Los jóvenes de hoy probablemente se molestarán con esta afirmación tan categórica que voy a sustentar a continuación. La música es una organización de sonidos emitidos por la voz humana, por instrumentos hechos por el hombre o por ambos en conjunto y que producen una excitación de los sentidos, una experiencia emocional.
No ha existido desde siempre. Nació apenas hace algunos siglos quizás inspirada en el canto de algunas aves y en sus albores fue una práctica comunitaria, presencial y estrechamente ligada a actividades culturales. La composición musical fue especializándose con los años hasta quedar restringida a especialistas, estudiosos capacitados y uno que otro prodigio con condiciones innatas.
A medida que evolucionó, la música se conectó con los sentimientos más profundos del ser humano, con sus miedos y ansiedades, con el amor y el desamor. Se convirtió en la mejor expresión del arte, al lado de la poesía, la pintura y la escultura.
El surgimiento de nuevas tecnologías transformó el escenario al permitir que la música trascendiera los límites temporales y espaciales. Primero aparecieron los formatos físicos como los discos de vinilo, las cintas y los CDs que permitieron almacenar la música para llevarla a todas partes y sacarla de los recintos cerrados. El acceso a ella se democratizó, permitiendo una audiencia y una elaboración más amplia y las nuevas tecnologías sonoras produjeron una elevación enorme de la calidad, casi hasta la perfección. La academia hizo su papel y cualquier persona, sin distinciones sociales ni económicas, pudo aproximarse y apropiarse de este arte y de sus múltiples facetas. En la segunda mitad del siglo XX la música alcanzó el cenit de su fulgor.
Pero llegó la era digital y tras ella la libertad de mercado y la estandarización de la música. Dos universidades italianas realizaron un análisis de más de 20.000 canciones recientes y concluyeron que el proceso de creación musical cambió hacia la inmediatez, en un acomodamiento a la cambiante sociedad dominada por plataformas digitales y por otra estética diferente. Se impusieron los ritmos repetitivos, letras negativas y un aumento del egocentrismo y del lenguaje sexual.
Los resultados concluyen también que su complejidad ha disminuido afectando a la música clásica y al jazz y que la producción, la originalidad y la calidad misma sucumbieron frente al capitalismo salvaje, al abuso de fórmulas exitosas, al decadente mercado al que inducen las masas populares. «Jamás habíamos producido tanta basura».
Adicionalmente puede afirmarse que la música actual se define por un consumo rápido y digital: el 86% de los usuarios usan streaming yla mayoría escucha la música como fondo sin prestarle atención o tienen el dedo listo para pasar a otra canción. Alrededor del 24% de los oyentes de Spotify se saltan canciones en los primeros cinco segundos, mientras que casi el 50% las salta antes de que las canciones terminen
Tener a la mano una biblioteca infinita, almacenar canciones sin límites y llevarlas a cualquier lugar donde nos encontremos hace que el ejercicio musical sea menos profundo, menos inmersivo, menos conectado con nuestros sentimientos.
La pregunta de rigor es si la multiplicidad de ritmos y géneros alcanzada con la prolífica, espléndida y maravillosa música producida durante los siglos XVIII, XIX y XX perdurará por siempre o simplemente será parte del anecdotario y de la historia de la humanidad. Las generaciones actuales —que estamos de salida— disfrutamos de toda esta explosión musical pero pronto no estaremos en este mundo para corroborar su permanencia. El problema entonces es de las simplistas nuevas generaciones. ¿Apreciarán el legado? ¿O será solo patrimonio «del más allá»?


