos costales calientes, llenos de carne, huesos y, que
destilaban sangre, donde todavía palpitaba un corazón. Retornaban en
procesión, custodiadas por las moscas.
Luego, en la cocina, danzaban alrededor del fuego. Tarjaban orejas para los
perros y gatos, asaban trompas para los fríjoles. La negra picaba hueso para el
caldo, otras se purgaban con las plantas fermentadas en el estómago de los
bovinos. La Mita sahumaba la casa para enfrentar el comején, que estaba a
punto de tumbarla.
Mientras tanto… yo aprendí a comer crudo, pero no a tragar entero.
(Luna Nueva, No. 51, pág. 54)



