Leí la reseña de un libro sobre aves “Diez aves que cambiaron al mundo”, donde el autor Stephen Moss escritor inglés apasionado por las aves, habla de 10 de ellas, a cada una de las cuales les dedica un capítulo; motivado por eso, decidí escribir sobre algunas aves que como colombiano me llaman la atención por cosas diversas, como ser parte de las aves que conocí en mi niñez, por formar parte de nuestro folclor, o porque en mi concepto son recién llegadas a nuestro territorio.
“Las aves están presentes en todo el planeta y en la vida humana, en la cual han jugado roles de colaboración con la vida, desde hace más de diez mil años y, desde luego, han sido también fuente importante de la alimentación humana. Por otra parte han sido seres inspiradores para la literatura, la religión, el arte en general” (elmostrador.cl),
El señor Moss, en su listado de aves resalta dos que perdieron la capacidad de volar, el dodo y el pingüino emperador; el primero, cuyo nombre científico es Raphus cucullatus es: “Ave no voladora endémica de Mauricio, se extinguió en menos de 100 años tras su descubrimiento por marineros holandeses en1598. Su desaparición fue causada por la caza intensiva, la destrucción de su hábitat y, principalmente, por especies invasoras (ratas, cerdos, perros, monos) que devoraron sus huevos y sus crías” (www.ebsco.com). Un recordatorio de los daños ambientales causados por colonizadores que introdujeron especies de fauna y flora, sin conocer sus potenciales efectos posteriores.
Hay un cráneo de dodo, llamado de Oxford, que llegó a dicha Universidad como parte de una colección de curiosidades reunidas en el siglo XVII en Londres por John Tradescant, padre e hijo, tras ser escaneado se: “ha demostrado que el Dodo de Oxford, murió tras ser disparado en la parte posterior de la cabeza, según revela hoy la Universidad de Warwick (Inglaterra)”. “El famoso Dodo de Oxford, conservado en el Museo de Historia Natural de la Universidad de Oxford, es el único espécimen de dodo en el mundo que contiene tejido blando y ADN extraíble” . “El dodo:” alcanzó fama mundial en Las aventuras de Alicia en el país de las maravillas (1865), la novela de Lewis Carroll” (dodo.com.co 23/8/2020).
Entre las aves que considero emblemáticas del eje cafetero, está el chingolo o gorrión chingolo (zonotrichia capensis),una confiada avecilla que parece un cangurito saltando en los prados, llamado coloquialmente copetón, pinche o también afrechero porque al pilar el maíz para la mazamorra, plato típico de nuestra región, el afrecho o, cascarilla del maíz era arrojado a las bandadas de estos pajaritos, que rondaban las casas campesinas buscando este alimento; por causas diversas incluidas las fumigaciones contra la roya, la falta de insectos a causa de pesticidas, los desequilibrios ecológicos, la contaminación lumínica y acústica entre otras, este animalito casi desaparece, y su número es ahora escaso y poco se escuchan sus melodiosos y familiares trinos, “La disminución es un fenómeno complejo, a menudo llamado el “síndrome de la desaparición del gorrión”. Que indica un deterioro general de la calidad del entorno ambiental” (SEO/BirdLife +5).
Otro pajarito que siempre me ha llamado la atención es el cucarachero, cuyo nombre científico es Troglodytes aedon, que significa habitante de agujeros y ruiseñor, muy común y conocido hace años por habitar entre las guaduas de las casas campesinas de bahareque, inmortalizado en la canción “Los cucaracheros” un bambuco de Jorge Añez Avendaño, con dos versiones que me gustan: la de Garzón y Collazos y la de los coros Cantares de Colombia.
El ave más emblemática, no solo de nuestra nación, sino de toda la América andina es el Cóndor (Vultur gryphus) el carroñero de mayor tamaño del mundo, venerado por los incas como ser inmortal, considerado mensajero entre el cielo y la tierra; es el ave nacional de siete países de Sudamérica incluido Colombia y figura en sus escudos de armas: “Descendiente de aves necrófagas de Eurasia que llegaron a América hace unos 15 millones de años” (Instagarm+2).
Al eliminar cadáveres, evita la propagación de enfermedades y bacterias, actuando como limpiador natural de los Andes. Su rol y figura resalta frente a una de las aves, a la que el señor Moss les dedicó parte de su libro: el águila que, figura en muchas de las naciones europeas y en Estados Unidos como ave nacional, un animal depredador en contraste con nuestro cóndor y su humilde oficio de eliminar cadáveres y carroña.” El águila como símbolo en naciones europeas representa: fuerza, poderío, dominio, soberanía y carácter guerrero”. “Deriva de la antigua Roma, donde el águila era símbolo de Júpiter y de la fuerza del ejército. Fue restituida por Carlomagno y se convirtió en el emblema por excelencia del Sacro Imperio Romano Germánico y, posteriormente, de la monarquía española bajo los Habsburgos” (Wikipedia +8).
Quizá sin saberlo o proponérselo, nuestros ancestros indígenas marcaron en nuestra psiquis la falta de grandeza, de autodeterminación y el destino de siervos de los países imperialistas que al parecer asumimos de manera dócil muchos de nosotros los latinoamericanos; estamos tan adoctrinados por el imperio del norte, que solo basta decir que alguien es comunista para que lo odiemos y justifiquemos hasta su asesinato como pasó con la U.P. un partido político, no un grupo guerrillero en armas y en el monte.
Nuestro humilde carroñero andino ha inspirado melodías como “Él Cóndor pasa” del músico peruano Daniel Alomía Robles, considerada el segundo himno nacional del Perú, se dice que tiene más de cuatro mil intérpretes, al decir de algunos, se popularizó con la interpretación de Simon y Garfunkel en 1970; lo cierto es oír esta melodía con instrumentos musicales autóctonos andinos, es una belleza. También existe el “Cóndor herido” cantado por Diomedes Díaz.
Otra de las avecillas de la geografía nacional, es el azulejo común o tángara azulada (Thraupis episcopus), que con sus trinos alegra los ambientes campesinos y urbanos en el que se los ve haciendo malabarismos en tendidos eléctricos, es hermoso su plumaje y se le ve en buenas cantidades, casi siempre en pareja, también ha servido de inspiración a canciones populares como El azulejo de Armando Hernández, cuya versión más festiva es sin duda la de Alfredo Gutiérrez.
El canto melodioso de trinos y silbidos fuertes de los turpiales (Icterus chrysater), resuena aún en los cafetales de nuestra región cafetera y en varias partes de la geografía nacional, es llamado comúnmente toche y es nombrado de manera magistral por el juglar colombiano Leandro Diaz, quien su hermosa composición Matilde Lina dice: “el bello canto de los turpiales me acompañaba en esta canción/canción del alma, canción querida que para mí fue sublime/al recordarte Matilde, sentí temor por mi vida”.
El turpial también es nombrado en una nostálgica canción, un pasillo colombiano llamado “Adiós casita blanca” su música compuesta por el antioqueño Carlos Vieco, con letra de Tomás Villarraga: “La letra evoca la nostalgia y el desarraigo de dejar el hogar campesino, la madrecita y los recuerdos de infancia, con versos llenos de sentimiento paisajista” (YouTube+2); “Tal vez por las veredas, del empinado monte/alegre va el sinsonte cansado de cantar/ y del tupido mango el turpial en la rama, tal vez aun proclama las dichas del hogar”. A propósito, en mi ruta de recorrido mañanero en bicicleta, he localizado seis sitios donde escucho sinsontes cantar, esas aves han llegado en los últimos tiempos a mi vecindario rural.
Frente a las otras aves nombradas por el señor Moss: el cuervo, la paloma, el pato salvaje, el pinzón de Darwin, el cormorán guanay, la garceta nívea, el águila calva y el gorrión molinero, prefiero a las cigüeñas con sus nidos construidos encima de las chimeneas, torres de iglesia y postes eléctricos en muchas partes de Europa, donde son parte del paisaje natural y su presencia sirve para magníficas fotografías y postales y, a las hermosas grullas volando en bandadas por encima del Himalaya y originando en Japón los festivales que simbolizan felicidad buena fortuna y paz, porque su regreso marca el fin del invierno y el retorno de la primavera; en China y toda Asia, las grullas, además, son veneradas como símbolos de longevidad, sabiduría e inmortalidad.
Volviendo a aves locales, recuerdo haber visto en julio de 1974, en el velorio de mi abuelo Luis ángel Salazar, en las horas de la madrugada, unas bandadas de aves que, averiguando luego supe eran garzas que venían desde Cartago, norte del Valle, siguieron subiendo por las montañas y se encuentran actualmente hasta en Manizales, Caldas.
Otra ave que llegó a nuestras tierras es el ibis negro, coloquialmente llamado coquito, las primeras tímidas bandadas las vi llegar en los años 2009 o 2010 a la quebrada San Roque en Santa Rosa de Cabal, hoy en día casi una alcantarilla a cielo abierto, en donde dicen los viejos nostálgicos, que hace menos de 50 años se pescaban sabaletas. Hoy los coquitos andan en bandadas, que parecen ganado pasteando en potreros y zonas lacustres, en Santa Rosa y Dosquebradas.
Una de las aves más recientemente llegada a nuestras tierras son los coclís o garzas chilenas (Theristicus caudatus), cuyo nombre significa, “Ibis de cola larga que anuncia el tiempo de las cosechas”, es común verlas y oírlas en las mañanas llegando a buscar insectos y en las tardes regresando a sus sitios de anidación; mi amigo Rafael Ocampo Salazar, me asegura que son el ave de Viterbo, Caldas, donde existe una gran cantidad de ellas; pero están tan esparcidas que, incluso en las palmas el Parque Olaya de Pereira, antigua estación central del tren, hoy sede de la Gobernación de Risaralda, han anidado. “Esta ave tiene dos monumentos en Zarzal, donde es considerada un ave emblemática, y aunque otrora hiciera parte de las preferencias gastronómicas de los turistas que arribaban a este municipio, es una especie que se niega a desaparecer” (cvc.gov.co).
Finalmente, cuando un ave migratoria anida y tiene crías en un país que antes solo visitaba, se le considera ave del nuevo país, eso sucedió en 1970 con el pato canadiense (anas bahamensis), que anidó por primera vez en Colombia en la isla de Salamanca, a 10 kilómetros de la capital del Atlántico (Nacionalidad para un pato canadiense, Gilberto Toro, Diario del Otún, sábado 10 de junio de 1995, página 4A). Al igual que el pato canadiense, el coclí es especie colombiana.
Como entre gustos no hay disgustos, cada uno puede escoger sus aves favoritas, ahí les dejo la tarea.


