Todo en la vida trata sobre el sexo, excepto el sexo. El sexo trata sobre el poder.
Oscar Wilde
Hablemos hoy de una novela, una de esas que se quedan en la mente dando vueltas, de esas que permanecen en un lugar sagrado de nuestra memoria y que permean sensaciones; hablemos de En Octubre no hay Milagros de Oswaldo Reynoso.
Si la literatura se centra en el ser humano, en su condición, en su carácter, uno de los matices que dejarían verlo en la más humana de sus dimensiones es la sexualidad; Reynoso logra, de manera inesperada, concatenar la conducta de los personajes de esta obra maestra a través de la aceptación de su rol en sus prácticas sexuales, sus concepciones y cómo éstas están ligadas a los diferentes espacios de lo urbano y lo rural en la ciudad. Y a pesar de que la novela del provocador Reynoso no es una novela sobre sexo, éste permea la trama que se desarrolla a lo largo de ella. Pero ese sexo que se encuentra en las páginas no es un sexo determinado por el amor, por las emociones, sino uno delimitado por el poder, ese es el trasfondo, el poder, el ansia de poseer todo, los hombres, las casas, inclusive la ciudad.
El sexo -tema tabú en la época en la que la obra fue escrita-, juega un papel importante en el desarrollo de prácticas sociales cada vez más aceptadas pero que a pesar de ello aún no pueden salir a la luz pública. Yacen en las sombras las identidades de aquellos que no están conformes con su ser y que buscan en el sexo una especie de reparación; tanto si se es el gerente de una gran empresa o una mujer que anhela por sobre todas las cosas, sentirse soberana de su placer; se hace necesario crear una fachada, que suavice lo que ansía gritarle al mundo:
PUTA
“Liberas toda mi femineidad cuando pides que sea una perra,
recorre en mis venas un torrente de oxitocina que hace hervir la sangre en mi centro y se me olvida el poco pudor que me queda,
y luego
tu lengua en mi boca,
tus manos sobre mi piel,
tu verga grande y dura en mi garganta,
esas palabras retumbando en mis oídos y que otrora rechacé: “te quiero bien puta”
El tono de tu voz me llevó a un nivel de ardor que solo siento contigo.
Soy tan puta como tú me pones, soy tu puta”.
Lina Alvarado
Esa sombra para resguardarse de la mirada indiscreta de los demás puede darla un lugar alejado del casco urbano donde no se sienta el juicio de nadie, lugar en el que se junten el placer con los negocios y en donde se esté rodeado de otras personas que comparten los mismos gustos, los mismos placeres, las mismas perversiones. Un lugar para sentirse libre. La ciudad para el sexo emerge entonces en la obra como cómplice; sus calles, sus plazas, sus barrios, sus casas, escuelas e inclusive iglesias, encierran a los transeúntes que buscan en el sexo un modo de menguar el dolor de su paso por esa Lima de los 60’s olvidada de Dios.
Las calles de toda ciudad llevan a lugares furtivos a donde llegan los ciudadanos en busca de placer muchas veces, y otras, a tratar de llenar el vacío que genera la falta de amor. Algunos de los personajes de la novela no son ajenos a estos lugares; tratando de mitigar el dolor por el amor no correspondido de Mery, Miguel busca en Doris lo que perdió, o más bien, lo que nunca ha tenido, pero sólo en ella. Los olores que se desprenden del burdel donde ella trabaja: “humedad, trapo podrido, olor a hembra y a jabón Camay” (pág. 26) le despiertan cierta ambivalencia con el sexo; por un lado siente el placer absoluto de sentirse “amado” y por otro lado siente vergüenza, espera que su madre no adivine gracias a los olores que emanan de su cuerpo, en donde había pasado su día o de dónde venía; trataba de camuflar ese olor con el de cigarrillo y cerveza, con el olor del bar y de los borrachos. Miguel rechaza su espíritu cobarde, quiere trascender, permanecer en la memoria; sus diálogos internos denotan frustración si tan solo hubiera pasado a la universidad…pero si no lo hizo no fue por falta de capacidad. Y una vez más busca a Doris, ella le escucha, lo aconseja, lo protege, le da dinero porque sabe que él lo necesita. Miguel no quiere aceptárselo, pero termina cediendo, sabe que ese día, en el que todo cambiará, en el que por fin va a enfrentar sus miedos para que pueda dejar de llamarse a sí mismo cobarde, va a necesitar de todo el dinero que pueda conseguir. Y sale nuevamente, camino a la ciudad después de haberse despedido de Doris augurándole su futuro: es posible que no me vuelvas a ver.
Doris por su parte, puta de profesión es una diosa del sexo. El padre de Miguel, don Lucho, casi deja a su esposa e hijos por ella. Doris lo quiere, pero él se aleja y luego es el turno de atender a su hijo, a Miguel. Lo acoge, lo respeta, lo cuida y aconseja. Teme por su seguridad y cobijada bajo la sombra que le brinda el burdel, en ese lado de la ciudad que emerge como otra sombra, trata de brindar su apoyo con sus piernas de fuego a los hombres que hacen filas interminables solamente para estar con ella. Así como lo hizo don Luis en su tiempo.
Don Lucho sufre. Sufre por haber dejado que el sinsabor de la separación, la incertidumbre, el deseo apagado en contra de su voluntad se volviera una bomba de tiempo, un arma de doble filo con la cual hirió a todos y cada uno de los integrantes de su familia. Sufre también porque su sexualidad se ve atacada por el enemigo de la cotidianidad. El abandono de su vida matrimonial “Ya ni siquiera la beso: debe sentirse sola, abandonada, como yo: pero no sé qué hacer: vivimos como quien solo espera la muerte” (pág. 153). No puede ser, no puede escaparse de su casa, a tener encuentros en los burdeles, no, no puede dejar a su mujer, no por una puta, ¡NO!, el hogar ante todo. Mientras tanto, su esposa, María, evoca su casa hace 20 años, alegre, hermosa, esperanzadora, hoy día triste y oscura. Don Lucho se volvió amigo del alcohol y ahora no puede encontrar una casa para su familia y evitar la vergüenza del desahucio. Es exigente, necesita una casa alejada de los plebeyos. Necesita alejarse de ese lugar en donde tienen que vivir hacinados en las quintas, en donde nace otro tipo de sexualidad, una incestuosa, en este lado de la ciudad, el lado pobre.
Betty –su hija– siempre se había cambiado de ropa en el cuarto que compartía con sus hermanos, algunas veces frente a sus hermanos. Sus piernas que fueron vistas antaño por Miguel y Carlos sin morbo alguno, empiezan a generar de un momento a otro deseo. Todo esto lo observa don Lucho, quién además siente la necesidad de aparentar lo que no es, se cuestiona por el bienestar de su “señorita”, la niña de la casa, su reputación, el buen ejemplo, no conviene vivir donde haya cantinas o burdeles, “nosotros somos gente decente” (pág. 152).
Betty, fastidiada por la pobreza y por haberse entregado a los 13 años en una calle , casi en público, a Julio, un indio que olía mal y no tenía clase, tiene su propio plan para salir del barrio, finge ser virgen para Coqui. La idea de salir de la casa paterna, de ese lugar que imposibilita la privacidad, que evoca la podredumbre, el mal olor, la pobreza, esa es su meta. Sí, está segura de que Coqui le proporcionará una vida mejor, en su imaginario está bien marcado el abismo, la frontera invisible entre el barrio bueno y el malo. Pero primero tiene que atraparlo, ¿su plan? hacerse la difícil, jugar un juego que Coqui se conoce de memoria y por el cual después de obtener otro trofeo para su colección, le paga 300 soles enrollados dentro de una cajita que ella creía eran los anillos de compromiso y que imaginaba era la llave para salir de ese lugar asqueroso. Llora su desventura, el plan no funcionó y debe volver a la casa que puede pagar su padre, a ese barrio pobre, lleno de vagos, cantinas y prostitutas. Al barrio de donde procede Tito.
Pero a Tito y los demás personajes que se entrelazan en esta obra sublime, los veremos en mi siguiente entrega, por ahora espero haberles despertado el deseo de leer a Reynoso y me despido con uno de mis poemas favoritos de Kavafis, en el que se entreteje el eco del deseo con la irreverencia que se niega a reconocer los muros de la ciudad como frontera.
LA CIUDAD
Dices: “Iré a otra tierra, hacia otro mar,
y una ciudad mejor con certeza hallaré.
Pues cada esfuerzo mío está aquí condenado,
y muere mi corazón
lo mismo que mis pensamientos en esta desolada languidez.
Donde vuelvo los ojos solo veo
las oscuras ruinas de mi vida
y los muchos años que aquí pasé o destruí”.
No hallarás otra tierra ni otro mar.
La ciudad irá en ti siempre. Volverás
a las mismas calles. Y en los mismos suburbios llegará tu vejez;
en la misma casa encanecerás.
Pues la ciudad es siempre la misma. Otra no busques -no la hay-
ni caminos ni barco para ti.
La vida que aquí perdiste
la has destruido en toda la tierra.
Constantino Cavafis



Maravillosa escritora, moderna y sin filtro, como debe ser