En la década de 1950, mi pueblo natal, Belén de Umbría, aún conservaba la fisonomía de las poblaciones tradicionales del occidente colombiano. No existían grandes edificios de cemento ni ladrillo como los que hoy dominan el paisaje urbano. Las casas eran construcciones antiguas levantadas con técnicas heredadas de generaciones anteriores, estructuras de guadua, paredes de esterilla recubiertas con bahareque y techos de barro sostenidos sobre cañabravas.
Recuerdo a mi abuelo Ramón Elías, reconocido como uno de los mejores “empañetadores” de la región, preparando el pañete mezclando cagajón —estiércol de vaca— con tierra amarilla arcillosa.
Al secarse sobre la esterilla, aquella mezcla se convertía en una pasta dura que luego se blanqueaba con cal, aplicada con hisopos de cabuya. Era un oficio que requería paciencia, destreza y conocimiento transmitido de boca en boca, de mano en mano.
Con el tiempo, la modernidad irrumpió y aparecieron el cemento, el concreto y el ladrillo y por consiguiente la arquitectura vernácula, fruto de la sabiduría ancestral, fue desplazada y quedó relegada a la memoria.
Este articulo pretende hacer un merecido homenaje a la guadua por su papel fundamental en la historia de América.
El historiador Pereirano, Walter Benavidez Antía en el tema 224, publicado en su canal sobre historia de youtube, (https://youtu.be/KSoZCY0lbZc?si=g6gIdEZiTeF0bjL0), describe el encuentro en 1540, de Jorge Robledo con los inmensos guaduales de Guacas, jurisdicción de Santa Rosa de Cabal.
Aquellos bosques de Guadua angustifolia, densos e impenetrables, frustraron sus planes de fundar allí un poblado y lo obligaron a desplazarse hacia el sur, donde más tarde establecería Cartago viejo, en el sitio que hoy corresponde a la ciudad de Pereira.
Las crónicas de Cieza de León y Pedro Sarmiento coinciden en señalar que estos arcabucos se convirtieron en una barrera infranqueable para las tropas españolas. “La caballería, principal ventaja táctica de los conquistadores, quedaba inutilizada entre los culmos espinosos y apretados; las lanzas perdían eficacia y la movilidad militar se veía anulada”.
La naturaleza misma se constituyó en defensa, pues los guaduales protegieron el territorio de Takurrumbi, de convertirse en asiento inmediato del poder conquistador.
Este hecho constituye prueba irrefutable que la guadua no fue introducida por los conquistadores desde Europa ni desde Oriente, sino que ya existía en América como especie endémica. Su presencia condicionó la conquista y moldeó el rumbo de la colonización.
Sin la guadua, Cartago viejo, lo que hoy día es Pereira, probablemente se habría fundado en Guacas y no en el lugar donde hoy se levanta.
Mucho antes de la llegada de los europeos, la guadua era parte del tejido de la vida indígena.
Con ella se levantaban viviendas, se tendían puentes sobre ríos caudalosos, se fabricaban lanzas y recipientes, y se acompañaban rituales comunitarios. Su presencia era tan natural como el canto de las aves o el rumor del agua.
Con el paso de los siglos, la guadua se consolidó en la vida rural. Campesinos y comunidades afrodescendientes la emplearon en casas, trapiches y corrales.
La Expedición Botánica la dibujó y clasificó, Humboldt y Bonpland la describieron en 1806, y Kunth la nombró en 1822 como Guadua angustifolia.
La ciencia confirmaba lo que la práctica popular ya sabía, que la guadua era inseparable de estas tierras.
En los pueblos del antiguo caldas, como Belén de Umbría, la guadua siguió siendo columna vertebral de la arquitectura vernácula hasta mediados del siglo XX.
Bahareque, esterilla y techos de barro sostenidos en cañabravas eran testimonio de una sabiduría ancestral que resistió hasta que el cemento y el ladrillo irrumpieron con fuerza.
Hoy, la guadua renace como símbolo de sostenibilidad. Arquitectos la comparan con el acero y el concreto, universidades investigan su resistencia, artesanos la transforman en muebles y bioplásticos, y comunidades celebran su día nacional como emblema de identidad.
En el Eje Cafetero, los guaduales son reservas naturales, cuidadas por las autoridades ambientales, son paisaje y patrimonio, memoria y futuro.
La guadua no vino de Oriente, estaba aquí desde siempre, creciendo en los bosques americanos, sosteniendo casas, puentes y comunidades. Su nombre, de raíz indígena, su uso ancestral y su clasificación científica la reivindican como autóctona.
Defender su origen americano es defender la memoria de estas tierras y la capacidad de sus pueblos para transformar la naturaleza en cultura.
Recordar la guadua es recordar que detrás de cada pared de bahareque y cada techo de barro hubo manos que trabajaron con ingenio y amor por la tierra.
La guadua es crónica viva, caña que resistió la conquista, que moldeó la colonización, que une pasado y presente, y que se alza como arquitectura de la identidad y como promesa de futuro sostenible.


