martes, febrero 17, 2026

EL PAÍS DEL “ARREGLÉMOSLO”: DE LA MORDIDA EN LA ESQUINA AL 10% PA’ LA COIMA”.

OpiniónÉTICAEL PAÍS DEL “ARREGLÉMOSLO”: DE LA MORDIDA EN LA ESQUINA AL 10% PA’ LA COIMA”.

Nos indignamos con el robo grande, pero la trampa también vive en los atajos chiquitos que ya normalizamos. Y así se nos va la plata… y la confianza.

Roger salió tarde. Tenía una reunión a las 8:00, el celular muriéndose y esa ansiedad de llegar “a tiempo como sea”. En la esquina, un agente de tránsito lo detuvo: giro indebido, papeles, multa. Roger miró el reloj, miró el comparendo y, casi sin pensarlo, soltó la frase que demasiada gente ya trae en la punta de la lengua: “¿Y si lo arreglamos aquí?”. No era un monstruo. No se sintió un delincuente. Se sintió —en su propia cabeza— “práctico”. La escena duró menos de un minuto: un billete cambia de mano, una falta se evapora, y la norma queda convertida en negocio.

Unos años antes, en un Caribe de calor espeso y sillas plásticas, escuché una frase que no se me olvida. Un alcalde costeño de un municipio pequeño, en una reunión de pares, soltó sin rubor: que no se podía ser tan descarado de robarse todo; que había que ejecutar el 90%… y dejar el 10% para el alcalde, “porque ajá”. No digo nombres porque no importa el nombre: importa la lógica. La idea de que lo público es una vaca a la que cada quien le saca leche, siempre que “dejen algo para mostrar”.

Entre Roger y ese alcalde no hay dos mundos distintos. Es la misma cultura, solo que con diferente tamaño. Y esa cultura no solo nos cuesta plata: nos cuesta confianza. Y sin confianza, la democracia se vuelve puro cuento.

Ya había escrito sobre esto mismo hace unas semanas (https://elopinadero.com.co/dia-mundial-contra-la-corrupcion/)

Statista es una plataforma de datos e infografías con temas de todo tipo: economía, política, salud, consumo, tecnología, tendencias… de todo. Yo tengo suscripción desde hace años, y la uso porque a veces un gráfico explica mejor que diez discursos.

El gráfico que revisé muestra una idea sencilla: en los países donde la democracia se debilita, la corrupción tiende a subir. No es una maldición: es una cadena. Cuando la gente siente que las reglas no se cumplen igual para todos, el “vivo” se agranda, el correcto se cansa, y el Estado pierde autoridad. Y cuando el Estado pierde autoridad, se multiplican los “arreglos”.

En Colombia se habla, una y otra vez, de que por corrupción se pierden alrededor de cincuenta billones de pesos al año. También hay reportes que, mirando casos documentados durante varios años, muestran pérdidas del orden de veinte billones. Son formas distintas de medir, pero cuentan lo mismo: lo que se alcanza a ver ya es enorme; lo que no se ve puede ser peor.

La corrupción “chiquita” también es corrupción

Aquí viene lo incómodo: corrupción no es solo el escándalo del contrato, el puente que nunca apareció o el político que amaneció millonario. También es lo cotidiano, lo que pasa en la calle y muchos lo llaman “viveza”: sobornar a un agente de tránsito para evitar la multa; pagar por un puesto en una fila; darle dinero a un funcionario para que “agilice” un trámite; colarse con palanca; o aceptar el favor y después indignarse con el robo grande.

Esas pequeñas trampas hacen un daño gigante: convierten la norma en mercancía. Y cuando la norma se vende, lo público se remata. Ahí nace el alcalde del 10%. No aparece de la nada. Se cría en una cultura donde todo tiene precio.

Cuando la gente se acostumbra a que todo se “arregla”, deja de exigir y se vuelve cliente del sistema: compra atajos, compra favores, compra impunidad. Eso mata el mérito, espanta a los buenos y deja el terreno listo para que el descaro mande. Y entonces el país se pregunta por qué no avanza, mientras normaliza las trampas que lo frenan. Se me ocurre para que todos pongamos algo en este plan de erradicar la corrupción:

• Cero “arreglos” en la calle: el primer billete es el primer ladrillo del edificio corrupto.

• Trámites con rastro: radicado, tiempos claros y seguimiento. Si se demora, que quede registro.

• Obras y contratos a la vista: que cualquiera pueda ver qué se contrató, por cuánto y cómo va.

• Castigo social y electoral: el que roba no puede seguir siendo “el que sí resuelve”.

Si esta semana te ofrecen “agilizarte” algo por debajo de la mesa, di que no. Si tú mismo has pagado ese atajo alguna vez, decide que sea la última. Porque el día que la ciudadanía deje de comprar pequeñas impunidades, a muchos alcaldes se les cae el negocio grande.

Fernando Sánchez Prada

Comunicador y Columnista

El Opinadero

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