De todas las cosas que podrías hacer y que eventualmente se llevará el viento, de todos aquellos actos a realizar, aprende a nombrar el sufrimiento. Suelta la necesidad de ocultar aquello que te parte por dentro, deja de negar la oscuridad que te mantiene cautivo y en detrimento. No huyas del monstruo que te aterroriza cuando estás solo, escuchando tus pensamientos; deja de ignorar la ira que se enciende como hoguera, pues acabará incinerando a todos en un incontrolable incendio.
¡Podríamos solucionar tantas cosas en nuestro entorno si tan solo aprendiéramos a conocernos! para ello, primero hay que darle nombre a las formas que nos habitan y llevamos años evadiendo. Ponles nombre a tus penas, a tus dolores, a tu descontento, aprende a reconocer de dónde vienen, para que dejes de cobrar facturas a deudores ajenos. Mira de frente al ser que se rompió atrás en el tiempo y acepta con conciencia que perpetuar tus actitudes, mas que un acto de reparación, es una necesidad sórdida de reivindicación y venganza, la necesidad de proyectar en otros tu propio sufrimiento.
Nombra todo lo que te habita, tanto tu rabia como tus sueños, porque ambos, al fin de cuentas, derivan de tus deseos. El anhelo de lo que no se tuvo, el deseo de lo que puedo, el origen de la guerra, los rechazos a lo que es, cuando las cosas no salen como se propusieron. Nombra cada forma, cada sentimiento, verás las muchas cargas que estas llevando y las mentiras que sigues creyendo. Ponerles nombre a las emociones, es el origen del reconocimiento y en ese bello, aunque difícil momento, se abre el camino a la liberación de nuestra cárcel, el inicio del final del sufrimiento; el éxodo de la historia, el capítulo final aunque no menos extenso, las horas de mayor diligencia, sobriedad y esfuerzo, la culminación del calvario, las últimas letras de un horrendo cuento.


