Los ríos son las venas del planeta que arrastran el agua, la savia, la sangre de la vida. A su paso recolectan las basuras, el mugre, el polvo, las cenizas, los químicos, la lluvia ácida los residuos de la erosión, los excrementos de los animales y de los seres humanos, la contaminación industrial, etc.. Lentamente los van recogiendo, paso a paso, durante todo su largo recorrido. Atraviesan continentes, cordilleras desiertos y todos los paisajes para silenciosamente cumplir su papel. Arrastran todos esos residuos e inmundicias para llevarlos hacia los riñones del mundo, al océano, una extraordinaria máquina de limpieza que todo lo purifica y transforma.
Así ha sido durante millones y millones de años y es allí en el mar, en el único lugar del planeta donde todo se recicla. Casi nada se queda sin tratar. Pero a este proceso hay que añadirle que la sabia naturaleza ha creado a través de los siglos un ciclo ambiental que dio origen a la vida, que la cuidó y garantizó su evolución. Igual que en el sistema circulatorio del cuerpo humano, el sol —asimilándose al corazón de los seres vivos— evapora el agua, la convierte en nubes para que el viento las arrastre y las lleve de regreso a cada rincón de la tierra, al mismo sitio donde nacen los ríos y donde se reinicia su papel higiénico.
El planeta y la naturaleza tienen también otros mecanismos que enriquecen y complementan toda esta labor aséptica. El agua y la tierra están estrechamente ligadas e interactúan para cumplir toda esta tarea. Deslizamientos naturales, inundaciones, erupciones volcánicas, terremotos, tsunamis y muchas otras formas de manifestaciones dinámicas se unen al ciclo, lo complementan y adicionalmente contribuyen al lento pero prodigioso proceso de la fabricación del paisaje.
Pero el ambiente no se compone solo de agua y tierra. Desde pequeños nos enseñaron que la naturaleza tiene otros dos elementos fundamentales para la vida que son el aire y el fuego. Allí la tarea es diferente. En el primero los océanos cumplen un papel precario. Al convertir el agua en nubes, estas actúan como un agente de limpieza natural de la atmósfera. A través de la lluvia, arrastran hacia el suelo polvo, polución y partículas suspendidas. Además, la superficie de las nubes genera compuestos químicos que degradan contaminantes orgánicos, actuando como un purificador atmosférico. Pero hay muchos otros contaminantes que el agua no es capaz de limpiar: los gases de escape de automóviles y camiones, la contaminación industrial y el humo de incendios forestales. Todos ellos llevan al aire gases que alteran contundentemente nuestra atmósfera como el metano, el dióxido de carbono, dióxido de azufre y muchos más que son peligrosos para la salud humana, la fauna, la flora y el medio ambiente. Esos gases van cambiando la atmósfera generando un efecto invernadero, alterando la capa de ozono y ocasionando el calentamiento global. El ciclo del agua no es capaz de enfrentar estos problemas y se afecta de manera violenta. Crecen los ciclones, los huracanes, los tifones, las sequias, las inundaciones y muchas otras expresiones del cambio climático, pero el problema continúa. La «cosa» es grave. El helio, el segundo elemento en el universo, es escaso en la tierra y las reservas utilizables se están agotando a un ritmo alarmante debido a su uso industrial intensivo y a su naturaleza no renovable alcanzando una situación crítica en este año 2026. Se obtiene como subproducto de la extracción de gas natural, no se puede fabricar artificialmente de manera eficiente y su generación no artificial tarda miles de años. El aire carece de un sistema circulatorio suficiente para su limpieza. Los daños son irreversibles, pero a nadie parece importarle.


