Reflexión
Me detengo, a veces, a observar el rostro de quienes ocupan los cargos de poder en la administración publica (ya sea en las pantallas o en vivo), rodeados de banderas, micrófonos y ese murmullo constante que es el aplauso fabricado o simplemente la frase servil del funcionario menor de turno del “Si Doctor”. Me pregunto: ¿qué queda de ellos cuando las luces del teatro político se apagan, cuando la escenografía pomposa se desarma y el silencio del poder, ese silencio gélido y absoluto, los devuelve a su propia compañía?
La política moderna se ha convertido, irremediablemente, en el arte del simulacro como lo afirmo hace un tiempo Maurice Merleau . Ya no se trata de la gestión pública —aquella noble vocación de servir al prójimo—, sino de la construcción de una narrativa, de un espejismo que necesita ser proyectado para que la realidad se ajuste a nuestra voluntad. Todo político es, por necesidad, un actor. Cada gesto está medido, cada palabra está calculada para que encaje en el guion de su propia leyenda, en la construcción de su propio personaje. Pero el problema, esa herida que sangra bajo el traje a medida, es que en realidad creo yo el «ser político cuesta el alma».
Esta frase, que suele escucharse como un lamento romántico, es en realidad un diagnóstico clínico. Entregar el alma a la política significa, en esencia, aprender a vivir fuera de la verdad. Cuando uno dedica su vida a crear una versión artificial de la realidad —ese simulacro donde la apariencia vale más que la sustancia—, el límite entre quién es uno y quién es el personaje comienza a desdibujarse. Con el tiempo, el político se convierte en prisionero de su propia máscara. ¿Cómo se atreve uno a ser auténtico si su supervivencia depende de que la audiencia crea en la puesta en escena?
Ahí reside la verdadera soledad del poder. Es una soledad poblada de gente, de asesores, de aplausos y de cortesanos que susurran lo que se desea escuchar. Sin embargo, es una soledad atroz. Es estar rodeado de espejos que no muestran el rostro, sino la imagen proyectada. El político vive en un pasillo largo, lleno de mármol y ecos, donde nadie puede entrar porque nadie conoce al ser humano que habita el despacho; solo conocen al ídolo, al villano o al salvador. Al final, el poder aísla porque deshumaniza: es imposible conectar con otros cuando uno mismo ha dejado de ser una persona para convertirse en un símbolo.
Históricamente, hemos debatido sobre esta impostura. Hemos trazado una línea delgada entre la gestión pública y el artificio, pero hoy esa línea parece haberse borrado. Cuando la política se reduce al espectáculo, la avaricia encuentra un terreno fértil para echar raíces. La corrupción no es solo el robo de recursos; es el robo del propósito. Cuando el político ya no cree en nada, cuando todo es representación, el cinismo toma el mando. Si el mundo es un escenario y mi carrera es el único guion que importa, ¿por qué no tomar lo que pueda? La avaricia es la consecuencia natural de alguien que, habiendo perdido su propia verdad en el laberinto de los simulacros, intenta llenar su vacío existencial con posesiones y poder tangible.
La tragedia, desde mi perspectiva personal, es que este teatro se cobra un precio altísimo no solo para el político, sino para nosotros, los espectadores. Nos acostumbramos a la impostura, a la mentira bien contada, y terminamos prefiriendo la puesta en escena más brillante sobre la gestión más honesta.
Tal vez la verdadera valentía política hoy no radique en la elocuencia o en la astucia para montar el mejor espectáculo. Quizás, el acto más radical de un político sería quitarse la máscara, admitir su vulnerabilidad y confesar que, al igual que todos nosotros, también tiene miedo a la oscuridad de los pasillos vacíos. Pero eso, temo, es algo que el escenario nunca permitirá. En el teatro de las sombras, quien se muestra real, simplemente deja de ser político.


