martes, abril 28, 2026

AMARILLO, AZUL Y ROJO: CUANDO EL CORAZÓN JUEGA MÁS QUE LA RAZÓN

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Hay tardes o noches en las que Colombia no cabe en sí misma.

No caben las ciudades, no caben las diferencias, no caben las discusiones de siempre. Todo se reduce a una pantalla, a una camiseta sudada, a un grito contenido que se vuelve colectivo cuando el balón se acerca al arco. Ahí, justo ahí, dejamos de ser muchos para ser uno solo.

Y entonces late.

Late el país entero.

Late en una sala de Pereira, en un bar de barrio en Cali, en una casa donde tres generaciones se sientan juntas a ver el partido en Bogotá. Late en el silencio en todos los rincones del país antes de un penal y en el estallido después de un gol.

Late con una fuerza que no se puede explicar, pero que todos reconocemos.

Ese es el poder de la Selección Colombia. Y ya se nos vino el Mundial encima.

Pero también es su riesgo.

Porque así como somos capaces de elevar a nuestros jugadores al nivel de héroes nacionales, también somos expertos en derribarlos. En convertirlos —en cuestión de días— en esas figuras de barro que nosotros mismos moldeamos con expectativas imposibles.

Y no. No podemos seguir en ese ciclo.

No se construye país —ni equipo— fabricando ídolos para después destruirlos.

Exigir, sí. Siempre. Porque representar a Colombia no es menor. Pero exigir no es sinónimo de arrasar. No es insultar, no es desconocer trayectorias, no es olvidar que detrás de cada camiseta hay un ser humano que también siente, que también falla, que también carga con el peso de un país entero sobre los hombros.

La Selección no necesita jueces. Necesita respaldo.

Porque cuando Colombia juega bien, no es casualidad. Es el resultado de algo que como sociedad nos cuesta: entender que cuando todos apuntamos para el mismo lado, las cosas pasan. Que el talento individual suma, pero el colectivo define.

Y ahí hay una lección que va más allá del fútbol.

Podemos pensar distinto. Podemos debatir, cuestionar, disentir. Eso es parte de lo que somos. Pero hay momentos —y la Selección es uno de ellos— donde el corazón tiene que pesar más que la razón.

Donde el país necesita sentirse unido, así sea por 90 minutos… y ojalá un poco más.

Porque si lográramos llevar esa misma energía a la vida diaria —esa de cantar juntos, sufrir juntos, celebrar juntos— probablemente seríamos otro país.

Uno más paciente. Más solidario. Más consciente de que el otro no es el enemigo. Por eso, cuando vuelva a rodar el balón, no solo miremos el partido.

Miremos lo que somos capaces de ser cuando dejamos de dividirnos.

Y recordemos algo simple, pero poderoso:

A nuestros referentes se les acompaña.

Se les exige, sí.

Pero nunca se les destruye.

La próxima vez que Colombia juegue, no solo mire el marcador.

Mire lo que pasa cuando todos sentimos lo mismo al mismo tiempo.

Porque si somos capaces de unirnos por un gol, también podemos unirnos para lograr cosas más grandes.

Ahí está la tarea:

creer, empujar y sostener juntos.

Porque cuando Colombia va para el mismo lado, no hay partido —ni país— que no se pueda sacar adelante.

Fernando Sánchez Prada

Comunicador, Consultor y Columnista

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